SOMOSMASS99
Alfonso Díaz Rey*
Viernes 9 de abril de 2021
En toda sociedad la base económica determina y condiciona su superestructura, conformada esta por su sistema jurídico, político, educativo, electoral, judicial, las diferentes instancias de gobierno, sus instrumentos coercitivos, sus medios de comunicación e información, entre otros.
En las sociedades divididas en clases, la clase en el poder se encarga de armar la superestructura que le asegure ejercer su dominio y reproduzca las condiciones que le permitan permanecer en esa posición.
Los partidos políticos son parte de esa superestructura y responden a intereses de clase o de segmentos que aspiran a ocupar algún espacio en el entramado del poder o, en un caso extremo, desplazar a quienes lo detentan e instaurar uno nuevo que rompa con el estado de cosas anterior y construya una base y una superestructura diferentes.
Nos han vendido la idea de que la democracia está vinculada a la existencia de los partidos políticos y a la «libertad» de la ciudadanía de acudir cada cierto tiempo a las urnas a votar por candidatos seleccionados por las cúpulas de esos partidos, con anuencia de quienes realmente ejercen el poder, y a esperar el siguiente ciclo electoral para volver a vivir la democracia.
En ese tipo de democracia la clase dominante tiene su o sus partidos que velan por sus intereses, cuenta con otros que son sus «leales» opositores y, por si el caso lo ameritase, procura tener elementos incrustados en puestos clave de los partidos de oposición real.
La existencia de muchos partidos generalmente responde a la necesidad de la clase dominante de dividir la votación de los sectores económica, política e ideológicamente dominados, con el fin de legitimar «democráticamente» su poder.
Cuando detrás de un partido político está la propiedad privada, el capital, los principios ceden ante los intereses del poder económico y esa organización política se convierte en instrumento al servicio de la clase dominante y de su segmento hegemónico, la oligarquía; los miembros más prominentes de esos partidos son recompensados por sus servicios y lealtad al amo.
Por eso en nuestro país se da el caso de partidos con historia y principios que, al menos durante un buen tiempo desde su fundación, fueron contradictorios entre sí, y en muchos aspectos irreconciliables, ahora se unen para recuperar las posiciones y privilegios que tenían antes de la elección federal de julio de 2018, cuando por el hartazgo ante la situación prevaleciente la mayoría de los ciudadanos votó por un proyecto en algunos aspectos diferente del que durante 36 años condujo al país prácticamente a la ruina.
Y aun cuando el prestigio de quienes antes gobernaron está por los suelos, el grupo económicamente dominante mantiene prácticamente intacta la superestructura jurídica y judicial, además de los mecanismos e instrumentos que en aspectos electorales le conferían ventaja sobre sus oponentes. Eso, además de los no pocos signos de oportunismo, corrupción y traición que se manifiestan en el partido que obtuvo la mayoría de votos en 2018.
Por ello, la presencia de los partidos políticos en una sociedad no es prueba de que exista democracia, menos cuando la gran mayoría de los candidatos a puestos de elección popular son nominados por una minoría que constituye la cúpula de los partidos.
Otra cosa sería si el pueblo mismo, organizado, informado y consciente, fuera el encargado de seleccionar a los candidatos, exigiera rendición periódica de cuentas a quienes lo representan, revocara el mandato a quienes por causas atribuibles a ellos mismos incumplieran y participara en las decisiones trascendentales para la nación. En ese caso, bastaría con la existencia de un partido que, nutriéndose y apoyándose en el pueblo, representara los intereses y aspiraciones de la inmensa mayoría de la sociedad, uno en el que en su seno se plantearan y dirimieran democráticamente todo tipo de posiciones y problemas, lo que estaría más cerca de una práctica democrática.
La historia demuestra que mientras los pueblos se mantengan ajenos a la toma de decisiones que de una u otra forma afectan su desarrollo, continuarán subordinados a un grupo dominante y vivirán en la moderna esclavitud que les ofrece el capitalismo.
* Miembro del Frente Regional Ciudadano en Defensa de la Soberanía, en Salamanca, Guanajuato.
Foto de portada: El CEO.
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