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ÚLTIMO PISO
Gwenn-Aëlle Folange Téry*
Lunes 22 de junio de 2020
El 19 de junio del 2010 Héctor desapareció.
En México desaparece ya tanta gente, que ni en los noticieros los mencionan. Los pocos que sí lo hicieron aquel día no dejaron muy claro cómo fue, pero yo imagino gritos, empujones, violencia y miedo.
Incomprensión también.
Héctor es como todos nosotros, como cualquiera de nosotros, como tú y como yo, tiene familia, ocupaciones, gustos y disgustos.
Pero desde el 19 de junio se volvió diferente: se lo llevaron, desapareció.
Es cierto, la vida sigue, pero no de la misma manera, y su esposa Luna sigue también, pero tampoco es igual… No sabe si sigue con sus quehaceres cotidianos por inercia, por costumbre o por miedo. Sólo identifica que una parte de ella sigue por amor y por esperanza.
Luna ya no sabe a quién rogarle, si a Dios, a los narcos o al gobierno.
Sólo sabe que Héctor no ha regresado aún.
Una parte de ella, una parte a la que odia y teme, piensa que Héctor murió.
Pero la silencia, la entierra, la olvida.
Porque en las listas, él sigue mencionado como desaparecido, y si ella lo piensa muerto, tal vez lo esté matando, así, a la distancia.
Luna no sabe si sigue siendo esposa, o si ya es viuda.
Una sola cosa es absolutamente certera: desde que Héctor no está, también Luna desapareció.
Escribí esto hace unos años, y tristemente sigue de actualidad.
Porque Héctor sigue desaparecido, porque Luna sigue buscando, esperando de “aquí te espero” y esperando de “no pierdo la esperanza” y porque seguimos desapareciendo en México.
Pero algo cambió, una fecha llegó: diez años.
A los siete años de desaparición, se puede hacer un trámite oficial en el que las autoridades reconocen que efectivamente el señor o la nena no están.
Y a los diez, existe un trámite que establece la presunción de muerte.
Lo más fuerte es que ya empezó mi trámite de presunción de muerte para poder dejar mi casa mía, tener acceso al IMSS como viuda.
Dejaré de ser esposa de Héctor.
Esto me dice Luna.
Se pregunta también qué pondrán las autoridades como causa de muerte. De muerte de su esposo, que no sabe nadie más que él si realmente murió o sólo anda en otro lado.
Y trata de explicar el porqué del trámite.
No se trata de cerrar ciclos ni mucho menos de borrar a Héctor. Se trata de IMSS, de hipotecas, de cuentas en el banco y de testamentos. Se trata de no desamparar a la hija si viene ella a faltar.
Me explica que, de lo que ha visto, el trámite se hace más fácilmente si es uno supuesto viudo que si es uno supuesto sin hijo, por aquello de las emociones.
Se piensa egoísta, al ignorar o poner cara de que ignora, a los demás que como ella buscan y buscan y buscan.
En Torreón -son de allá- Luna es la primera en hacer el trámite.
No sabe cómo va a ser, está de frente al futuro esperando a que vuelvan a abrir las oficinas del gobierno para finalizar el asunto. El de los papeles, que el asunto verdadero no finaliza hasta que sepa qué pasó con Héctor, que sepa quién se lo llevó y dónde.
¿Es Luna una viuda en el sentido habitual del término? No, obvio, no necesito explayarme.
¿Es Luna viuda como lo son las parejas de los marineros de antaño, que partían y no volvían? Tampoco, porque ellos se iban por decisión propia.
¿Es Luna viuda como lo son las parejas de los que se enlistan y batallan en guerras lejanas, o casi hogareñas? No, porque aunque los reporten como desaparecidos, por lo menos hay idea de que les sucedió.
Luna pasa a ser viuda sin muerto.
* Gwenn-Aëlle Folange Téry es pintora y escritora.
Imagen de portada: Centro Diocesano de Derechos Humanos Fray Juan de Larios.
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