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ÚLTIMO PISO

Gwenn-Aëlle Folange Téry*

Lunes 7 de septiembre de 2020

 

La mitad del mundo tiene algo que decir, pero no puede;

la otra mitad no tiene nada que decir, pero no calla.

– Robert Frost

 

Decir o no decir, he ahí el dilema.

Que para muchos no lo es: ciertas cosas no se dicen y ya.

¿Lo has notado?

Claro que varía la altura del obstáculo a saltar según la familia, la edad, la cultura.

Hace años por ejemplo no se mencionaba la menstruación ni en el confesionario y hoy hay comerciales de protecciones femeninas a toda sangre y color. O no se hablaba de los niños nacidos fuera de matrimonio y hoy se te pregunta cuántos papás y mamás tienes. Hay familias en la que la religión no se puede ni discutir y otras en las que Un Padre Nuestro es el  señor de la casa. Lugares en los que no debe mencionar el sueldo y otros en los que es lo único que te define.

 

Llevo unas dos semanas confrontada, por miradas y vidas ajenas, a lo que se puede decir y a lo que no. Yo misma de repente me incomodo ante ciertas ideas o expresiones, y eso que quiero ser tan tolerante que acabo siendo lo contrario.

Y viene esa confrontación de las redes sociales, Facebook en particular, que allá es donde tenemos tendencia a conocernos más y a explayarnos más, lo de contar caracteres es de Twitter y lo de Instagram, pues no se dice, se expone, se mira.

 

Visto en un muro: triste por mi abuelo, está muy mal.

Comentario: Eso no se pone en Face.

¿Por? ¿Es porque es en “público”? Vamos, si no se sabe para empezar, quién está leyendo lo de la tristeza. Y que uno no ponga “esas cosas” en una red social, no significa que otro no lo deba hacer. ¿No es este juicio, sumario o no, una muestra de soberbia? ¿Yo sé qué se hace y qué no?

 

Oído, después de haber visto cierta publicación  en una página: No pongas esas cosas, me preocupo por ti.

¿Te preocupa qué exactamente? ¿Mi integridad emocional, física? ¿Mi cordura? ¿Mi manera de beber o de comer? ¿O es preocupación genuina por mí, por la tristeza que exhalan casi todas mis publicaciones? ¿Es juicio, otra vez, o acompañamiento? Que si es acompañamiento, pues, tache, porque así es como te enteraste de que te necesito, ¿no?

He pensado, yo solita pa’mis adentros, después de ver un comentario: ¿Cómo se atreve a usar esas palabras? ¿No se da cuenta de lo humillantes que pueden ser?[1] Y no hablo de lo políticamente correcto, que de todas maneras a veces no sé cómo decir lo obvio:

 

– Mira a esa señora

– ¿Cuál mamá? 

– Mmm, ¿la gorda? No. ¿La fea? No. La sexy. Menos. Ah, la negra. Noooo. 

 

Y mira que me atreví a decir señora, no sé si está casada, y ¡además señalé su género, ofensa ofensiva!

 

Y claro que me justifico. Aunque luego me mortifico sola, castigándome por pensar. Juzgo igual que todos…

 

¿Será que hay cosas que no se deben ni pensar?

¿O hay grados?

Puedo decir que ando tristeando, o tal vez que sí, que me gana la tristeza, toda. Pero que tengo ganas de morir, pues no. Eso no se hace.

¿Es falta de educación, de civismo, de consideración hacia quien te lea? Porque gran cosa no pueden hacer. Y de hecho sólo se te comenta “No digas eso”. Y lo comentan los mismos que circulan el textito de Aquí estoy si necesitas ayuda, copia y pega.

 

¿Falta de congruencia? ¿O excesiva modestia? ¿O es parte de esa creencia que se nos inculca desde chicos: no digas nunca lo que piensas, por más importante que sea.

No digas que la sopa sabe feo, se va a poner triste la abuela.

No digas que eres antimilitarista, que las medallas del abuelo se oxidan.

No digas que ya no eres virgen, que los santos van a llorar.

No digas que te drogas, no quiero saber, no quiero saber, no quiero saber.

No digas que tienes miedo.

No digas que ya no aguantas.

No digas tu odio.

No digas tus pasiones, sé plano, anodino.

 

Será que si no dices, no piensas. Y que si tampoco piensas lo que dices, ganamos todos porque el silencio es metal preciado.

Vive como si todo fuera, no nada más color rosa, pero como si además te gustara ese color.

Sigue bailando en los jardines como Blanca Nieves, sigue persiguiendo a los malos, como SuperCan, sigue apuntando a las estrellas porque aquí no van a caer.

Sonríe siempre. Canturrea siempre. Duerme bien, come bien, aprende idiomas extranjeros, saca buenas calificaciones, escoge a la pareja perfecta y ten hijos, un niño y una niña, perfectos.

 

O lánzate. Di lo que truje y luego hasta explícalo, ejemplifícalo. Usa un megáfono y sé libre. En la plaza, en Face, donde tú quieras, hasta en la cama. Escribe, pinta, cocina con rete-harto chile si eso es lo que necesitas. Si se trata de ti, si la onda es tuya, habla, estás en tu cabal derecho. No te calles. No permitas que te callen.

Sin, ya sabes, lastimar a otro, oGvio, no pongas en mi boca palabras que no he dicho. Una cosa es hablar, otra es chismear. Una cosa sigue siendo hablar, y otra, muy lejana, morder.

Expresarse no tiene por qué dar lugar después a una telenovela, más que en ellas justamente, lo que no se dice urde la trama: Jesús Carlos Alberto, soy tu madre (tu hija, tu hermana gemela perdida o la dueña de la hacienda).

Y tú… Sí, tú: deja de juzgar.

Face no es un diario íntimo. Bien. Face no sirve para pedir ayuda emocional. Va, no hay problema. Total, cada quien su Face, ¿no?

 

Y aprovechando la vuelta, resuélveme esta duda: ¿por qué se vale decir “Voy a hacer pipí” en el restaurant, en la escuela y en Face, pero decir que vas a hacer popó es mal visto? ¿Sólo por el olor?

 

Y te dejo, así, gratis, un poema de Fabiola Aranza Muñoz, quién inspiró hoy mi pensar:

 

De los escritos que jamás se comparten, de los temas de los que nadie habla por temor al que pensarán los demás, de las sensaciones que todos experimentamos en algún momento a diario y escondemos.

 

«Me voy a ir a cualquier parque, 

plaza o malecón

con un cartel en el pecho que diga:

«Necesito un abrazo»

Y en cada uno de los que reciba 

voy a llorar a moco tendido,

a dejarles los hombros repletos

de mis miedos y angustias, 

para dejar de cuestionarle a Dios 

por qué soy tan bruja 

y me niego a perder mis privilegios

por un par de seres persignados.

No diré nada, sollozaré a medias 

y con hipo, 

jamás he sabido gemir en silencio 

mis derrotas,

nunca aprendí la lección de llorisquear 

calladita y modosa

para no incomodar a los demás.

Necesito un abrazo donde no me condenen

en la hoguera,

donde no me lapiden por no ser 

como el resto de las féminas

a mi alrededor,

donde no haya palabras de por medio

ni a favor ni en contra

pidiendo explicaciones de mis actos.

El Parque Juárez, los Berros, 

el Malecón del Puerto,

La Plaza de cualquier pueblo, 

la placita de Pringles,

El Zócalo capitalino, 

todos son un buen lugar…».

A. Muñoz

México 2020.


[1] Chacha, por ejemplo.

Vaciar a una mujer, cuando sólo se le está quitando UN órgano.


* Gwenn-Aëlle Folange Téry es pintora y escritora.

[email protected]

@GwennFolange

Foto de portada: Magda Pastor.






Luis López




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4 Comentarios

el 07/09/2020

Tu texto está perfecto para mi, hoy. Porque he sido juzgada y condenada por algo que dije en una reuniozoom y hubo quienes se sintieron ofendidas, y otras no. Somos puras mujeres y no sé si eso, desgraciadamente, es peor. Somos nuestras peores jueces. Somos, a veces y algunas, incapaces dé siquiera, intentar ponernos en los zapatos de la otra. O simplemente, respetar, aunque no estemos de acuerdo, su libertad de hablar.
Mi lección, se consciente y no hagas lo mismo. Respira profundo y respeta su punto de vista, aunque no lo compartas, y haste a un lado para que la bola no te de en el alma y te aturda.

el 07/09/2020

Hazte, no haste.

el 07/09/2020

Sí, respira
Porque si queremos que nos respeten debemos de hacer lo mismo.
Aunque respires contando hasta diez mil.
Y sí, caray, por más que estoy convencida de que estoy en mi derecho, y obligación, de decir lo que pienso, lo que sé, siempre me mueven el tapete los demás…
Ser peor entre mujeres: ¿será que nos conocemos, sabemos dónde duele?

el 07/09/2020

Será?



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