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ÚLTIMO PISO
Gwenn-Aëlle Folange Téry*
Lunes 21 de junio de 2021
Creo que los postres son como sueños que hacen felices a las personas
– Banana Yoshimoto
¿Has notado que nunca te he compartido una receta para hacer pastel? ¿Que la única receta de postre que te he pasado ha sido la de la mousse au chocolat? ¿Por qué crees que sea?
Por egoísmo no, porque sabes que comparto todo lo mío, menos choninos y cepillo de dientes.
¿Por ignorancia? Tampoco es, la teoría me la sé como si fuera cuestión de vida o muerte.
Es por prudencia: no puedo ser responsable de un incendio en tu casa o de una intoxicación.
Soy tragedia griega andando cuando intento hacer un pastel, un flan, una gelatina.
Las gelatinas no cuajan o, al contrario, no se pueden cortar más que con cuchillo de sierra. Sí, aun las de cajita, de “nomás échele agua caliente y refrigere”.
El flan, postre preferido del mareado, parece cuajada de huevo revuelto con miel. Mi hija lo hace, y es una delicia. Yo no. ¿El colmo? ¡Yo le enseñé!
Los pasteles…
Esos me fallan desde el primero que intenté hacer. He intentado en 5 hornos diferentes,-los que estaban en las casas en las que viví-, y nada. He intentado con alguien a mi lado, indicándome los movimientos correctos, que si muévele como para que parezca un 8, que si calienta el horno 10 minutos antes de usarlo, o 20, que si un horno con grados pintados en la perilla o sólo números, usando receta de la concuña de la tía de mi amiga, la receta del libro escrito hace cien años, las recetas de las monjas de Puebla y las recetas de internet, y na-da.
Y preciso lo que es ese na-da.
No es que el molde, -de silicón, cazuela, de acero inoxidable, de aluminio-, salga vacío, no, es algo peor.
Hice para mis papás, regalo de aniversario de bodas, un pastel tradicional francés, una torre triangular hecha de choux pegados entre sí con caramelo. Bueno, tuvieron que usar martillo y desarmador,-no teníamos cincel-, para poder sacar algún trozo y probarlo…
Otra vez, también en casa de mis papás, hice no sé qué pastel que se tuvo que tirar entero… con todo y molde. No fue la primera opcíon claro pero resulto incómodo usar el machete para cortar el pastel y sacarlo del molde. Vamos, ni poniendo el bizcocho con todo y armadura a remojar toda la noche se logró salvar al molde.
Hace años lograba hacer un pan con fruta cristalizada. No sé si nos lo comíamos sólo porque era comestible o por los recuerdos de nuestra casa en Bretaña, frío por la tarde, té y ese pan. La nostalgia nos puede falsear tantas cosas, y sí, imagino que ese pan es una de ellas, la receta la tenemos en original de puño y letra de mi mamá al final de un libro de cocina y dictada por una de las múltiples abuelas que tuve.
Hice varias veces,- porque no me desanimo-, un pan de miel y anís que no se debe de comer fresco. Se guarda en una caja de metal y se espera un tiempo a que endurezca un poco. Bueno, pues el mío sale duro del horno, ¡nunca he necesitado las famosas cajas metálicas!
Los cumpleaños de mis hijos…
Me pidieron un día, eran chicos, el mayor tenía unos 5 años, que por favor no hiciera el pastel, que mejor lo comprara. La primera vez lo hice, y luego compraba panqués de Bimbo o pingüinos de la misma fábrica. Hacía trenecitos con ellos, que la parte de decorada sí me sale bien. Luego una de mis hermanas empezó a hacer pasteles muy ricos y absolutamente hermosos, de sueño, y desde entonces mis hijos se lo piden a ella. Ah, y cabe señalar justo en este párrafo, que mi otra hermana también hace pasteles ricos y hermosos y que mi mamá y mi hermano hacen un pan de sal exquisito. Esto sin contar los pasteles de navidad y de no-navidad de la abuela, como le dicen los nietos.
Mi hija tenía ya un discurso ritual para cuándo llegara de la escuela y oliera a pastel cociéndose en el horno: ¡Oh no!
Todavía el martes pasado hice un pan de plátano. Es fácil, dicen. Lo hice porque los plátanos maduraron demasiado, no porque hubiera yo planeado hacer tal cosa. Aquí el kilo de plátano anda por 20 pesos, y luego en el jardín su piel no se descompone, se seca, no podía ni tirar dinero ni usarlos de abono así que hice pan. Parecía una tortilla muy grande, plana y dorada. Supo bien pero no, no era lo que esperaba sacar del horno. Y eso que usé la mega-máquina que me regaló mi mamá para mezclar, no fue por falta de aire en la masa. El horno al calor que decía mi receta y el tiempo necesario para que el cuchillo saliera limpio. Y ya. No era pastel, no fue pan, no sirvió de tortilla porque no se doblaba. Pero se lograba masticar, algo es algo, no estuvo demasiado horrible.
Te diré, -confesaré-, que de niña hice un pastel cuya forma y sabor no recuerdo. Sé que llevaba coca y jabón de trastes en polvo, para que subiera bien. El horno en el que se coció no lo cuento en mis 5 hornos porque no lo usé yo, ni recuerdo quién fue. El pastel era para mi papá, mi mamá no estaba y a mi hermana y a mí se nos hizo un buen detalle para el hombre que cenaba solo… ¡Tal vez ese día hayamos despertado alguna maldición del pastel y se me haya cargado todo el efecto a mí! Porque, repito, soy la única de mi familia originaria que no logra cocer pasteles, hacer gelatinas o producir algún rico pan para el desayuno.
Hoy te quise contar mis fracasos postreros y el infortunio de los convidados al postre para que te rieras un poco,- o un mucho.
Necesario, ¿no?
Parece que cada día nos fijamos en lo perdido, en lo imposible, en el desengaño y amarguras.
Y sí, podría tirarme al piso por cosas que aquí han sucedido, pero mejor hice un pan. Que sabía de antemano no iba a ser ni bueno ni bonito. Intenté verle el lado amable, además del positivo, no tuve que tirar el molde, y de paso, te pude dar un segundo de risa. Claro que los que viven conmigo no estaban tan risueños, pero no puedo hacerlo todo.
Soy terca e intento ser más positiva que lo que logro ser en general.
Reír por babosadas, por nostalgias, por hornos y por harinas endurecidas tiene que ser lo mío.
PD: Otro día te platico de mis famosos calamares al chipotle y piña. Y no, no te daré la receta, que la enchilada fue tal que sólo comimos arroz ese día y que una de mis invitados se sigue retorciendo de risa, que no de dolor de panza.
* Gwenn-Aëlle Folange Téry es pintora y escritora.
Fotos de portada: Gwenn-Aëlle Folange Téry.
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