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De nidos colgantes

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SOMOSMASS99

 

ÚLTIMO PISO

Gwenn-Aëlle Folange Téry*

Lunes 13 de diciembre de 2021

 

Es sabido que cuando vamos a tierras lejanas,

la mirada se vuelve distinta: lo bello nos maravilla, 

lo feo se matiza y hasta se romantiza…

– Vonne Lara, Los peores vecinos del mundo

 

Y sigo en otro lado que aquí.

Parece costumbre eso que hago de escapar de lo cotidiano, pero te prometo que sucede sin que yo lo decida. Y sé, cumpliéndome promesa a mí pues, que mi cotidiano me gusta.

El hecho es que a cada vez que salgo de casa, que salgo de lo rutinario, regreso transfigurada. A veces se me nota, otras sólo lo sé yo. Puede ser nada más para una caminata, una ida a las tortillas, o para una comida con amigos, un viaje a la luna, nunca si voy a cambiar y hasta qué punto.

Acabamos de regresar el mareado y yo de un viaje a Yelapa, Jalisco. Fuimos  a festejar su cumpleaños, por primera vez en nuestra vida hicimos algo de ese estilo y la verdad, me parece que repetiremos la experiencia, le dio una tesitura especial a una fecha que luego ha pasado desapercibida.

Yo iba con la firme intención de vivir a fondo, de probar de todo,-qué bueno que no hubo ostiones-, y de disfrutar de cada arista de cada reflejo de luz.

Empecé por llevarme un bikini en lugar de mi traje negro entero que la verdad ya no puede ni conmigo ni con el agua, cuelga desastrosamente en cada revolcada de ola. No me llevé pareo para esconderme, no llevé playera larga, sólo un short, lo cual también es hazaña para mí, y una playerita que me gustó por el color, no por la forma escondente. Y no nada más me  llevé los dos pedacitos de lycra, sino que me los puse y caminé por la playa y pedí fotos y comí sin ponerme la toalla encima. Eso sí, me embadurné de bloqueador, más que de costumbre, por aquello de que la piel de mi panza no había visto el sol en unos 35 años. 

Foto: Hendrik Lentz.

No te estoy hablando de una hazaña de señora de múltiples décadas de vida, casi 6 de hecho, que piensa,-la señora, no la hazaña-, en su cuerpo de chavita y no quiere mostrar las arrugas de su espalda, sino de la hazaña de una mujer cuyo cuerpo ha pasado por complejas experiencias, entre el sobrepeso recurrente y las enfermedades de facetas distintas pero constantes. 

Te hablo de sentirme, igual que siempre, completamente disociada de mi cuerpo, pero desde hace ya unos años, en completa aceptación del mismo. Y eso lo sentí en cada paso que di, en cada caricia de mi mano sobre mis caderas, en mi mirada al contemplar las famosas fotos y al decidir en mi mente usar esos muslos caídos en una escultura, y en ampliar tal vez la forma de mis brazos caídos en la misma escultura. 

Esto jamás lo había vivido de manera tan plena. Fue un movimiento natural entre mi cuerpo y yo. Algo tal vez como nacer juntos, por fin. Mis pasos no fueron sobre nubes, fueron dados sobre tierra firme, sentí raíces y alas, me sentí viva.

 

¿Habrá tenido que ver el lugar? ¿Las circunstancias?

Conocí a Yelapa como turista, es decir que en realidad no la[1] conozco. Llegué a ella después de una hora en lancha, después de viento en la cara, de voltear a ver al mareado que parecía feliz, de respirar sal y agua. Los primeros pasos fueron un poco desalentadores, agua estancada y zopilotes, sudor, profuso, callecitas empinadas, empedradas y polvosas. Sólo fue el primer momento.

Nos acogió, ya bien caminados y sudados, repito, un amigo, Jeff, íbamos a su hotel, un lugar ecológico. Enseguida, así, como se ve en la ciudad un pesero cualquiera, vimos a un becerro recién nacido, llevaba una hora, y supimos que para parir, traen a las vacas-cebúes “abajo porque arriba los pumas y los jaguares se comen a las crías”. Supe que estábamos en el lugar correcto, el polvo seguía, sí, y el sudor, y el cansancio, pero había Vida, aquí, acababa de abrazar a un hombre alto, de blanca melena, ojo azul como tantos en nuestra tierra,-compartimos una de nuestras tierras él y yo, por padres interpuestos-, y de abrazar a través de él a una niña que durante años lo vio pasar por la calle, alta y libre silueta dorada, la misma niña que no se atrevía a usar traje de baño, mucho menos bikini.

El hotel es entonces ecológico, pero en serio, no es nada más una onda de separar basurita, se usa el agua de pozo, las plantas crecen con mesura pero en libertad, hay perros y cielo, mucho cielo. En nuestra palapa, parte del baño es a cielo abierto, te bañas con techo de árboles y de estrellas si es de noche, y hacer el amor allí es comulgar con la naturaleza,  hay arañas y chachalacas alocadas aplaudiendo cada movimiento, todo es explosión. Dentro del terreno, hay varios caminos, diminutas veredas, que llevan, como dice Jeff, a todos lados. Me sentí en un laberinto, y sí, dos veces tuve miedo porque me perdí. El mareado me socorrió, estaba a un paso de esos famosos todos lados, pero yo no lo sabía.

Caminamos mucho durante esos días, a Yelapa se llega sólo por barco, no hay coches, aunque  se han puesto de moda las cuadrimotos. Yelapa está construido a ladera de montes y montañas, eso significa que cada camino es una sucesión de subidas y bajadas muy empinadas, aunque Jeff afirme que todo es plano alrededor. Hay multitud de caminos, parten unos de los otros, son de hecho veredas, estrechos, algunos con sombra y empedrados. Hay dos cascadas, una casi dentro de Yelapa, otra un poco más arriba, un río, el Tuito, y entre las vueltas de la vida, de las veredas y del río, te la pasas atravesándolo, ya sea en puentes, o quitándote las chanclas. Me sentí en un laberinto.

Pasas frente a las casas y saludas. Cruzas personas y saludas. Vamos, te miras al espejo y saludas. Terminamos, en dos días, conociendo a las de la tiendita, a los del bar que está a media vereda, literal, a los señores que se juntan a platicar y a tomar cerca del muelle, nos invitó la señora Alicia a conocer su casa, sólo porque habíamos saludado, y a admirar la vista, acariciamos a innumerables perros, todos de casa, la manada de la playa no la llegamos a conocer, acaricié[2] al caballo de no recuerdo qué señor que había soltado no sé qué niña, y me sentí en casa. El mareado se echó media cascarita con unos niños y platicamos con su papá. Admiramos murales, supimos que allá les dan chance a los fuereños venir a expresar su arte, no me embarré de ninguna tonadita, parecía que cada familia tuviera la suya.  Compramos cerveza y la pusimos a enfriar primero en la arena de la regadera y luego en el refri de la cocina comunal, en la que se comparten estufa, refri y cafetera.

Sentimos, mis vibras tentaculares estaban a todo lo que dan recogiendo ondas ajenas, la sutil diferencia que se hace entre “los de aquí”, (los flojos y los que sí chambean), “los americanos”, (no importa de dónde vengan, llevan años viviendo allí, son comunidad aparte aunque entrelazada con los de aquí) y “los gringos”, (cualquier turista que no se quede más de un mes).  Se oye  aunque no se diga en voz alta que los de aquí son flojos, que los americanos están locos y que los gringos, pues sí, son pinches gringos. Son relaciones de laberinto, entre las cuales el pueblo chico de repente se vuelve infierno desmedido.

Supimos de deslaves, inundaciones e invasiones de lodo. Vimos fotos por el pueblo, sobre los postes, felicitando a los Héroes de Yelapa, gente que bajó con sus palas y se puso a trabajar para sacar el lodo, hace poco. Nos contaron de la americana (americana loca) que paga por que haya cestos para separar y reciclar la basura, que paga para su recolección y que paga para que la lleven “al continente”. Vimos las rocas descomunales, granito todo de la más grande hasta el más pequeño grano de arena de la playa y del fondo del río, que casi se llevan el hotel de Jeff y que sí se llevaron varias casas. Nos contaron que el hecho de que haya un excelente internet por todos lados es por obra de otro americano (americano loco) y que la enorme antena de alerta para tsunami no tiene razón de ser, la costa no es plana, sólo fue idea inútil[3] de algún político (Sin adjetivo) de por allá. Leímos el anuncio que avisa que el centro de salud está cerrado por daños al techo y que sólo se atienden emergencias, algunas de las cuales se transforman en viajes terribles a bordo de la lancha para llegar a Puerto Vallarta y, que a veces, no terminan bien. Escuchamos de la noche de baile, un viernes al mes, y de cómo se escucha la misma música desde hace años, la de los americanos viejitos (y locos) y de cómo a algunos les gustaría oír otra cosa. Aunque bien que se ponen a bailar, dicen…

Vimos que Jeff conoce a todos, y que todos los que lo saludaron lo quieren, ha pasado su vida allá, con sólo una breve incursión al DF, -así se llamaba entonces-, al mundo de la danza,- por eso lo de la alta y libre silueta dorada-, y otra incursión un poco más larga a pocos kilómetros de mi pueblo, allá en mi tierra,-eso no lo sabía, pero ya lo sé, no se me ha olvidado. Conforme pasaron los días, creo que Jeff hizo memoria, y de alguna manera, reencontró mi imagen en sus recuerdos también, la niña de la ventana.  El hallar a ese chavo, – lo sigue siendo para mí, una suerte de Tarzán que saluda y acaricia arañas, que anda descalzo pero que usa celular-, ahí y así, me hizo tomar conciencia, otra vez de las veredas de la vida que son, claro, todo un laberinto, y que claro, llevan a todos lados.

 

¿Cómo decirte todo sin ahogarte? 

Podría mencionarte el olor decididamente sensual de las limas indonesias, el sabor ácido de la fruta de la pasión. Decirte del vuelo colorido de los caciques y de sus nidos colgantes. De la mujer joven que vimos pasar en un kayak con una nena, casi un bebé, atrás, con su salvavidas. De la ballena que alcanzamos a ver.

Prefiero, igual que siempre, hablarte de mí, ves que el histrionismo no se me da.

Jamás había vivido lo que viví esos días:

El mareado y yo tan cercanos 

La jungla encima de nosotros con la abertura al mar 

El cuate del hotel salido de mi infancia 

La naturaleza a flor de piel 

La intensa comunión entre mi cuerpo y yo, aceptándonos mutuamente, reconociéndonos por fin

Sigo allá


Notas:

[1] Es mujer, aunque no sea realmente una isla.

[2] Sin miedo, ¿habrá sido el efecto bikini?

[3] Ojalá.


* Gwenn-Aëlle Folange Téry es pintora y escritora.

[email protected]

@GwennFolange

Fotos de portada e interiores: Gwenn-Aëlle Folange Téry.






Luis López




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1 Comentario

el 14/12/2021

Me encantó sentirte feliz, hermosas la relación con tu cuerpo y tu foto en bikini, hermoso el encuentro con la niña que hay en ti y con el mareado. Imaginé el lugar y se me antoja ¡Buen regalo de cumpleaños!



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