SOMOSMASS99
Sara Rivera*
Miércoles 17 de junio de 2020
Una pandemia detuvo el ritmo económico mundial por lo que ya se ha previsto una crisis monetaria que afectará a todas las naciones. Intuyo que lo ocurrido es, en realidad, un experimento para implantar en los gobiernos, de manera dócil, las nuevas dinámicas de socialización convenientes a la concentración todavía más grave de la riqueza y del poder en todo el orbe. Lo que ocurre me recuerda a las novelas de ciencia ficción en las que se describe el relevo de los gobiernos por redes de personas con enorme riqueza financiera y tecnológica. Sujetos como Mark Zuckerberg o Larry Page, dueños de los emporios digitales de Facebook y Google, parecen ser los elegidos para ocupar escaños en el nuevo orden internacional, una estructura quizá más feroz que la de los gobiernos actuales.
Sin embargo, aunque casi todo tiene un precio o casi todo está sujeto a las sinergias presentes, no puede soslayarse la fuga que ocurre en toda sociedad de cierto tipo de creaciones que no se sujetan a la riqueza ni al poder político. Me refiero a la irreductible poesía. Ella escapa (como la locura o la muerte) a los imperios económicos debido a sus características pulsionales y lingüísticas. A diferencia del cine, de la pintura o de otras artes, la materia prima de la poesía es el lenguaje mismo, lo que le otorga un carácter inaprensible y específico.

Por supuesto no es que la poesía esté instalada en un halo de pureza o que sea una cosa divina en sí misma. No se afirma aquí la visión impulsada por el idealismo alemán que arguyó dones especiales al arte y que dio origen al mito del Prometeo moderno, por el contrario. El planteamiento es que la poesía pertenece a esa clase de fenómenos (concretos o abstractos) que están fuera de los círculos económicos actuales o bien que es menos proclives a la adhesión ideológica y mercantil porque su naturaleza es adversa a esas formas. La razón, su ser lenguaje que descubre gestos nuevos, ideas novedosas, emociones insólitas del ingenio humano que van más allá del horizonte histórico que vemos.
El neoliberalismo intenta uniformar y segregar. La poesía llama a lo particular del ser y convoca a lo universal que hay en todos nosotros. El neoliberalismo se ajusta al aquí y al ahora (sin importar sus consecuencias), en tanto ella busca lo trascendente. La lista podría alargarse por un rato para identificar sus diferencias pero esto no es mi objetivo, sino el de expresar algunas de sus cualidades y los motivos por los cuales es valiosa.

Cierto es que pocos hechos y creaciones pueden evadir al feudalismo moderno. En 1987 Jean-François Lyotard comentó que los países, incluso aquellos más tradicionales y organizados, cederían sus atrios a la promesa neoliberal. Las sociedades modernas, decía Lyotard, abrirían sus arcas a una utopía, ¿cuál?, la de ser rico sin reserva. Al mismo tiempo advirtió que esa condición postmoderna traería un daño social y natural. Y hoy podemos palpar sus consecuencias. El neoliberalismo ha pasado devorando casi todo lo que está dentro y fuera de lo humano. De igual forma, Pablo de Tarsos arguyó otra verdad al respecto: el amor al dinero es el mal del hombre. Verdad hay en ello pues el capital es una materia concreta que refleja parcialmente el hacer del ser humano, no su esencia, por eso resulta insuficiente el objeto monetario.
Mas cabe preguntar si algún tipo de poesía puede mostrar la esencia del ser. Ya sabemos que las prácticas institucionalizadas de la salud, la educación y la “cultura” tienen un precio. Incluso puede advertirse que, en ocasiones, ciertas artes ceden a los aparatos ideológicos. Son aquellas que expresan los prejuicios derivados de doctrinas específicas, que suelen torcer la perspectiva que sobre un hecho se tiene en favor de una visión que se adecue a su ideario, por lo tanto, en favor de quien promueve esa perspectiva. Al respecto hay películas, documentales, obras, que buscan convencernos de su visión histórica, económica, religiosa, etcétera.
En oposición, no se suele mandar a hacer libros de poesía para una causa en particular. Ella es una de esas expresiones artísticas inasibles a grupos e intereses porque responde a sí misma. El poema tampoco se sujeta a un tiempo, a un lugar, ni siquiera al poeta que la crea. Huye, por supuesto, de lo económico. Sus características le otorgan esta propiedad de inasible y fiera. Se gobierna a sí misma y se cuela por los intersticios culturales que se abren entre los sistemas que sustentan los grandes capitales. Es una de esas pequeñas formas de existencia y expresión (gran paradoja) que, pese a su pequeñez, posee la fuerza como para derribar los muros que intentan ahogarla: el tiempo, el totalitarismo, la moral, lo religioso… Su libertad expresiva convoca al espíritu humano.
En efecto, cae un verso y crea una onda que lleva consigo señales, clave, a los espacios sociales. Entonces sus lectores sucumben al mensaje porque les convoca: hay algo sin nombre reconocido en ella. La paradoja de lo poético radica en que el hombre (siendo esclavo) produce un artefacto libre quien, una vez nacido, se manifiesta crítica e independientemente de su creador. Este es uno de los aspectos más excepcionales del género poético.

Sabemos que la riqueza poética no comercia sino intercambia con el ser. Asimismo, es inaccesible al capital, no es que al capital no le importe o no quiera sacarle provecho, es que no sabe cómo hacerlo, no ha encontrado la manera de explotarla (y dudo que pueda lograrlo).
Cuando Jean-François Lyotard escribió La condición postmoderna, vaticinó el sombrío destino de los pueblos con perspectivas mitológicas (India, Latinoamérica). El ensayista auguró que todo espacio social sería absorbido por el capital, entonces lo creí. Con el tiempo he comprobado que su profecía casi se cumple salvo por una cuestión: el neoliberalismo es la política impuesta por el sistema económico llamado capitalismo pero no es omnipresente ni omnipotente, aunque eso quieran hacernos creer, así que no puede ni podrá absorber todo lo humano.
A la distancia he visto el destello luminoso y matutino que el sol poético levanta cada día. La poesía, pese a ser hechura humana, trasciende tiempo y espacio. Está por encima de la ideología monetaria. En este sentido Lyotard casi tuvo razón en todo lo proyectado en su libro. Imaginé a esta economía devorándolo todo: pastos y hombres; ríos y casas. Mas no puede devorar lo que pertenece al verso, a lo intangible, a todas esas formas de expresión que usamos los humanos para hablar de lo trascendente que ocurre en nuestro interior y que converge con el espíritu de muchos otros avasallados por el orbe, haciéndonos de alguna forma libres.
* Sara Rivera López es doctora en Teoría Literaria, escritora y profesora de Teoría Literaria, Análisis de Discurso, Crítica literaria, Ensayo, entre otras materias en diversas instituciones universitarias (UNAM) nacionales, presenciales y a distancia. Se desempeña como especialista en procesos de lectura y escritura a gran escala.
Twitter: @Sara_Rivera
Fotos de interiores:
(1) Mickey Mouse. | Foto: Donovan Reeves (@donnehhhh) / Unsplash.
(2) La condición postmoderna (1979). Editorial Cátedra.| Título original: Rapport sur le savoir.
(3) Carilda Oliver Labra (1922-2018), poeta cubana. | Foto: Árbol Invertido.
Foto de portada: Chris Briggs (@cgbriggs19) / Unsplash.
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