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ÚLTIMO PISO
Gwenn-Aëlle Folange Téry*
Lunes 3 de mayo de 2021
Siempre hay un momento en la infancia
cuando la puerta se abre y deja entrar al futuro
– Graham Greene
Humedad
Dulce roce de lengua
Tímidos mordiscos
Frente a tu boca se yergue la dulzura de lo prohibido
La delicia prometida
El antojo insoportable
Humedad
Dulce roce de lengua
Tímidos mordiscos
Entre tus manos unidas
Posees la vasija desbordante
El dulzor embriagante
Corre por tu barbilla un río de chocolate
Hermosa nena
Que a tu corta edad
Has descubierto
El placer…

¿Es subversivo escribir sobre el placer de los niños en un tiempo en el que nos enteramos más que antes de cómo los maltratan, violan y matan…?
No.
Es, pienso, educativo: el placer se aprende, disfrutar se aprende, y algo hemos estado haciendo mal porque son demasiados los adultos que lastiman por placer.
No me parece correcto que lo dulce sea (siempre) prohibido o recompensa.
No me parece correcto que nuestros parámetros de gusto (siempre) se los impongamos a los más jóvenes que nosotros.
No me parece correcto que un ser humano joven deba de cumplir (siempre) primero con ciertas actividades para sólo después poder jugar.
No me parece correcto que un ser humano joven (siempre) deba de usar uniforme.
No me parece correcto que un ser humano joven (siempre) necesite permiso para tomar la palabra.
Hemos provocado que se establezca un paralelo entre placer y perversidad, entre pintadas y suciedad, entre silencio y educación.
Los seres humanos jóvenes no son raza aparte.
Tienen tanto derecho al placer como los más viejitos[1]. Tanto derecho como ellos a descubrir que el sabor agridulce les pone la piel de gallina, que meter las manos a la tierra es gozoso y que tener frío a veces es exquisito.
¿Vendrá de esta imposición del no-derecho a ciertos placeres ese afán tardío por comer de más? ¿Por dormir de más, por no cumplir? ¿Por vestirse de etiqueta por fuera, por usar pantalones de mezclilla dos tallas debajo de la correcta, por sufrir al mirarse en el espejo? ¿Por torturar gatitos, por desfalcar la compañía, por romper contratos de amor, de amistad? ¿Por gastar sin necesidad, por manejar sin respetar señales? ¿Por ahorrar hasta la tacañería, por sufrir de agorafobia?
¿Vendrá de esta imposición de valores, ni buenos ni malos pero imposición al fin, el carácter rígido de algunos? ¿El carácter disipado de otros?
Los seres humanos jóvenes, niños, adolescentes, se educan: no se constriñen, no se fuerzan.
No se toman (siempre) las decisiones en su lugar, se les enseña que toda acción, toda palabra tiene consecuencias. No se les dan de coscorrones, la vida se encarga de hacerlo.
Se les sostiene, se les protege, se les guía. Se les provee de comida, de techo, de amor, cariño y ejemplos.
Y claro: no se les maltrata, ni física ni emocionadamente, no se les tortura, no se les viola, no se les mata para ir después a dejar cadáveres a algún terreno baldío.
No.
Un ser humano joven se cuida, cuál planta frágil destinada a vivir en la jungla.
Nota:
[1] Déjame ser quién soy, mis tercera, cuarta y quinta edades no son incumbencia tuya.
* Gwenn-Aëlle Folange Téry es pintora y escritora.
Imágenes de portada e interiores: Pixabay.
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