SOMOSMASS99
ÚLTIMO PISO
Gwenn-Aëlle Folange Téry*
Lunes 1 de febrero de 2021
Las ballenas no cantan porque tiene una respuesta,
cantan porque tiene una canción.
– Gregory Colbert.
Conversaciones anodinas:
Tres amigas
– Sí, hoy estoy de buenas; salí a caminar, ha de ser por eso.
– Uff, ¡qué suerte! Bueno te diré que a mí también me fue bien, medité un rato con dos amigos.
– Oigan qué rico. Que tampoco me fue mal, me masturbé bajo la regadera.
Silencio incómodo. Incómodo porque si festejas caminata y meditación, ¿por qué no festejar masturbación?
Mamá con hijita
– Fíjate bien cómo lavarte ahí. Mira que sirve para hacer pipí y está sucio. Recuérdalo siempre, eso sólo se toca para lavarlo. Y que nadie te lo toque, me avisas luego luego.
– Sí, mamita.
Años incómodos. Incómodos porque la niña creció y nunca se atrevió a tocarse.
Cuate con cuates
– ¿Ya te lavaste las manos, wey?
– Sí wey, a wiwi.
Silencio incómodo. Incómodo porque ya todas las guarradas se las saben de memoria.
Yo conmigo
Qué triste que la menstruación sea un tema aún más tabú que el sexo.
Y el silencio no es incómodo, está poblado por mis ideas, mis reflexiones.
A mí me enseñaron lo de los óvulos y de los espermatozoides. Me recomendaron no embarazarme sin pareja o sostén económico. En la escuela me pasaron sendas diapositivas de ovarios y penes, todo dibujadito, nada de realidades obscenas. Nadie me explicó lo que eran las enfermedades de trasmisión sexual. Es más, ni que existían.
Con todo esto, claro que las primeras experiencias fueron extrañas. Sabía qué iba dónde, algo había leído de posiciones, aunque no entendía bien cuál era el punto y ya. Empezaban los tiempos del sida, pero mi generación se concentraba más en el embarazo no deseado, íbamos en el “es enfermedad de homosexuales”.
Recuerdo mi primer corps-à-corps. Cuartucho de hotel, calor, ganas, muchas ganas, no de sexo, no sabía ni qué se sentía, pero sí de proximidad con él. Y la hubo. Sin penetración, vamos, sin tocar ni allí ni allá, pero bien mucho harto restriegue.
Terminado el asunto, sin que supiera yo bien a bien por qué, se me invitó a bañarme. Sentí entonces entre mis piernas un fluido viscoso y pegajoso. No comenté, no pregunté, me aguanté. Y me lavé. A la fecha ignoro si salió de mí o de él.
Por decirte…
Y ni a quién preguntarle. A mis papás, ni de chiste, mis hermanos[1] eran todos menores que yo y mis amigas andaban definitivamente igual que yo. Y de todas maneras no era un tema de conversación. Ni por bueno ni por malo. No era tema, punto.
Recuerdo una conversación con una de ellas, mis amigas pues, sobre un condón roto, y el miedo, más que a ella le bajaba cada dos meses. Otra con otra amiga sobre su primera vez completita, más sobre el lugar que sobre el hecho. Tercera amiga, nuestra primera vez coincidió en tiempos y en ganas de decírselo a alguien. Y con la cuarta una pregunta rápidamente contestada sobre la frecuencia del coito con nuestras respectivas parejas. En ninguna de esas conversaciones se tocó realmente el tema del sexo, -cómo se hace, qué se siente, qué onda con los gritos, si grito me gusta más o soy rara-, sólo hablamos de detalles adjuntos, del envase del refresco pues, no del refresco en sí. O del papelito del dulce, para no utilizar ejemplos peneformes.
Entonces, lo de la masturbación, bueno, ni sus luces ni sus roces.
De por sí, según la familia en la que creces, eso está, o no, prohibido. Luego, según tu género, está, o no, más prohibido aún.
¿Preguntarle a una amiga cómo hace? ¿Si lo hace? ¿Decirle que no tienes idea, que no le ves el chiste?
¿Presentir de alguna manera que es que tú no lo haces BIEN? ¿O, ya pasados los años, decidir que te estás castigando de alguna manera al no dejar tu cuerpo gozar debajo de tus manos tuyas de ti?
Y sí, digo que las preguntas se las haría a unA amigA.
Porque entre hombres no dejan de cotorrear, de manera a veces pesada y agresiva, sobre los cambios de mano, muy peligrosos, la lavada a mano, sin lavadero de piedra imagino, o sobre las chaquetas que no sirven, mejor usa suéter, wey… En ese ambiente, ¿cómo atreverse a preguntar nada???
Mi vida sexual no es triste, no te me preocupes. No aplico las del Kama Sutra porque en mi cama desmostaron ser más peligrosas que el famoso paso de la muerte, pero la verdad, soy feliz.
Menos cuando no tengo ganas por la che menopausia, o cuando me quema por falta de lubricación por la che menopausia o porque se me atorran las rodillas por la che fibromialgia o me duele la cabeza por la che depresión. Y eso que hablo sólo de mí, no de quién me lleva a paraísos gritados a plena voz.
Pero… pues sí, me gustaría saberme masturbar. Porque luego hay veces que a una se le antoja helado de limón y no hay con quién compartirlo. He visto en películas que las manos las mueven muy muy rápido pero, uno, no me causa gracia el efecto obtenido, dos, me canso bien rápido, mis manos no son de ésas. He buscado en línea pero las imágenes que encuentro son de pornografía, no me inspira, y de todas maneras, no veo que hace la dueña de las manos, sólo es el mismo vaivén enérgico y veloz ya experimentado y no disfrutado.
Y aquí, hoy, tengo dos amigas a las cuales he podido recurrir.
Con una puedo hablar de sexo sin tapujos, sin miradas chuecas, tonteras o inventos. No me explica así bien bien por dónde o cómo pero la puedo llamar después de algún momento especial y entiende de qué le hablo, de inmediato.
Con otra…
Pues pienso que es la que más me ha guiado. No me dice en qué renglón ponerlo, pero sí me indica cuál dedo usar.
Esta última me mandó un mega regalo de Navidad. Me lo cantó primero, pidiéndome permiso de alguna manera. Porque no era ni helado, ni dulce, ni refresco, me cae.
Es una ballena. Morada. Suave.
No, no te la cambié de repente, no te voy a greenpeazear ni nada, uno porque ya sabes lo de los animales en peligro de extinción, dos, porque me consta que no lastimas animales más cercanitos a nuestras vidas.
En el mundo de la masturbación existen diversos artilugios -mecánicos, de pilas, inalámbricos-, de formas diversas -penes, penes grandes, penes gigantes-, formas, texturas y sabores. Y dentro de ellos hay unos que nos gustan así como mucho a las mujeres que los hemos descubierto: conejos, pingüinos, ballenas.
No confundiría lo que me mando mi amiga con una ballena, pero está padre darles nombre de algo vivo, de algo conocido. Y no, no creo que sea infantilizar el asunto ponerles nombres lindos, idea que atravesó mi mente al instante y ya se perdió en el amasijo de neuronas que poseo.
Entonces me pidió permiso. Dejó como en suspenso el qué animalito escogería.
Estuvo la caja un mes en mi cuarto. No tenía ganas de abrirlo. Porque no tengo ganas de usarlo aún. Por todas las ches que te mencioné arribita más la del Covid y de la pandemia.
Pero ya lo hice. Lo de abrirlo. Usé tijeras grandes, de manualidades, para abrir y cortar cartones y plásticos y le anuncié a… a mi amiga XXX que ya andaba un poco más dispuesta a investigar. Me dio instrucciones:
Cárgala. Porque inalámbrico no significa mágico. Mira que desde ese detalle de la cargada se empieza a disfrutar, es tan fino el sistema de enchufe, dorado, precioso.
Le confesé mi perplejidad ante unos orificios en la pancita, ¿o espalda?, de la ballena.
Son orificios de succión para el clítoris. Ah… ok… ah…
XXX sintió que lo perplejo se me había marcado en las cejas, se arquearon como nunca.
Y aquí, en ese preciso momento, me dio el regalo más preciado en cuanto a mi masturbación se refiere.
No fue el poder hablar con alguien, eso es como nivel plata. Ni poder usar la palabra “gato” para hablar de un gato, explicitar mis dudas, mis placeres, mis gustos y los suyos. Eso es nivel oro. Tampoco el que decidiera hacerme un regalo tan diferente de lo que jamás se me ha regalado, nivel platino ya.
Fue alcanzar el nivel etéreo, libre, sin trabas.
A mis preguntas sobre el lugar idóneo para usar la ballena morada, sobre mis dudas con tanto orificio y tanta succión, sobre mis miedos al fin, porque de ahí vengo, del miedo a gozar sola, me escribió esto:
… Ya que lo pruebes podremos morir de risa
Porque eso de los juguetes no es una onda de qué sexy, seria y ACÁ soy
Es para reírse y mucho…
Un permiso para reír. Más que un permiso, un “no está en la mesa el discutirlo, sé libre, ríe contigo o no, eres li-bre”
Y claro que seguimos platicando. Porque el intercambio no fue solamente con referencia a la tecnicidad del asunto.
Estaba su visión del momento y la mía. La suya más clara que la mía, o será que no ando más que dentro de mi mente siempre tan embrollada y creo que los caminos ajenos son claros y directos.
Porque un acto como la masturbación no es simple. Y un acto como el compartir experiencias masturbadoras tampoco.
Hay entre mujeres que se lanzan a hablar de eso cuando nunca lo han hecho, un atisbo de independencia, de empoderamiento. Es un poseer tu sexualidad a cielo abierto. Poner en palabras, ponerle nombre a aquello que siempre ha sido tan secreto es por fin adueñarse del acto en sí. Y mira que es más fácil hablar de coito que de masturbación, por lo menos para mí.
Y, sea esto una novedad o no para la mujer que se expresa, para la que escucha, la sororidad tan mentada en tantos ámbitos también crece en esos intercambios.
Descubrir por ejemplo que la mujer que yo veo como tan sensual, sexosa y sabrosa tampoco tiene idea de cómo masturbarse me llevó a valorarme a mí, a entender que de la misma manera que las mentes ajenas no son tan llanas como creo que lo son, pues las otras mujeres tampoco son todas maestras en manipulación de clítoris. Al decirme ella -iba a poner confesar, como si el asunto tuviera que ver con pecados y religiones que no profeso-, que no sabe qué hacer con sus dedos dentro de su vagina me iluminó sobre mis supuestas deficiencias.
¿Será tal vez que para casi todas, o casi muchas, el masturbarse es como hacerse cosquillas a una misma? ¿No se siente igual porque ya sabes dónde va a apoyar el dedo?
¿Y que el igual de “no se siente igual” varía desde nada hasta “caray, qué rico estuvo hoy el asunto”?
¿Y que no importa tanto el entender de dónde viene mi falta de sapiencia a la hora de hacerme gozar yo sola, si de mis miedos a ser gentil conmigo misma, del tabú implícito en la sociedad en la que vivo -que no en casa de mis padres-, como el aceptar que se vale no ser un as en todo lo que hago?
Y que usar un aparato, o plumas largas y sedosas, o pene de silicón, o pantalón ceñido, desvirtualiza mi responsabilidad y que entonces puedo, como me dice XXX, sólo relajarme y reír. Que reír de la situación, de lo dicho, lo no-dicho, del estremecimiento que sigue sin ser igual a otros me permite disfrutar mis placeres y que si acepto que los chocolates que me gustan no son hechos en mi casa por mis blancas manos, pues también puedo, quiero, aceptar que mi placer puede ser ballenesco.
Y que la sororidad es la que importa aquí. Con la risa sí, con los vibradores también, pero sobre todo con la amistad, la confianza profunda que puede existir entre mujeres.
Nota:
[1] Bueno, una de mis hermanas es responsable de mi primera visita a una sex-shop. Y de mi primera compra en ese lugar.
* Gwenn-Aëlle Folange Téry es pintora y escritora.
Imagen de portada: Pixabay.
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