SOMOSMASS99
ÚLTIMO PISO
Gwenn-Aëlle Folange Téry*
Lunes 20 de septiembre de 2021
Rehusarse a amar por miedo a sufrir es como rehusarse a vivir por miedo a morir.
– Alexandre Cormont.
La semana pasada cumplí años de casada.
Cumplimos pues, el mareado y yo, así ambos dos, bien juntos.
Y me asaltaron un montón de pensamientos, preguntas, ocurrencias.
Lo primeritito que pensé fueron números. Sí, porque ya son un montón de años, pero podría yo vanagloriarme[1] de más si contara los años de novios, o por lo menos los de vida en común sin papelitos que hablan ni religiones que nos indican qué prometernos.
Y sí es importante, te habrás fijado en la despiadada[2] competencia que hay en Face: pones que llevas casado o “en una relación” mil años y luego luego sale alguien para decir que lleva mil y un años con su pareja, onda Scheherezade con el sultán. Y luego te dicen que lo que cuenta es la fecha de la firma, no la de la primera noche en tu cuarto tuyo de ustedes. Que la verdad, aparte de nuestra propensión a valorar los números, no importa ¿o sí? ¿Es más feliz una pareja que lleva 40 años de sinsabores y humillaciones mutuas que la que lleva un año bien reído y bien cogido? ¿Son más felices los que “lo aguantan todo” o los que toman la sabia decisión de separarse? ¿Son más felices los que a la primera dificultad soltaron el sartén o los que siguen trabajando diario para no quemar el arroz?
Lo segunditito fue que de todas maneras al mareado siempre se le olvidan esas fechas y que luego protesta diciendo que no sabe si debemos (de obligación) de festejar la del matrimonio, la de la primera noche en casa, la de la primera noche juntos, la del primer beso. Piensa que con eso se desafana del asunto, limpio y bonito.
Hace años me dolía profundamente que no se acordara. Luego empecé a regalarme un alguito yo sola, y luego me empezó a no importar y ahora a la que se le olvida es a mí. Digo, algo bueno tienen estas relaciones tan estiradas en el tiempo.
Y ya. Luego no pensé, me sorprendí, porque sí se acordó, días antes, y hubo proyecto de festejo organizado por él, y así, padre, la verdad sí, aunque hubiera yo decidido un día que ya no me importaba el asunto.
Y[3] hoy he decidido decirle que lo amo, con matices en la calidad de mi amor, a veces. No sé si listo el asunto por orden de importancia pero va.
Te-quiero-mejor por suspirar en lugar de gritar, mareado mío.
Te-quiero-mejor por sostenerme económicamente desde que yo no lo puedo hacer.
Te-quiero-mejor por hacerme el amor, tan seguido a mi modo, olvidándote un poco de ti. Que luego te lo repongo ya sabes, pero gracias.
Te-quiero-peor por cuando te quisiste ir de casa y mucho más peor por cuando fui yo la que te dije que ya chole.
Te-quiero-peor por el humo del cigarro, que ya decidí también que te conocí fumando como chacuaco y que entonces no tengo cara para pedirte que lo dejes de hacer, sólo nariz y pulmones ahogados.
Te-quiero-mejor por enseñarme a hacer arroz y Te-quiero-peor por haberte olvidado tú de cómo se hace.
Te-quiero-peor cuando te rehúsas a entender que yo no veo mapas en mi cabeza cuándo me explicas cómo llegar a la luna o al peri.
Te-quiero-mejor por despertar por las noches cuando suena el teléfono y reaccionar de inmediato.
Te-quiero-mejor por aquella petición que me hiciste hace años, la de “No nos quedemos enojados durante días, démosle la vuelta a la larga hoja de recriminaciones”. Ahí me-quiero-mejor también a mí porque sí lo he logrado, y sí, vivimos mejor así.
Te-quiero-peor cuando comentas los ruidos que hago cuando voy al baño.
Te-quiero-mejor por ser de largo aguante, me cae, sé que soy un ogro y que te regaño constantemente. Hemos aprendido a reír de eso, pero sé que me río más yo que tú.
Te-quiero-mejor por los aretes color turquesa del restaurant chino de Mariano Escobedo, ése que ya no existe.
Te-quiero-peor por el sartén que me regalaste en nuestro primer aniversario.
Te-quiero-mejor por llevarme siempre a casa.
Te-quiero-peor cuando roncas.
Te-quiero-peor por todo lo que no pregunto porque la respuesta me da miedo.
Te-quiero-mejor por no comentar jamás que estoy gorda, ni siquiera las veces que pasé de los 100 kilos. Solo dijiste un día, presionado por mí, que te gustaría que no te aplastara tanto. Gracias, gracias.
Te-quiero-mejor por no comentar lo pedorra que soy de noche, cuando estamos en la misma cama, compartiendo el mismo aire. Ayuda que la puerta esté siempre abierta, pero gracias, imagina si tuviera que contener mis emanaciones gaseosas, moriría reventada… y el olor se expandiría todo de un jalón, ¡auxilio!
Sí.
Algo que amo de ti siempre es tu tenacidad al trabajar, tu empuje y empeño para arreglar llantas o montar de manera harmoniosa los pedazos de maderas recogidos por mí en la playa.
No soporto que no me escuches tantas veces. Eso no lo amo.
Amo el brillo de tus ojos cuando haces una broma y piensas que nadie se ha dado cuenta.
No amo tu cara al enterarte de gastos imprevistos, ésa me pudre por dentro.
Amo que seas tú, con todo y tus propias emanaciones gaseosas.
Vamos por el año uno de los mil que nos faltan.
Y ya pues, que los otros asuntos son íntimos y no se comentan en público.
Nomás sí te encargo que recuerdes que te amo cuando ya no lo recuerde yo, ¿va?
Notas:
[1] Nuestro che trabajo nos ha costado y sigue costándonos, sí es motivo para vanagloriarse
[2] Exagero, ya lo sé. Pero o es una histriónica o no lo es.
[3] Cuántas “y” llevo en tan poquito escrito, caray…
* Gwenn-Aëlle Folange Téry es pintora y escritora.
Foto de portada: Anaïck Lentz.
Comparte en Facebook
Twittéalo








