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CHISPITAS DE LENGUAJE

Enrique R. Soriano Valencia

Jueves 24 de diciembre de 2020

 

No cabe duda que este año ha sido una pesadilla para la mayoría de las personas en el mundo. Un año de desastre social, sanitario y económico. Muchos lamentamos la muerte de una persona cercana (yo la de mi esposa). A ello se añade lo complicado de las condiciones sociales (prohibidas las reuniones, las concentraciones públicas y privadas, incluso en restaurantes, cines y cafeterías); laborales (desaceleración de la economía, despidos para reducir las plantillas laborales, distanciamiento laboral o franca ausencia en el centro de trabajo para trabajar desde casa, con equipos propios y con recursos personales), reducción de afluencia a comercios mediante horarios limitados. Además, habituarnos de forma personal a ya no dar la mano, a usar cubrebocas y lavar constantemente las manos (que eso no estuvo tan mal). Estamos alterados emocionalmente. 

Así llegamos a una Navidad atípica que debe limitar el número de personas reunidas, en la que días previos no disfrutamos de las posadas; donde las cenas de grupos de amigos o compañeros de trabajo se limitaron o estuvieron los menos. Algunos, incluso, por mera precaución porque fuimos sospechosos de tener el virus. 

No obstante, todo ello no impide, ni impedirá, que sigamos deseándonos lograr la felicidad. La felicidad no es un estado permanente. Es una condición que se busca cuando no se tiene. Se experimenta por periodos breves, pero se disfruta y valora más cuanto más lejana ha estado o más infelices hemos sido. 

Felicitar es un verbo que implica reconocer un estado de felicidad o desear que otra persona lo alcance. Desde luego, procede de la palabra feliz, que estrictamente es un adjetivo. Es decir, como adjetivo es un vocablo que matiza a la palabra que acompaña como feliz cumpleaños, feliz Navidad o feliz Año Nuevo

Esta palabra transformada en sustantivo acuña la palabra felicidad. La felicidad implica una condición, el haber logrado la condición de feliz. Sin embargo, su pluralización, felicidades, se ha tornado en una exclamación (interjección se dice gramaticalmente) y aunque es totalmente válido desear a alguien la felicidad exclamando felicidades, es mucho más adecuado y preciso usar la palabra felicitaciones, que deriva más directamente del verbo felicitar.  

Sin embargo, la experiencia identifica que para disfrutar de la felicidad se debe conocer su y experimentar su opuesto, la tristeza. Sin conocer, como mínimo, la ausencia de la felicidad, no se puede llegar a ella.

La Navidad siempre ha sido una época de felicidad: la familia y los amigos se reencuentran, los abrazos se suceden, las fiestas se multiplican. Como hoy, a causa de las condiciones sanitarias no es posible todo ello, debemos reconocer que esta ausencia nos hará valorar más en el futuro la felicidad, el reencontrarnos y abrazarnos. Saber y reconocer que la ausencia de los amigos y de la familia hoy, nos hará valorarlos mejor mañana, darle más intensidad a nuestras relaciones. Y, para quienes sufrimos la pérdida de alguien muy cercano, al que ya no veremos jamás, reconocer que supimos hacerle grata nuestra presencia, que nos esforzamos por sembrar la felicidad en su corazón. Que la felicidad nos invada por Navidad. Felicitaciones.


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Foto de portada: Annie Spratt (@anniespratt) / Unsplash.






Luis López




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