(Mis) Memorias del subdesarrollo
Tarik Torres Mojica
Lo confieso: nací en 1976. Soy parte de una generación que creció a la sombra de la crisis. Si me preguntan qué imagen tengo de la manera como en este país se gasta el dinero, puedo decir que no guardo muy gratas memorias. Si me preguntan qué expectativas me provoca el anuncio del proyecto del nuevo aeropuerto de la Ciudad de México, confieso que no son muy altas. Y no se crea que si tengo dudas es porque soy un derrotista o un pesimista; nada de ello, por el contrario: me considero un optimista, eso sí, moderado. Lo que pasa es que a lo largo de mi vida, la realidad nacional me ha enseñado a ser cauto en mis pronósticos para el futuro y, por ende, he aprendido a desconfiar de aquello que tiene apariencia diamantina.
Para que se entienda el origen de mis reservas comparto algunas de mis memorias del subdesarrollo mexicano –con el perdón de Tomás Gutiérrez Alea y del cine cubano-. Por ello quiero invitarlos a una excursión a mi biografía al son de los sexenios que me ha tocado presenciar:
- El 31 de agosto de 1976 –a menos de un mes de mi llegada a este mundo-, el peso comenzó a devaluarse después de 20 años de estabilidad. De ahí en adelante no dejaría deslizarse por un largo, largo periodo de tiempo. Todavía le quedaban algunos meses de gobierno a Luis Echeverría Álvarez.
- Tenía seis años cuando supe que los presidentes también lloran y que se atreven a hacerlo en cadena nacional. En su momento, la imagen me pareció curiosa; ahora me causa risa y me pregunto qué estatura intelectual tendrían aquellos que se levantaron a aplaudir el llanto de José López Portillo.
- Tenía doce años cuando a mi grupo de primaria lo “acarrearon” a un acto en que el presidente Miguel de la Madrid habría de inaugurar una biblioteca, en Cuautla, Morelos. Recuerdo que ese día nos tuvieron esperando cuatro horas bajo el sol. Lo mejor de todo es que nuestro sacrificio se vio recompensado cuando pasó el presidente y su comitiva. El clímax duró dos minutos.
- A mis doce años fui integrante de la selección estatal de natación y participé en una de las olimpiadas nacionales. En esos años gobernaba Carlos Salinas de Gortari.
El acto de inauguración consistía en que cada delegación estatal debería pasar frente un palco donde se encontraba el Sr. Presidente. Los integrantes de los otros estados llevaban uniformes nuevos; los de Morelos, mi estado, desfilamos vestidos de paisano: se nos dijo que no había alcanzado el presupuesto y que teníamos que desfilar con lo que llevábamos puesto.
- Del gobierno de Ernesto Zedillo recuerdo que fue tan gris, que lo notable fueron dos o tres chistes malos.
- Del sexenio de Vicente Fox bien podría perder el tiempo contando un sinfín de eventos desafortunados. Pero prefiero concentrarme en uno: la Biblioteca Vasconcelos. Inaugurada en los últimos meses de su administración, la obra prometía ser un gran proyecto de preservación e impulso del conocimiento bibliográfico en México: era una mole de seis pisos con un tamaño de 44 mil metros cuadrados; albergaría más de 500 mil volúmenes. Contaría con salas de música, un auditorio, 640 computadoras con acceso a internet… en fin, que aquello era un sueño borgiano hecho realidad. Pero, como buena historia borgiana, un año después aparecieron las desgracias: el inmueble fue cerrado debido a graves defectos de construcción y porque había serios problemas en la catalogación del acervo. Hubo que esperar dos años y varios millones de pesos más para que la Biblioteca Vasconcelos abriera de nuevo sus puertas.
- Del sexenio anterior rescato lo siguiente: unas fiestas del Bicentenario de la Independencia que, con el afán de transformarlas en algo fastuoso, dieron como resultado un “coloso” que acabó arrumbado en un terreno de la SEP y una estela gris, sucia y lamentable cuyo nombre no es otra cosa sino una contradicción: “Estela de luz”.
Este año, Enrique Peña Nieto nos ha presentado el proyecto del nuevo aeropuerto de la Ciudad de México. No puede negarse que el diseño es lindo, que promete ser ecológicamente sustentable, que potenciará la vida económica de la región y será un emblema de la grandeza mexicana. La idea no es mala; su necesidad, innegable. Pero con sólo recordar mis experiencias pasadas y darme cuenta quién es el artífice, me pongo a temblar.
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