SOMOSMASS99
Martha J. Ramírez
Martha J. Ramírez es comunicóloga y traductora. Lo había sido por muchos años, hasta que se le ocurrió escribir literatura. Minificciones y cuentos son sus géneros, porque dice que le falta aliento para escribir algo más extenso. Pero no pierde la esperanza de, un día, cambiar el sprint y las carreras de corta distancia por un maratón de decenas de páginas.
Entre mujeres

El escenario, una cafetería snob frente al mar, es perfecto y los personajes interesantes. Yo observo la escena desde un rincón como si hubiera sido montada solo para mí.
Mientras sus hijos están en la escuela, varias señoras jóvenes matan las horas bebiendo café y devorándose unas a otras. Sus miradas recorren de arriba a abajo a cada recién llegada, a la que reciben con besos al aire que imitan saludos sinceros.
El ambiente en general es bullicioso y los parloteos de ese grupo que me distrajo de mi lectura se intensifican cuando alguna de ellas se levanta momentáneamente seguida por las miradas de las demás.
Como cuando la joven madre que llegó acompañada de su bebé y la nana se aleja hacia el rincón donde los dejó para decirle algo a ella sin siquiera mirar a ninguno de los dos.
Ella cree que con ese simple gesto representa bien su papel de madre preocupada, y quizás ante sus amigas así sea. Para mí, esa acción superficial solo subraya su falsedad.
La nana toma al pequeño de su carriola para que sus gemidos y lloriqueos no molesten a la madre, y finge que no escucha la conversación en la mesa de su patrona:
“¿Cómo vieron el vestido de La Nena en la boda de Mariela?”, “La que se pasó fue la suegra, ¡qué escote!”, “¡Y a sus años!”, “No se puede decir que no conserve un buen cuerpo, ¡como se la pasa en el gimnasio!”, “Pues sí que hace ejercicio, pero no nada más en los aparatos, ¿han visto a su instructor?”, “¡Cállate!, su prima está en aquella mesa!”, “¡Pero si ya todo mundo lo sabe!”
La niñera mira a los ojos al bebé y le canta, le acaricia la mejilla, le besa la frente y, finalmente, lo acurruca hasta hacerlo dormir.
Sin dejar de mecerlo, la nana saca del bolsillo de su pantalón la foto de otro niño, la observa e inspira el aroma del pequeño que tiene en brazos.
Debe ser su propio hijo, al que tiene que dejar al cuidado de quién sabe quién mientras ella atiende a este otro.
Veo tanto amor en sus gestos que imagino que piensa que sus besos y abrazos los percibe su niño en la distancia, que sus canciones de cuna las lleva el viento hasta sus oídos.
“¡Déjalo en la carriola!”, le grita enojada su patrona. “¡Luego me lo dejas malacostumbrado a los brazos!”
Obedece, y las lágrimas se asoman a sus ojos mientras continúa contemplando el retrato.
A veces, las historias más conmovedoras las encuentro cuando levanto la mirada de mis libros.
Foto de interiores: Pixabay.
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