Sufian salió durante el «Magreb» (el rezo de la tarde) y recorrió los 40 kilómetros que separan Tetuán de Ceuta caminando. «Recuerdo que llegué sobre las siete de la mañana y que había mucha gente en la playa. Vi a hombres y mujeres con niños en brazos en el agua intentando pasar el espigón y a muchos jóvenes agarrados a la alambrada en la piedra. Yo me tiré al agua y nadé hacia el otro lado. No sé cuánto tiempo tardé en llegar, pero no fue mucho. Al alcanzar la orilla española me esperaban dos soldados. Me pedían que saliera del agua y que me acercara. Cuando los tuve cerca, los esquive y corrí y corrí por la playa hasta que dejaron de perseguirme. Había llegado a España. Estaba muy contento.»

Sufian encontró a una persona conocida que le dio ropa seca y algo de comer. Después volvió a la calle y unos policías lo pararon para conducirlo a las naves de El Tarajal, donde reagrupaban a muchas de las personas que habían logrado cruzar a Ceuta, con la aquiescencia de las autoridades marroquíes que así buscaban presionar a España. «Ahí me quedé durante dos días hasta que fui llevado a Piniers», avanza el joven en su narración.

Piniers es un terreno que un particular cedió y se instaló el centro de acogida provisional que la ciudad dispuso durante el estado de alarma para alojar a parte de los menores que estaban en el Centro de la Esperanza, para evitar la transmisión del virus entre los residentes. Eran unos módulos prefabricados que se equiparon con material del ejército. En ese campamento he estado hasta hace 4 días. «Cuando nos enteramos de que estaban llevando niños a la frontera para llevarlos de vuelta a Marruecos, tres amigos y yo nos escapamos. Llegamos al puerto, donde me encontré a amigos de Tetuán que vinieron en mayo y nunca han pasado en ningún centro. Están en la calle desde entonces, intentando que no los cogiera la policía para llevarlos donde estaba yo».

Cuenta que la vida en Piniers no era mala. Tenían asegurada cama y comida y el trato era afectuoso. Pasaban el día con los monitores que les mantenían entretenidos con actividades. Jugaba al fútbol y al parchís y también practicaba algo de español con los educadores del SAMU. «Todo cambió hace más o menos un mes y medio. El trato de los educadores empezó a ser más duro. No hacíamos apenas las actividades igual que antes y nos obligaban a dormir muy pronto. La comida empezó a ser mala, nos daban por la mañana un trozo de pan con aceite y la comida después era muy mala. En la calle estoy mucho mejor con mis amigos. Dormimos en unas chabolas que han construido en las cercanías del CETI (Centro Temporal de Inmigrantes). Podemos pedir en la calle y compramos nosotros mismos la comida».

Sufian confiesa que al principio sintió miedo, pero encontró alivio en la calle junto a niños como él. No quiere volver al centro de acogida. Ya ha asumido que la única forma para llegar a la península es colarse en los bajos de un camión que embarque en un ferry o en los techos, como un amigo, que se escondió en la lona del techo de un remolque y está ya en Almería. «En menos de un mes está en un centro de menores extranjeros en Bilbao». Nuestro joven protagonista confía en correr la misma suerte, «In shaalah».

«Echo de menos a mi madre. Ella estaba muy triste la última vez que hablé con ella cuando la pascua del sacrificio. No me gusta que ella sufra. Me pidió que volviera, pero le dije que volvería cuando fuera un hombre y que la traería conmigo a Europa. Ella me dijo que si era mi destino que así sería». Los ojos del chaval brillan cuando se van a su madre. A su padre: «No lo echo de menos». Se despide con un «hasta la vista» que no hizo falta traducir.