SOMOSMASS99
Jatzibe Castro*
Jueves 16 de diciembre de 2021
Y se encontraba triste, no sabía a dónde ir ni si estaba con ella o solamente era la sombra de sí misma. Aquella tarde se había perdido en el laberinto de sus recuerdos, tratando de encontrar lo que sería su espíritu navideño, que no sabía si existía.
Acaso recordaba algunas escenas de su infancia, cuando estando en casa de sus padres, que no sentía suya, ella ponía la mesa y él traía en las manos una suerte de comida que por las envolturas se apreciaba sencilla. Una mesa con cuatro lugares de los que ocuparían tres, hacía unos meses, el que ocupara el cuarto, se había esfumado en una noche de mucho ruido, en la que simplemente no llegó, solo llegaron zumbidos de ambulancias en medio de truenos y sonidos de una fuerte tormenta con luces de relámpagos y truenos que hacían retumbar la casa. Al día siguiente se enteraron de que, con la subida del río, había habido derrumbes y tragedia y uno de los desaparecidos era su hermano. Nunca regresó.
Volviendo a sus recuerdos, la mesa ya con platos y cubiertos, unas velas usadas al centro, las caras tristes de sus padres y la comida, aun empaquetada, puesta ahí desangeladamente, las sillas esperando por los tres, empezó la discusión de siempre, que no permitía que hubiera al menos cierto gusto nostálgico por lo que en palabras se decía: nochebuena.
Pasó de largo ese recuerdo y llegó uno más, cuando aun eran cuatro, su hermano y ella, bajo la mesa, hablando traviesos de los regalos que nunca recibirían, más allá de sus deseos, más allá de lo que vendría cuando su padre llegara, nuevamente borracho y envalentonado, a hablar con voz tan alta que se escuchaba hasta la esquina que quedaba a varias casas de la suya, a gritarle a su madre, reclamando por todo, sin pensar en lo que ella podía controlar pese a sus esfuerzos porque la vida en aquella casa humilde fuese acogedora. Debajo de la mesa aquellos niños tenían su refugio, hasta que el padre reparaba en ello y los sacaba de ahí con fuertes golpes sobre lo que era su techo, con los que tiraba lo que había sobre la mesa como preparativos de cena en aquella fecha que otros llamaban nochebuena.
Mejor pasar de largo también este recuerdo, y rebuscó en el fondo de su memoria y vino aquel otro, fuera de casa, con su amiga brincando y corriendo en lo que podría llamarse calle, con tierra y charcos llenos de agua estancada, que no les importaban, ellas solo jugaban creando imágenes fantásticas de un prado grande en donde había un árbol que afortunadamente si existía y les daba alegrías porque tenía manzanas, que aun llenas de polvo en realidad, ante ellas parecían esferas rojas, brillantes. E imaginaban que era su pino de navidad al que llevaban cajitas y cajotas encontradas por aquí y por allá, vacías en realidad y en su imaginario regalos, hermosos regalos que depositaban al pie del manzano con esferas y luces, porque al mirar al cielo entre sus ramas, estaban las estrellas que brillaban contentas de ver a aquellas niñas con la ilusión a flor de piel y en sus miradas. Con esta remembranza empezaba a encontrarse cuando escuchó la voz, aquella que tanto miedo le daba, y se envolvió en sí misma, nuevamente escondiéndose y perdiéndose en su sombra.

No quiso buscar más, prefirió refugiarse en el limbo de esa fecha que llaman nochebuena, y se perdió de nuevo cuando vio aquella luz que apareció allá lejos y la jaló bien fuerte y la dejó pasar entre sus brazos y la abrazó bien fuerte, para que no sintiera más abandono y angustia y se encontrara nueva en la magia de su imaginación, que la llevó por fin a ese día lleno de luz y paz, que todos dicen que es el día en que aquel niño nació e iluminó los corazones de quienes creen en él.
* Jatzibe Castro es pintora y escritora.
Instagram: Jatzibe_Castro
Imagen de interiores: Markus Distelrath / Pixabay.
Imagen de portada: Bernhard Falkinger / Pixabay.
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