SOMOSMASS99
Guadalupe Sosa Virrueta
Miércoles 3 de noviembre de 2021
La madre fue mucha madre
Durante las terribles heladas de Paracho, los vendavales, las sequías anuales, las tormentas torrenciales, las enfermedades.
Nutrió, parió, crió y educó a sus hijos : madre-mano, madre-beso, madre-caricia.
Ninguna enfermedad la detuvo, la distrajo o la desvió de ser
la madre perfecta (ni hombro operado, ni quemaduras, ni várices, ni codo fracturado…).
Llenó sus espacios cóncavos con el reto convexo de cultivar hijos.
Maestra perfecta de la generosidad, siempre enseñando con el ejemplo.
La madre de más de nueve
(me gusta llamarla) era pronta para llevar a la hija enferma al doctor, en la ciudad, tempranito, en
autobús público y luego en camión local, con las otras cuatro hijitas, agarradas de las manos
(enseñadas a obedecerla y a esperar pacientemente) hasta
llegar a la clínica del ISSSTE y a “ sacar ficha” y esperar varias horas el turno; estar calladitas y
quietas al entrar a consulta y mientras la madre explicaba al doctor, detalladamente, con
claridad y exactitud, los síntomas de la niña enferma.
Madre-vigía, madre-faro,
Madre- santuario.
Madre cuyo día tenía siempre más de veinticuatro horas, para ser el río vital de sus diez hijos.
Para ser maestra de dedos verdes, que me enseñó la belleza de hacer florecer la tierra: su
lienzo en aquel jardín suyo de mastuerzos que contenían el sol y panalillo blanco como la
esperanza.
Madre de ojos tiernos y observadores, que captaban todas las maravillas de su mundo, para
tejerlas después en historias que nos cautivaban.
Madre que fuiste mi religión
-sin iglesia, madre, sin iglesia-
porque tus hijos fueron tu apostolado sin necesidad de epístolas : únicamente tu vida,
Esa vida impecable, sencilla y luminosa, que seguíamos fervorosos tus nueve girasoles.
Madre, el velo se hace tenue entre tu plano y el mío, a nueve años de tu partida.
Foto de portada: Álex Pasarelu (@bellefoto) / Unsplash.
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