SOMOSMASS99
Oscar Alzaga*
Martes 24 de noviembre de 2020
Las simples declaraciones de principios, por muy altos que sean, no bastan para formar buenos gobiernos y evitar tiranías; lo principal es la acción del pueblo y la intervención de todos en la cosa pública.
Programa del Partido Liberal Mexicano. 1-VII-1906.
La primera revolución popular del siglo XX de participación campesina, obrera, partidos, sindicatos, diversas corrientes políticas y de muy larga duración, forma un conjunto contradictorio y complejo, nada fácil de ubicar; con antecedentes indispensables, una intensa etapa armada y definitiva hasta lograr el cambio abre la disputa de un nuevo proyecto de nación, en las condiciones que propician la revolución armada y la Constitución, que prolongará la lucha hasta el cardenismo de 1934-40, cuando se cumplen las demandas más importantes de la Revolución.
El país en las últimas décadas del siglo XIX arriba al modo de producción capitalista, arrastrando atrasos mercantiles y feudales, los motores de la economía ya eran las industrias petrolera, eléctrica, textil y minera, los ferrocarriles, el comercio, los servicios y la banca; la mayoría del capital extranjero, yanqui e inglés, que junto a la producción agroindustrial y de las haciendas van al mercado nacional e internacional. Un capitalismo dependiente, subdesarrollado y muy desigual, nada soberano. Como lo estudian en los años 60 y 70, A. Aguilar, F. Carmona, J. L. Ceceña y E. Semo. De 15 millones de habitantes, 1.5 era asalariado (en 1905 Lenin estudió el capitalismo ruso y pese a que la mayoría de la población vivía en el atraso casi feudal, ya el sistema dominante era capitalista).
Durante la dictadura porfirista, que va de 1876 a 1911, fue feroz la concentración de la riqueza, un régimen que impidió a la sociedad todo tipo de libertades, con mayor rudeza en el campo y los centros fabriles. Los soportes de la dictadura fueron el ejército y la oligarquía local y la extranjera. Enorme fue la riqueza que salió del país. A la par, creció la inconformidad social de campesinos, obreros y opositores políticos.
En 1906 el programa del Partido Liberal Mexicano (PLM) ubicó las demandas del pueblo: liquidar la dictadura, restablecer las libertades, crear leyes laborales, campesinas y educativas. Muy importante: reconoce el papel político de trabajadores y campesinos para lograr el cambio social y político. Sería la postura más influyente en la Constitución del 17.
El PLM impulsa la lucha desde 1900: organiza clubes liberales en todo el país, publica Regeneración de 1901-08 y 1910-18, organiza las luchas sindicales de Cananea, Río Blanco y ferrocarrileros, de 1906 a 1908, y organiza insurrecciones armadas. En 1906 lanza su Programa y en 1911 otro más radical. El PLM es el precursor de la revolución, pero la represión y persecución los debilita y sus líderes mueren en la cárcel. (No confundir con los anarco-sindicales de la Casa del Obrero Mundial y la CGT. El PLM fue anarco revolucionario: tras sus palabras iban las luchas en todos los planos y una postura firme.)
La revolución estalla en 1910 con Madero a la cabeza, quien alentado por el descontento popular y la coyuntura confía en que el cambio de gobierno sea suficiente, pero dejando intactos al ejército, el Estado y la oligarquía (manipuladora de la prensa) pretende así democratizar el sistema dictatorial, cambiando la mitad del gobierno. Dura año y medio porque el gobierno yanqui organiza el golpe de estado, a través del ejército nacional y la amenaza de invadir, para impedir que se afecten los privilegios de los yanquis y los hacendados. Nadie piense que el Plan de la Embajada fue ajeno a su gobierno. De la decena trágica y de apresar a Madero y Pino Suarez, Huerta informa primero al presidente yanqui W. H. Taft, el 19 de febrero de 1913; después, le informa haber asesinado a Madero y Pino Suarez, el 23 del mismo mes.
El golpe de estado y el crimen levantó en armas a la población de toda la nación, se formaron ejércitos surgidos del pueblo que en año y medio derrotarán en varias batallas al ejército de la dictadura, el momento cumbre sería la épica batalla de Zacatecas, el 23 de junio de 1914, que, después de varios triunfos de los ejércitos populares del norte y el sur, a Francisco Villa le tocó el papel central: liquida la dictadura y su ejército. A la vez, abrió las puertas a la Constitución de 1917 y al futuro de los nuevos gobiernos y de los grandes avances del cardenismo.
El ejército de Villa fue derrotado en Celaya en 1915, por la división entre las fuerzas revolucionarias, pero Villa siguió su lucha antiyanqui y contra Carranza. Igual que Emiliano Zapata, impulsa grandes luchas por la tierra para los campesinos, pero una traición lo lleva a la muerte. La división de las fuerzas revolucionarias siguió hasta 1935: Carranza ordenó asesinar a Zapata en 1919; Obregón, el crimen de Carranza en 1920 y la guerra contra De la Huerta. Obregón es asesinado después de reelegirse en 1928; ese año Calles se autoerige en el “Jefe Máximo”, que quita y pone a tres presidentes hasta 1934.
Pero la Constitución del 17 fue un enorme avance unitario, social y político: el proyecto de una nueva nación incluye demandas de la revolución que gracias a F. Mújica, a la cabeza del debate Constituyente, se incluyen los artículos 3, 27 y 123, que superan el proyecto regresivo del presidente Carranza.
La lucha por el poder y la división debilitan a la revolución de 1918 a 1934. En 1933 se da la reunificación de las fuerzas más progresistas en torno a la candidatura de Cárdenas, con el Plan Sexenal apegado a la Constitución, el debate público de la educación socialista y su campaña electoral. En su gobierno, de 1934 a 1940, se logra que: “la acción del pueblo y la intervención de todos en la cosa pública” sea lo central, gracias a la lucha de clases, la antifascista, la antiyanqui, y a la solidaridad internacional y nacional, que el país avance como nunca.
La historia nacional ha tenido etapas de continuidad, rupturas y cambios en cada una: la conquista y la colonia irrumpen con violencia el desarrollo de las culturas originarias del continente, hasta entonces aislado y desconocido por el resto del mundo. América desconoce a su vez el resto del mundo, pero en 1492 Europa y América vivían edades históricas muy distantes, de 3 a 4 mil años, igual que experiencias en guerras, gobiernos y desarrollos socioeconómicos. En ese año ya había comunicación de Europa con casi todo el mundo, en cambio este continente no se conocía ni así mismo; apenas Mesoamérica tenía noticias del Norte, Centro y Sudamérica. Su desarrollo político, cultural y militar era similar, atrasado ante la fuerza militar de Europa. Esos factores decidieron, de 1492 en adelante, quienes fueran los conquistadores y los conquistados en América y en el resto del mundo.
La conquista y la explotación de América impulsaron a Europa en su desarrollo mercantil con el mundo y redujeron el tiempo de tránsito al capitalismo que la empuja en su papel de conquistador mundial. A la par que los avances del Renacimiento, el Siglo de las Luces y la industrialización, desarrolla su dominio militar del mundo, causando estragos en todos los países que somete. Pero la carrera militar por dominar y repartirse el mundo la llevó a una etapa demencial e irracional, la peor de la historia universal: a la primera y la segunda guerras mundiales, a las peores matanzas de la humanidad de las que se tenga memoria. A esta visión se niegan los políticos e historiadores europeos, privilegian aspectos secundarios, no asumen autocríticamente lo demencial e irracional de esas guerras. Prefieren la versión de “los buenos y los malos”, no la de complicidad que tuvieron mientras se repartían y sometían al mundo.
Volviendo a México, la conquista y la colonia dejaron huellas visibles hasta hoy, como el racismo, la discriminación, la simulación, la existencia de buenas leyes sin cumplir y la añoranza del pasado, que reproducen en el siglo XIX los conservadores, al grado de preferir los gobiernos extranjeros a los propios, o las dictaduras de Santa Ana y el Porfiriato, con tal de preservar sus privilegios.
En el siglo XX, los avances de la revolución no fueron suficientes. Menos con el nuevo poder internacional que adquirió Estados Unidos, que de un manazo le arrebató Cuba, Puerto Rico y Filipinas, en 1898, y despertó de sus sueños a la decadente España. En México, el ala conservadora y la liberal moderada se inclinaron al vecino del norte, Madero intentó cobrar un impuesto a las petroleras extranjeras, pero no pudo y lo asesinaron. Obregón y Calles actuaron de modo similar en los Tratados de Bucareli, y pronto olvidaron y aún traicionaron la Revolución y la Constitución, con la reelección de uno y la ridícula dictadura del otro. Eso llevaría a Calles a confrontar a Cárdenas, pero éste si estuvo comprometido con el pueblo, lo apoyó y en él se apoyó en sus luchas.
Entre esos dos bandos se movieron los gobiernos posteriores, hasta llegar a la derechización del PRI y del PRD, y quedar juntos con el PAN que siempre fue conservador, para asumir los tres el neoliberalismo que puso de moda la derecha internacional: Reagan y Thatcher, el FMI y el Consenso de Washington en los años 70, 80 y 90, que tanto han influido en la derechización del mundo en el siglo XXI.
Serían las rupturas latinoamericanas de Venezuela, Brasil, Argentina, Bolivia, Ecuador, Uruguay y otros países que abiertamente rechazaron la política neoliberal, en una primera etapa de 1998 a 2015 (que a México le impidieron participar los fraudes electorales de 2006 y 2012) las que irrumpieron en el mundo neoliberal, que desde 2018 vive una segunda etapa con México, Argentina y recientemente Bolivia, Chile y otros países que reinician la lucha por la unidad latinoamericana. La que Cuba desde 1959 impulsó.
* Abogado miembro de la Asociación Nacional de Abogados Democráticos y la Asociación Latinoamericana de Abogados Laboralistas.
Imagen de portada: José Doroteo Arango Arámbula, más conocido como Francisco Villa, actor decisivo de la Revolución mexicana.
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