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Juan Manuel Ayala López*
Viernes 28 de agosto de 2020.
Si aceptamos la concepción de situación de guerra que define el Stockholm International Peace Research Institute (SIPRI), el cual determina dos características a un conflicto para que sea considerado de esta manera, México cumple con creces las dos. La primera es que haya participación de actores armados, de la índole que sean, y la segunda es que la cantidad de muertes supere las diez mil personas. En una situación de guerra se subvierten los valores sociales, de manera que la violencia, la impunidad, el exceso, la crueldad y la arrogancia del poder pasan a ser valores dominantes; y los derechos humanos son vulnerados permanentemente.
Nuestro país, es ya un caso relevante por la velocidad con que se ha dado el proceso de destrucción del tejido social y el crecimiento exponencial de la violencia. Es ya un ejemplo claro de a dónde puede llegar la destrucción de un territorio y su población. La pobreza y exclusión no se detienen, así como la destrucción del entramado productivo y del empleo, de las instituciones, del sistema de justicia, y la impunidad se ha instalado y pasó a ser condición de vida cotidiana. La delincuencia y la violencia crecen y se expresan con una brutalidad que sobrecoge. La violencia que hoy vive el país, sin duda no empieza ahora. Ésta se sostiene en las políticas de pauperización de la población y destrucción de las instituciones de distribución estatal; es decir, en las medidas neoliberales que se han ido profundizando y ampliando en las últimas tres décadas. Desde entonces ya venimos asistiendo a una disputa por el territorio y a un proceso de apropiación y concentración de la riqueza y el poder.
México vive en una situación de guerra en la que la violencia adquiere proporciones y formas inimaginables hasta hace no mucho tiempo; el impacto del silencio y el trauma ante lo que no se puede nombrar es una muestra de ello.
Y tal como lo ha señalado la investigadora y socióloga colombiana Vilma L. Restrepo, el cuerpo pasa a ser objeto de violencia, herramienta de comunicación y mensaje, y reducto último de lo que se teme perder, que es la vida.
Cuando el entorno cultural promueve los valores del enriquecimiento fácil y rápido, en detrimento de la educación y el esfuerzo; cuando difunde que la impunidad, el uso personal del poder y la corrupción institucional son herramientas para la vida, el poder de la fuerza se impone en la vida cotidiana, así como desde las instituciones estatales y desde las organizaciones delictivas.
Las armas, como acertadamente lo ha recalcado en sus investigaciones la Dra. María José Rodríguez Rejas, pasan a ser el símbolo del ejercicio de la fuerza, desde los cuerpos institucionales (con sus ejecuciones sumarias, como se ha documentado ya) hasta los ilegales —en cantidad, potencia y magnitud—. Los valores culturales del neoliberalismo encajan con los valores de la cultura del narcotráfico (materialismo, individualismo, competitividad, corrupción, impunidad, violencia, el presente como tiempo del mundo). Unos se difunden y reproducen culturalmente desde la institucionalidad legal; otros, desde la ilegalidad. Éstos no hubieran sido posibles sin los primeros.
La cultura de violencia y guerra nos rodea, nos envuelve y se introduce en nuestras vidas con una rapidez inusitada. Nos hemos habituado a vivir en medio de ellas, con muertos, desaparecidos, torturados y desplazados. A la violencia institucional se suma la violencia y prácticas de guerra de los grupos delincuenciales, desde las bandas hasta los llamados “cárteles”. La trama se hace más confusa cuando la frontera entre los actores legales e ilegales, a veces, se desdibuja a partir de la corrupción y penetración de unos en los campos de acción de los otros, o cuando unos y otros son lo mismo.
Ante la cantidad de asesinatos y desapariciones, la inseguridad y el miedo se instalan en la memoria y usurpan el tiempo. Después de hechos violentos, tanto a aquellos que suceden como aquellos que sólo tienen relatos a través de terceros o de los medios de comunicación, el sentimiento de vulnerabilidad, de que a cualquiera puede ocurrirle en cualquier momento, de que el riesgo al salir a la calle es permanente, se instala en la dinámica social.
Acorde con lo planteado por la Dra. Rodríguez Rejas, la violencia como espectáculo está presente en el México de nuestros días, tanto en su ejercicio y exposición pública como en la difusión que hacen los medios de comunicación. La brutalidad se convierte en un espectáculo de dolor y sufrimiento que será no sólo replicado en la prensa de nota roja sino en muchos medios de comunicación, poco serios y que lucran con ello; y en la industria de películas y música que integra estas situaciones en sus relatos de la vida. La exposición pública de cuerpos amputados o incluso las ejecuciones públicas que se relatan en diversas partes del país son una muestra de ese espectáculo dantesco que atrae y repele, a la vez.
La mayor parte de las personas asesinadas y desaparecidas son jóvenes, de manera que a la violencia social y estructural, se sumará esta violencia física y explícita contra ellos, que no sólo los criminaliza sino que los extermina, como si de una amenaza y enemigo se tratara.
Con el tema de los desaparecidos, los informes de Amnistía Internacional de los últimos años dan cuenta, por su magnitud y por lo que implica en sí mismo hablar de desaparición, de una situación propia de un escenario de guerra, donde la violencia de los diversos actores armados no tiene contención. Hasta el día de hoy, las fosas colectivas van apareciendo en diversos puntos del país (el municipio de Acámbaro en Guanajuato, se menciona ya con insistencia).
Una situación de guerra, como lo manifiesta la investigadora Elsa Blair, conlleva la presencia de la muerte. La muerte es parte de la vida cotidiana. El cuerpo es despojado de la vida y sobre él se ejercen los excesos de la violencia. Se busca dañar el cuerpo del otro, un otro que a veces es un actor armado pero otras muchas no. El cuerpo se convierte en objeto de dolor pero también en vehículo de mensaje y el miedo a ser dañado corporalmente crece, silencia e inmoviliza.
En una situación de guerra como la que vivimos hay un uso social del miedo que refuerza los mecanismos de control y dominación.
El cuerpo es el espacio que habitamos, el único espacio en el que es posible nuestra vida; es el lugar en el que somos, nuestro territorio propio, ha dicho la antropóloga Clemencia Castro.
El miedo es altamente eficiente como mecanismo de control social en tanto va destruyendo el tejido social y atomizando el ser de las personas, fractura la comunicación, la posibilidad de visualizar un cambio ante ese ejercicio permanente de fuerza e impunidad que aplasta.
En una sociedad en la que el 80% de la población es pobre, la amenaza está altamente asociada con este sector, pobres serán los actores centrales de la guerra, como ya decíamos en otro momento: quienes ingresan al crimen organizado buscando una forma de subsistir, o a la policía y a las fuerzas armadas con el mismo fin, así como la población que vive en medio de la guerra.
Cuando la anomia (estado de desorganización social o aislamiento individual) se instala en la vida social y se llega a vulnerar la seguridad en el territorio más cercano al sujeto, como puede ser su barrio o su calle, el miedo cobra una dimensión aún más intensa.
Es lo que la antropóloga francesa Véronique Nahoum llama la crueldad por proximidad, donde el agresor pertenece al mismo espacio social y conoce a la víctima, su entorno, sus afectos, sus espacios de seguridad y vulnerabilidad.
El caso de los desaparecidos y sus familiares es también una manifestación más de la crueldad que construye y reproduce el miedo. Miles de familiares no saben lo que sucedió con su ser querido y ni siquiera tienen un cuerpo para enterrar y un lugar donde irles a visitar. El deseo de saber para entender, el sinsentido que deja a los familiares confundidos, convertidos en almas en pena. El cierre postergado que no puede completarse. El desasosiego como instrumento de tortura. Detrás de cada uno de esos anónimos hay una historia de crueldad que trasciende el tiempo y se instala en la vida cotidiana de quienes les seguirán buscando y recordando, a pesar de todo y por encima de todo.
En unos casos el silencio, en otros, y vinculado a él, la construcción de una narrativa de la violencia y la guerra que se queda en la superficie y se convierte en eco que cuenta a otros lo sucedido, que transmite el sinsentido, la estupefacción, el horror; es decir, que sólo registra discursivamente el hecho pero no permite procesarlo y darle un sentido. Nosotros mismos, las y los ciudadanos de a pie, nos convertimos sin darnos cuenta en cajas de resonancia y amplificación del miedo.
La otra gran caja de resonancia del miedo serán los medios de difusión y en muchos casos las redes sociales, que creando desinformación nos someten a una sobre-exposición de la violencia, que usan la palabra igualmente descontextualizada y que, en su mayoría, no proporcionan herramientas para construir las conexiones de sentido sobre lo que acontece. Se muestran imágenes explícitas de la violencia en el mundo y en el país, y se recurre a un lenguaje invadido de códigos de guerra; una narración visual y oral que convierte la guerra en espectáculo.
El miedo va acompañado de silencio y dolor, rompe el tejido social y lo atomiza; refuerza sentimientos como la desconfianza y la vulnerabilidad. Y todo ello hace que muchas personas sobredimensionen los sucesos y sustituyan el análisis serio de la realidad por la información sesgada, muy a la mano y sin sustento de las redes sociales o de personas cercanas.
El resultado de la exposición a todo tipo de acciones violentas deriva en el miedo y la sensación de inseguridad e impunidad que paraliza a la población civil, los desarmados y muchas de las veces víctimas de esta situación de guerra con una sociedad policiaco-militar en la que prevalece el control y la ruptura del tejido social una vez sembrado el temor y desconfianza entre la población, lo que beneficia y resguarda el poder y los intereses de los sectores dominantes.
* Vocero del Observatorio Acambarense por los Derechos Humanos Raúl Vera López.
Foto de portada: Observatorio Acambarense por los Derechos Humanos Raúl Vera López.
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