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©Gaudencio Rodríguez Juárez*
Jueves 24 de septiembre de 2020
Tiempo atrás se consideraba inteligente al niño o niña que tenía un coeficiente intelectual alto. Lo cual se reducía a la medición del conocimiento. Actualmente sabemos que no existe una sola inteligencia sino múltiples inteligencias. A la variable cognitiva se le comienza a dar una importancia no preponderante.
Es la inteligencia emocional la que en los últimos años comienza a ser considerada y se le otorga el valor que le corresponde.
Contar con la capacidad de identificar los propios estados emocionales, nombrar los sentimientos, pensar acerca de ellos, vivirlos en conciencia, regularlos, conducirlos y elegir la conducta adecuada para la situación que despertó dicho estado emocional, es una competencia de suma importancia para la vida, pues los seres humanos somos emocionales en principio, y racionales después. Y la meta del desarrollo es funcionar con un cerebro integrado: sintiendo y pensando acerca de lo que se siente.
La buena noticia es que en los últimos años se ha ido generando mucha información valiosa sobre la inteligencia emocional: artículos, libros, test, etcétera. El experto Mortimer, nos ofrece una serie de preguntas que nos permiten identificar la competencia emocional de los niños y niñas, las cuales dan cuenta de los aspectos de dicha habilidad emocional:
– ¿Puede el niño hablar sobre sus sentimientos?
– ¿Tiene el niño las palabras suficientes para describir sus sentimientos?
– ¿Puede el niño reconocer cuando los demás están tristes, furiosos, alegres o molestos?
– ¿Puede el niño recordar sucesos pasados y los sentimientos que experimentaba?
– ¿Disfruta y se siente seguro en el juego?
– ¿Demuestra amistad y preocupación hacia los demás?
– ¿Puede mostrar su furia y frustración?
– ¿Puede el niño usar el lenguaje y la negociación para resolver las disputas?
– ¿Puede el niño jugar cooperativamente con otros niños?
– Si se siente angustiado ¿puede ser tranquilizado por un adulto o por un amigo?
– ¿Puede esperar un poco antes de que sus necesidades sean satisfechas?
– ¿Puede el niño intervenir y explicar sus ideas en un grupo familiar?
– ¿Puede concentrarse jugando solo o jugando con los demás?
– ¿Tiene la suficiente seguridad como para intentar algo nuevo?
– ¿Comienza a distinguir lo bueno y lo malo?
– ¿Es capaz de aprender de sus equivocaciones?
– ¿Es capaz de tomar riesgos en su aprendizaje, sabiendo que puede fallar?
A las preguntas anteriores, José Antonio Marina, filósofo español y experto en educación agrega una pregunta que alude a un aspecto importante: ¿Sabe el niño que lo bueno debe hacerse, aunque no se tengan ganas de hacerlo? ¿Sabe el niño que para conseguir una cosa agradable algunas veces hay que hacer primero algo menos agradable?
La inteligencia emocional permite que el individuo sea consciente de sí mismo, sus emociones, sentimientos, pensamientos y conductas, lo cual le permite ser consciente de la existencia de los demás, sus emociones, sentimientos, pensamientos y conductas.
Ser competente emocionalmente también significa contar con la capacidad para la convivencia e interacción con los otros miembros de la comunidad.
“Vivir en la Ciudad –dice Marina– exige una serie de virtudes sociales y de virtudes éticas. La formación del buen ciudadano aparece, así como una meta fundamental de la educación”.
Significa, pues, que educar a los niños y niñas no se ha de reducir a modificar sus comportamientos inadecuados, sino dotarlo de las habilidades para la vida que le permitan tomar buenas decisiones, es decir, aquellas que le hagan bien a él y a los que le rodean. En todo caso, las conductas inadecuadas o indeseadas –reflejo de la toma de decisiones equivocadas– se convierten en la oportunidad del educador para enseñarle algo nuevo y de esta manera contribuir a la construcción de un ciudadano sano, íntegro, solidario.
* Psicólogo / [email protected]
Foto de portada: Annie Spratt (@anniespratt) / Unsplash.
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