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No maquillemos la violencia, eliminémosla

Diálogo Estado / Gaudencio Rodríguez Juárez / Slider Inicio / Top News / 22/07/2021

SOMOSMASS99

 

©Gaudencio Rodríguez Juárez*

Jueves 22 de julio de 2021

 

Las prácticas de crianza contemporáneas aún gozan de abuso, arbitrariedad y violencia significativa.

Pegar, gritar, castigar, chantajear, cosificar, humillar, ignorar, rechazar, someter, invisibilizar, avergonzar, anular, ironizar, atemorizar, amagar, pellizcar, ofender, jalonear, sobreproteger, aislar, empujar, comparar, amedrentar, ridiculizar, abusar, vejar, imponer, abandonar…, son verbos asociados a la violencia que padecen muchas niñas y niños en el día a día, verbos que generalmente tienen como protagonistas a sus respectivos educadores.

Sin embargo, estos no suelen llamarle violencia, sino educación, formación humana, medidas pedagógicas, recursos disciplinarios, correctivos, “por tu propio bien”, métodos de modificación de conducta, recursos didácticos e infinidad de eufemismos, conceptos que maquillan la realidad de los actos.

En “Cero golpes. 100 Ideas para la erradicación del maltrato infantil”, libro de mi autoría, producto de un vistazo a la historia del castigo corporal, consigno que tres siglos atrás, el látigo era la insignia del profesor, y los azotes eran una práctica generalizada, legitimada social y hasta jurídicamente; y aun sus opositores no lo condenaban en todos los casos; por ejemplo, el filósofo inglés John Locke a pesar de considerarlo el menos eficaz de los métodos, no lo descartaba en los casos de “obstinación o rebelión” y en casos extremos: “después que se hayan ensayado y se haya comprobado la inutilidad de procedimientos más dulces”.

Sus traductores advierten que el hecho de que Locke haya dejado abierta esta posibilidad no debe de extrañarnos si tomamos en cuenta lo universalmente extendidos que estaban entonces los castigos corporales.

¿Nuestro escenario es diferente al de Locke? Definitivamente sí. Actualmente existen leyes que prohíben las violencias graves y visibles, así como las de menor intensidad, como el castigo corporal y humillante; y los derechos humanos como lenguaje universal se convierte en el marco de relación con niñas y niñas.

No obstante, la violencia no se ha erradicado. El cambio ha sido más cuantitativo que cualitativo. Es decir, la estadística es menor y las violencias son de menor intensidad que siglos atrás, pero se les sigue pegando, ahora amparados en discursos más sofisticados y perversos que antes, por ejemplo, recurriendo a eufemismos como los arriba mencionados, o violentándolos apelando al “con mis hijos no te metas”, o lastimándolos entre las cuatro paredes de la casa o de la escuela, donde nadie vea.

En la Edad Media se les llamaba azotes a los azotes y se recurría a ellos en la vía pública con el acuerdo y validación social.

Hoy prácticamente está prohibido azotar a los adultos, pero no a las niñas y a los niños, por lo menos no al 100 por ciento (hasta hoy sólo alrededor de 60 países de África, Europa, Latinoamérica, Asia oriental, el Pacífico y Oriente Medio prohíben el castigo corporal).

Mucha gente está en desacuerdo en pegarles, aún así, entre el 80 y 98 por ciento de niñas, niños y adolescentes lo siguen padeciendo en el mundo. Y tristemente, muchísima gente sigue considerando necesario lastimarlos para educarlos. 

A partir de la segunda mitad del siglo XX las ciencias humanas permitieron conocer el desarrollo infantil de manera amplia y en los últimos 30 años permitieron comprender aún más el desarrollo del cerebro del niño/niña y su relación con la calidad del cuidado recibido.

Es así que hoy, la creencia de que el golpe educa, de que la letra con sangre entra, de que el dolor forma el carácter –creencias que gozan de vigencia entre la población que hoy cría a las nuevas generaciones–, no tienen sustento científico.

John Locke y los pensadores de su tiempo no pudieron oponerse radicalmente a todos los métodos autoritarios de su tiempo —aun cuando el costo fuera contradecir el espíritu de su propia pedagogía— porque eran otras sus circunstancias y su tiempo. 

Pero trescientos años después nosotros contamos con infinidad de elementos para posicionarnos en la cero tolerancia ante el castigo corporal y demás prácticas de crianza violatorias de derechos. El llamado ahora es a: nunca pegar, de ninguna manera, bajo ninguna circunstancia.

La necesidad de los adultos de expresar su agresividad debe encontrar otros cauces, otros recipientes que no sean los cuerpos de las niños y niños. Y somos nosotros, individuos contemporáneos quienes tenemos la oportunidad y responsabilidad de construirlos. 

¡Cero golpes!


* Psicólogo / [email protected]

Foto de portada: CLACSO.






Luis López




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