Juan José Martínez Bolaños
Twitter: @JuanJoseMtzB
La semana pasada me recibió San Miguel de Allende, Guanajuato, con lluvia ligera, tal cual una sutil bautizada para el neo-residente, o al menos eso me dijeron algunos oriundos de ese bello pueblo. Llego a este municipio a impartir clases de Criminología.
En las primeras sesiones de clase explico aspectos básicos, como el objeto y método de esta ciencia, y después algunos tipos de conductas humanas que desde Criminología consideramos y catalogamos de la siguiente manera:
1.- El asocial, que se refiere al que se aísla de la colectividad y no le interesa el “bien común”. Aquí encontramos a los esquizoides, depresivos o personas que no conviven socialmente;
2.- El parasocial, se refiere a quien no está de acuerdo con el bien común, sin embargo lo respeta, no lo agrede pero intenta cambiarlo. En esta clasificación tenemos a los integrantes de movimientos sociales de oposición;
3.- El antisocial, quien es el sujeto que agrede el bien común, y mayormente (no siempre) es el delincuente que trasgrede las normas establecidas en una organización, y casi por último
4.- El social, quien forma parte de la “normalidad” (mayoría estadística), quien convive y promueve el bien común.
En Criminología nos encargamos de estudiar para comprender la conducta antisocial (criminal), porque solo entendiendo sus causas primarias, podremos prevenirla. Sin embargo hay una quinta conducta, que podría ser el supersocial, quien sería aquella persona que abandona la cotidianidad, y se “desvía” hacia el lado positivo, es decir: El santo, el héroe, el resiliente.
Cuando terminé de impartir mi clase en San Miguel, me di cuenta que en nuestros tiempos, cada vez es más difícil encontrar la “desviación positiva” hacia la conducta supersocial, es más, tenemos devaluada esta modalidad de personalidad, y se nos hace demasiado extraña, que incluso la desconocemos, no la promovemos y peor aún, la juzgamos. Enseñamos el egoísmo y no la empatía. Estigmatizamos de tontos o locos a quienes están dispuestos a ofrecer el bien propio, por el de todos, y cuando observamos una persona resiliente, entendiéndola como aquella que después de haber atravesado por una circunstancia negativa (traumática) lejos de quebrarse se sobreponen para luchar por justicia, o bien, evitar que alguien más atraviese por lo mismo.
Esta semana leí el caso de Emma Sulkowicz, quien es una estudiante de la prestigiosa universidad de Columbia de Nueva York, quien fue violada por un compañero de escuela. La Universidad desestimó la denuncia y se negó a expulsar a su agresor. Emma desde entonces carga por las aulas y pasillos escolares, el mismo colchón en donde ella fue violada, esto como protesta por la impunidad de que fue víctima.
Este caso por supuesto es noticia internacional sensacionalista, estimada por muchos como bizarra y rallante en locura. Sin embargo es un caso de resiliencia, que en México es poco estudiado con fines de tratamiento a víctimas del delito.
Lo que no es sensacionalista, y son el pan de cada día en nuestro país, son los crímenes de género. Según el Instituto Nacional de las Mujeres, 47 por ciento de las mujeres en México mayores de 15 años han sufrido algún tipo de violencia, sea física, sexual, emocional o económica.
No todas las victimas desarrollan una personalidad resiliente, ellas sufren en silencio y se merma su vida hasta el punto muchas veces de perderla.
¿Cuántas mujeres cargarían sus colchones en México?

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