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La Chamuscada

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Carmen Nava Luna

Nacida en esa tierra mágica llamada Cuévano, Carmen Nava Luna desde niña sintió el deseo de divertir y divertirse. Por eso decide participar en todo lo que pudiera, siendo gitana, bailarina de can-can, rumbera, folclórica, declamadora… y cuentacuentos. Luego de esbozar en la adolescencia sus primeras historias y poemas, y de incursionar en concursos de cuento en la preparatoria, decide cursar la Licenciatura en Letras Españolas. En 2004 deja la carrera, pero ese mismo año presenta su primera obra de teatro: Eternidad, muerte y vida, estrenada en el Mesón de San Antonio de su ciudad, Guanajuato.  

Se gradúa por excelencia en Comunicación en la Universidad Santa Fe, donde en verdad da rienda suelta a su imaginación para escribir historias, incursionando no sólo en la dramaturgia -donde escribe libretos basados en leyendas y casos criminales famosos como el de Las Poquianchis, obra que se estrenó en el Teatro Cervantes en 2012- sino también en géneros literarios como cuentos y novelas, perfilando su primera obra.  

La vida le lleva a incursionar en el periodismo, trabajando para el periódico Correo, y  comienza a dar clases en distintos centros universitarios. La inquietud por escribir sigue, y es distinguida para entrar al programa “Fondo para las Letras Guanajuatenses”, donde conoce al escritor Eusebio Ruvalcaba, quien dejaría una profunda marca en ella, tanto en estilo como en vocación literaria, y a Gonzalo Soltero, quien con su estilo relajado y su amplia experiencia como escritor, la continúa guiando en los caminos de las letras. Actualmente continúa con su vocación de maestra en su alma máter, ha formado un ensamble folklórico.





La Chamuscada

Llevábamos varios meses andando, de aquí para allá, de allá para acá. Tenía mis pies completamente encallecidos, amoratados. Los botines que me regaló mi papá, esos que trajo desde la capital para que las usara los domingos para ir a misa, estaban completamente rotos y sucios de tanto andar. ¡Qué envidia me daban las mujeres que iban en los vagones del tren o las que sus hombres las montaban en las grupas! Yo no tenía esa oportunidad. Quien me llevó a la dichosa bola fue mi propio padre, me dijo que las cosas iban a ser diferentes; él como maestro de escuela sabía bien que en la pelotera se necesita quien les instruyera un poco a todos esos pelados, que algunos sólo peleaban para ver qué lograban quitar al mal gobierno que teníamos.

Yo pensaba que Díaz había sido bueno con nosotros, que sí, tal vez faltaban algunas cosas en unos pueblos o en unas ciudades, pero ahora veo a todas las mujeres ir detrás de sus hijos, de los maridos o de su amante, y a mí cuidando a mi padre. ¿Pero qué han ganado? Llevamos más de un año de acá para allá. La gente rica se ha ido a otros lados, las haciendas son saqueadas, los hombres los fusilaban o los llevaban a pelear y las mujeres violadas; a veces pensaba que a mí me respetaban porque mi padre les hace muchos favores, como leerles las órdenes que mandan los generales o porque cuida a los chiquillos estando en batalla. Ni él ni yo traíamos armas, sólo nos protegía el Espíritu Santo, Dios, la Virgen de Guadalupe y mi madre que desde el cielo veía cómo andaban las cosas.

Me rondaba Palmiro, el cabo aquél que se unió a la lucha en el pueblo llamado La Poza, tenía como tres años más que yo, la verdad es que no era feo pero a bruto nadie le ganaba. Era el único que me hablaba bien y que aunque no me entendiera a veces me escuchaba. Me decía: “Ay niña Arcelia, quén juera yo pa’ que uste me hiciera caso y me dejara quererla”, “qué diera yo, pa’ que me dijera un día: vamos a matrimoniarnos y mesmito ese día me voy a buscar a un cura y un juez pa’ que sólo sea mía y nada más que mía”. ¡Pobre Palmiro! Murió hace como dos meses desangrado en el campo, ni Dios, ni la Virgen, ni el doctor pudieron salvarlo.

Pienso que un día mi madre se cansó de cuidarnos. Que le hacía falta mi padre y por eso fue que un hombre le dio por la espalda. Lo intenté sostener entre mis brazos pero no pude, no tenía fuerza. ¡Maldito idiota! ¡Desgraciado! Ya no tenía a nadie, ni un poquito de fe, toda murió cuando vi a mi papá caer de rodillas ante mí. Abusó de mí. Después de eso, lloré como nunca en la vida. Ya no tenía nada, ni padre, ni fe, ni dignidad. Sólo me quedaba aprender a matar para vengar a mi padre.

Pocos meses después me dijo la comadrona del batallón que estaba embarazada, ¡Mugre suerte vine a tener! Cargando al niño que no deseaba y buscando al hombre que mató a mi padre. En marzo nació el escuincle. Le pedí a otra mujer que lo alimentara, que yo lo cargaría de un lado a otro, pero que si ella no le daba de comer yo lo dejaría morir de hambre. Pasaron dos años antes de que me volviera a topar con el hombre que me ultrajó. Cuando lo vi llegábamos a un pueblo cercano a Zacatecas.

Él estaba también con la revolución. Era tonto que otro revolucionario hubiera matado por la espalda a quien hacía tanto bien. Mi cabeza pensaba y pensaba en encontrarlo.

Sé que después de que le disparó a mi padre y me violó, se fue con otros rebeldes, dicen que lo ascendieron a capitán. Era muy capitán pero traicionando a los que le eran fieles. ¿Cuántas veces no habrá matado para satisfacer sus deseos más bajos?

Me acerqué a él. Llevaba, envuelto en un rebozo, a su hijo. Cuando me vio no me reconoció, pensé que era mejor así, le pedí ayuda a cambio de lo que él quisiera. Sus calores pudieron más que su memoria, me llevó a un jacal, me pidió que dejara a mi chamaco a un lado, dormido. Lo hice. Saqué de mi rebozo una pistola completamente cargada, la puse detrás de mí, entre mis manos, me acerqué a él lentamente y le hablé al oído: le dije ahí está tu hijo, mío no es… se quedó sin poder decirme nada, porque cuando lo iba a hacer le vacié cinco tiros en el meritito corazón. Cuando comenzó a chillar el niño, lo calmé.

Nadie pudo escuchar los seis balazos porque afuera tronaban cuetes de felicidad, decían que Villa había tomado Zacatecas.


Foto de interiores: Wikimedia Commons.






Luis López




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