©Gaudencio Rodríguez Juárez
Psicólogo y psicoterapeuta
La Convención sobre los Derechos del Niño reconoce que el niño (la palabra también se refiere a las niñas) para el pleno y armonioso desarrollo de su personalidad debe crecer en el seno de la familia, en una ambiente de felicidad, amor y comprensión. Sin embargo, la realidad es que muchos están creciendo en un ambiente de violencia, rechazo, desamor e incomprensión.
Algunos casos logran ser denunciados y puestos a disposición de las respectivas autoridades, las cuales tienen la responsabilidad de tomar medidas de protección recurriendo a todos sus recursos, facultades, habilidades, conocimientos, procesos y procedimientos, leyes, códigos y convenios internacionales.
Decidir si ha de ser retirado de su hogar, encontrar al culpable, a los testigos, las pruebas, determinar si las lesiones fueron accidentales o provocadas, permitir la visita o no a los familiares al albergue donde se le resguarda, dar una sentencia, son decisiones complejas y trascendentes.
Al impacto emocional que genera ver a un niño maltratado se le suma el hecho de que todos los adultos crecimos en una cultura con amplia tolerancia a la violencia donde muy probablemente la padecimos como víctimas o como testigos.
Lo anterior provoca que las habilidades de pensamiento, razonamiento, análisis, síntesis, etcétera, de los encargados de proteger e impartir justicia se pongan a prueba.
Las decisiones que las autoridades deben tomar para proteger a los niños que han sido maltratados son de importancia crítica. Los niños por su falta de madurez física y mental son altamente vulnerables, por lo mismo toda violencia es grande y destructiva para ellos, por lo que errar una decisión se vuelve muy delicado.
Cerrar una investigación sin resolver la situación del niño, no encontrar pruebas o testigos que expliquen las lesiones y reintegrarlo a los agresores por esta razón, tipificar erróneamente el delito, minimizar el daño (producto de revisiones médicas y psicológicas al vapor), prolongarle su situación de espera o incertidumbre u olvidarlo sin futuro digno en una institución, resulta peligroso y violatorio de sus derechos.
Por otro lado, las leyes y procedimientos siguen siendo muy generales en lo que toca a la defensa de los niños en situación de maltrato, y otorgan un amplio margen de interpretación que se traduce en injusticia o impunidad.
La complejidad y delicadeza del tema requiere que el perfil de las y los encargados de auxiliar e impartir justicia para los niños sea muy específico. Deben ser adultos responsables, compasivos y reflexivos que hablen en favor de los niños, que estén dispuestos a darle prioridad a sus asuntos, con suficiente experiencia, capacitación, sensibilidad y dedicación, además de contar con un adiestramiento especial en el tema del desarrollo y del maltrato infantil. Sólo así podrán tomar decisiones al margen de los sentimientos, creencias personales o prejuicios profesionales.
Aunque las decisiones en la protección de los niños que han sido maltratados son complejas y de importancia crítica, suelen aclararse cuando se tiene presente que como adultos estamos obligados a procurar la búsqueda del interés superior del niño, cuando dejamos de verlos como propiedad de sus padres y reconocemos sus derechos independientes de los de estos, cuando nos convencemos de que no hay violencia pequeña, cuando se cuenta con formación, experiencia, empatía, conocimiento del proceso evolutivo infantil y de los vínculos humanos, cuando se deja de ver al niño como un adulto en chiquito, cuando se tiene presente la importancia de dar agilidad a los procesos jurídicos y administrativos para evitar los efectos negativos que en el desarrollo de los niños tiene la institucionalización prolongada, pero sobre todo cuando nos convencemos de que tener una vida llena de amor, felicidad y comprensión es un derecho que les pertenece, y hacerlo realidad, una obligación de los adultos.
Tal cosa solo ocurrirá si existe la convicción, de que los niños no serán sino que ya son, no son el futuro sino el presente, no son adultos en chiquito sino personas en proceso de formación, no son objetos de nuestra propiedad sino sujetos responsabilidad nuestra.
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