Martha Camacho y Agustín Galo / SomosMass99
Cruz del Palmar, San Miguel de Allende / 22 de septiembre de 2014
Será por su origen otomí, será por su carácter indomable, será porque su padre lo acompañó siempre y porque su madre lo quería entrañablemente; será porque es uno de los contados hombres del campo que estudiaron una carrera en una época en la que sobrevivir era ya un triunfo, será porque quien le entregó su título de maestro rural fue Lázaro Cárdenas del Río; será porque no puede permanecer indiferente a las injusticias, será porque reconoce el valor de la identidad. Será por todo eso que hoy Magdaleno Ramírez encabeza la lucha de las comunidades indígenas para evitar que la autopista Silao-San Miguel de Allende cruce por el territorio que habitan y que afectaría irremediablemente los vestigios prehispánicos, el medio ambiente que rodea a la zona y el patrimonio intangible de esos pueblos.

- A esta lucha vamos con el cobijo de nuestros antepasados y con la fuerza de la razón, dice Magdaleno Ramírez.
Origen y destino
Magdaleno dejó la casa de sus padres al terminar el tercero de primaria, hasta ahí llegaba la instrucción que se ofrecía en su pueblo Cruz del Palmar. A sus 9 años, gracias a la ayuda de su profesor que le brindó alojamiento y comida en San Miguel de Allende, cursó los tres años restantes.
Los lunes muy temprano agarraba camino y por cuatro horas andaba hasta llegar a la cabecera municipal. Los viernes, se iba de vuelta a casa en cuanto salía de la escuela. Ya de noche volvía a estar entre los suyos.
Nació en 1945, cinco años después de que Lázaro Cárdenas del Río terminó su gestión como presidente de la República. 20 años más tarde, el Tata Lázaro le entregaría el diploma que lo acreditaba como maestro rural egresado de la Escuela de Roque, hoy Instituto Tecnológico de Roque.
Cuenta Magdaleno que al terminar la primaria, impulsado por su padre Valente y siempre acompañado por él, se lanzó en busca de una escuela para seguir estudiando. Así llegó a Roque, en Celaya. Con tan mala fortuna -es un decir- que cuando llegaron a la escuela ya habían pasado las fechas para hacer el examen de admisión.
Sin embargo, en el plantel se encontró al director con el doctor que atendía a los alumnos del internado. “Y pues yo atreviéndome, siempre he sido atrevido -confiesa Magdaleno con una amplia sonrisa-, le digo al director que quiero entrar a la escuela. Ya no hay fichas”, le responde; entonces interviene el doctor: “déjalo que presente”. Así ingresa a la prestigiada escuela, donde en 1965 terminaría sus estudios como profesor rural.
Lo que siguió después es la historia de un hombre que ha trabajado incansablemente. Obtiene su primera plaza como maestro en 1966, lo envían a Manuel Doblado, donde estaría por nueve años. Ahí conoce a la que luego sería su esposa, con la que tendría seis hijas, todas con carrera, dice orgulloso.
Una vida de esfuerzos, pero también de compromiso con sus orígenes es lo que hacen de Magdaleno el luchador social en que se convirtió.
Luego lo cambian a Celaya y las ganas de ir por más de Magdaleno lo impulsan a estudiar la licenciatura en Biología en la Normal Superior. Ya con familia, tuvo que apoyarse en la venta de licuadoras y estufas para completar el gasto. Al concluir esta etapa obtiene una plaza en una escuela secundaria federal.
En 1997 se jubila como profesor de Ciencias Naturales y entonces decide volver a su tierra, 40 años después de haber dejado la casa de sus padres.
Volví para estar con ellos, estuve para cuidarlos en sus últimos años y llevarlos a enterrar, cuenta con un dejo de tristeza, mientras su mirada se pierde en el valle.
¿Cómo era ser niño en Cruz del Palmar?
Magdaleno recuerda que cuando tenía 5 años, para llegar a San Miguel de Allende hacían 4 horas.
No es que fueran mucho a la cabecera municipal, pero la visita obligada era cada 29 de septiembre, día en que se festeja al santo patrono, San Miguel Arcángel.
Al maestro, que hoy tiene 69 años, se le llenan los ojos de recuerdos. En esa época llovía mucho, y el río Laja estaba muy crecido, teníamos que pasar en canoa. Ahí cargábamos los xúchiles para llevarlos como ofrenda a la parroquia.
Los xúchiles son ofrendas mortuorias en forma de cucharilla hechas con hojas de cactácea y cempasúchil. Se trata de dos troncos de árbol de 5 o 7 metros de largo unidos por carrizos de 10 cm de largo e hilos entretejidos para formar una superficie que parece estera sobre los cuales se intercalan ofrendas de flores de cempasúchil y el corazón blanco brilloso de los puntos del sotol (cucharilla) entretejidos sobre la base de carrizo en diseños diversos. Era todo un acontecimiento para la comunidad, nos dice Magdaleno.
Y de esa misma época, el hoy presidente del Consejo Estatal de Pueblos Indígenas nos cuenta que en Cruz del Palmar había abundantes cultivos de maíz y frijol. Hacían dos cosechas al año. Pero en 1955 se desbordó el río San Damián e inundó el pueblo y se acabó la abundancia. Desde entonces ya sólo queda la cosecha de verano.
A la fecha sufren la falta de agua potable, hay estudios que han revelado la presencia de agua contaminada por manganeso y por coliformes totales y fecales.
Esas paradojas, de ser una comunidad que no había padecido por el agua, con un río que bordea sus tierras. De ver a una comunidad aislada que batalla para cruzar el Laja en la época de lluvias, hizo que cuando Magdaleno regresó a su tierra para vivir una jubilación tranquila despertara su deseo de encabezar las luchas por una vida mejor para Cruz del Palmar y los pueblos vecinos.
Y ya de vuelta encabezó la gestión para que se construyera el puente de Cieneguillas, ha promovido con instituciones la realización de estudios sobre la calidad del agua. Además de que hoy encabeza la madre de todas las batallas: impedir que la autopista acabe con su patrimonio histórico, con las capillas de indios y con los cuisillos.
Nos quisieron engañar con espejitos
Sobre esta lucha nos relata que el 17 de julio de 2013, el secretario estatal de Obra Pública, Arturo Durán, visitó Cruz del Palmar y les dijo: por aquí va a pasar la carretera. Así, sin consulta.
El trazo original pasaba sobre la pirámide de la Soledad, un centro ceremonial indígena que se ubica debajo de un macizo de árboles. A un lado está lo que era la plataforma habitacional del asentamiento, prosigue en su descripción Magdaleno. Y señala: al fondo está otra capilla de indios, la de Ojo de Agua. Más allá, a la izquierda, está la capilla de San Mateo, en la comunidad Oaxaca. Desde la capilla del Calvario de Cruz del Palmar, donde estamos parados, también se observa la capilla de San Isidro en la comunidad San Isidro de Bandita, todo esto en las riberas del río San Damián. Y hay muchas más que resultarían afectadas, dice con preocupación.

- Ahora quieren pasar la carretera por otra comunidad, pero no están solos, somos una hermandad y los vamos apoyar.
De la presencia de Arturo Durán en Cruz del Palmar, Magdaleno nos platica también que el funcionario le pidió que vinieran los delegados de las comunidades. Él invitó al funcionario estatal a caminar por la zona para mostrarle la afectación. Durán sin más se negó y sólo aseguró que con la carretera iba a haber más beneficios.
“Nos quisieron engañar con espejitos”, dice Magdaleno. Y nos cuenta más. Después de la plática con el secretario de Obra Pública y una breve caminata, se encuentran con un autobús al que le piden que suba para recorrer las comunidades Juan González, Vivienda de Arriba, San Isidro Copadero y terminar en Cruz del Palmar. Se lo llevan sin delegados, a bordo del vehículo, Arturo Durán le muestra los lugares donde estarían los puentes, el recorrido termina en la comunidad Banda, donde los encierran en una escuela secundaria. Ahí el funcionario le pide que firmen un acta en la que acepta la obra. Magdaleno se niega, “si acaso una minuta de la visita”, le responde.
“Nosotros ya sabíamos que en septiembre se haría la licitación”, nos confía el líder comunitario. Y seguro de la lucha que encabeza, afirma que el artículo 35 de la Ley Indígena del Estado de Guanajuato señala que debe haber una consulta si se realizan obras que les afecten.
Buscaron apoyo legal y un grupo de abogados sugieren la tramitación de un amparo para que no se licite la obra y de ahí surgió la lucha por la defensa de nuestros derechos.
Ahora el nuevo trazo pasa por la comunidad de Presita de Zaragoza. Ellos tampoco quieren que pase por ahí. Magdaleno nos comparte su sentir como miembro de ese grupo de 27 comunidades. “¿Vieron el camposanto de Cruz del Palmar? Ahí vienen de los 26 pueblos aledaños a depositar los restos. Es una hermandad desde el inicio hasta que nos vamos. Claro que los vamos a apoyar”.
Para concluir la plática, Magdaleno asegura que la construcción de la carretera causará un daño irreversible por el impacto ambiental, social y en lo intangible también. “No nos oponemos al modernismo, que cambien su trazo por otro lado”.
Que se sacrifiquen o que los juzgue la historia
Ese mismo año y mes, el gobernador de Guanajuato Miguel Márquez pidió a los indígenas que “se sacrificaran” para que la obra pudiera realizarse, toda vez que les llevaría beneficios para la transportación de productos, de salud y atención de emergencias.
La respuesta de Magdaleno Ramírez, como líder visible de la comunidad y, al mismo tiempo presidente del Consejo Estatal Indígena, fue solicitar el amparo de la justicia federal para evitar que continuara la construcción de la autopista y exigir del gobernador una disculpa pública por sus palabras, toda vez que se trató de un pronunciamiento discriminatorio con el fin de llevar a cabo la construcción de una carretera que afectaría sus raíces culturales.
En esa ocasión Miguel Márquez fue a más. Aseguró que la obra tenía la autorización del Instituto Nacional de Antropología e Historia, y “si el INAH ya hizo el estudio, el análisis correspondiente, él es el que tiene la última palabra”.
En esos días se conoció que quien había autorizado el trazo de la obra fue la entonces delegada del INAH, Guillermina Gutiérrez Lara, quien inmediatamente después de dejar el cargo fue contratada por el gobierno del estado para incorporarse al Instituto Estatal de Cultura de Guanajuato, donde hoy ocupa la Dirección de Museos.
Esa rareza nunca fue explicada, ni por el director general del instituto, Juan Alcocer Flores, ni por la propia Guillermina Gutiérrez Lara y menos por el propio mandatario estatal.
Hoy, en pleno 2014, el gobernador Miguel Márquez reiteró la ofensiva por la autopista al acusar directamente a la comunidad indígena de Cruz del Palmar de ser la responsable de obstaculizar la construcción de la carretera Silao-Guanajuato-San Miguel de Allende.
“El día de mañana, si por algo no se hiciese, la verdad ahí las personas que están haciendo esta labor en contra, híjole, ya los juzgará la historia”. “Se estaría privilegiando un interés muy corto, muy particular, sobre un interés general, sobre el bien común de miles y miles de personas que sí quieren esta carretera. Ahí se los dejo de tarea”.
Más aún, comentó que le prometió a “Magdaleno (que) se les pone el parador turístico para que ahí vendan sus artesanías, que sea un área de oportunidad para que ustedes crezcan”. La respuesta del presidente del Consejo Estatal de Pueblos Indígena ya estaba dada: “No somos artesanos”.
Las mujeres también ven otro riesgo con la construcción de la carretera. De las dos entrevistadas, que piden no citar sus nombres, una dice que no tiene estudios pero considera que si se concluye la obra seguramente “habrá más delincuencia a puerta de casa. Por eso considero que no nos beneficia”.
La otra, en cambio, es más directa cuando afirma que lo más grave es que serían “menos libres. Ahorita parece que estamos con un poco de tranquilidad, que en ningún lugar es seguro (…) Pienso que sí nos debieron haber consultado. Debieron, pero… De hecho no estamos seguras que haya venido el gobernador a proponer eso”.
Con la venia de sus antepasados
En Cruz del Palmar hay una tradición. Los cuidadores o guardas acuden año con año al panteón a pedir permiso a la ánimas fundadoras para realizar la fiesta de diciembre. Luego van a la capilla de indios donde se venera al Cristo del Santo Entierro, también solicitan la venia y hacen oración.
Cuando Magdaleno decidió librar la batalla por su territorio, cuenta que también acudieron con las ánimas fundadoras y a la capilla de indios. Estoy seguro que nuestros ancestros nos están dando ánimo, nos dice convencido. Eso y la solidez de los argumentos para la defensa lo hacen vislumbrar un futuro alentador para la causa de las 27 comunidades que luchan palmo a palmo por preservar su pasado, su identidad.
Porque, nos recuerda, el proyecto de la autopista está detenido por la decisión de una autoridad federal. Porque ahí, nos dice, hay muchísimos años de historia. Una afirmación que comparte con Arturo Morales, de la organización Vamos por San Miguel.
El activista nos cuenta que basta con subir al Calvario para apreciar toda la zona que sería afectada por la carretera: cinco mil 500 hectáreas, 27 comunidades indígenas registradas en el padrón nacional, 57 cascos de haciendas y, tan sólo en Cruz del Palmar, 70 sitios arqueológicos. “Una historia vastísima”
Miguel Márquez “recurre a sofismas con premisas falsas. Que sabe qué queremos y que si no se hace la carretera será por un interés particular. Él conoce de la lógica aristotélica, que no sea sofista”. “¿Que les van a poner un parador turístico para que vendan sus artesanías? Ellos lo que quieren es ser dueños de su destino, quizá ser los propietarios del parador turístico, no nada más poner su puesto ahí. Nadie les ha preguntado qué quieren”.
Y porque para Magdaleno es cosa sencilla: la obligación del gobierno del estado es cumplir con la ley. “La ley es la conciencia de la humanidad, y a eso hay que apegarse”.




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