Que se oigan
Agustín Galo Samario
La muerte de tres jóvenes y la desaparición forzada de 43 estudiantes de la normal rural Raúl Isidro Burgos de Ayotzinapa, Guerrero, son la caracterización plena de la falta de derechos en nuestro país. Muchachos sin derecho a la educación, sin derecho a la libertad de expresión, sin derecho a protestar. Es la imagen en nuestras cabezas de la guerra fría que se tornó caliente, de aquellos que convirtieron a un sector de los ciudadanos en enemigos y que, sin duda, creyeron que tenían el deber de señalar a quienes no tenían el derecho a existir. Y actuaron en consecuencia.
La indignación, no obstante, es empeñosa. La cordura, también. Basta ver y escuchar a las y los jóvenes guanajuatenses que, al igual que en todo México, salieron el miércoles a las calles a exigir justicia para los normalistas guerrerenses. Las consignas fueron fuertes, pero acordes a la situación de emergencia, de zozobra, que se vive en aquel estado y que nos alcanza a todos. Para que regresen los ausentes, para que le demos una oportunidad a la paz, para que nos demos una oportunidad de vivir con tranquilidad. Gritos contra el miedo, para no dejarse vencer por la violencia. Porque nadie puede vivir sin esperanzas.
En tono semejante, el secretario general de la Universidad de Guanajuato, Manuel Vidaurri Aréchiga, expresó este miércoles el “profundo pesar” de la comunidad universitaria por “la desaparición de los estudiantes normalistas en Iguala, Guerrero, y señalamos que la violencia y la barbarie que se viven en algunas zonas del país lastiman a toda la nación”. Palabras pronunciadas durante la asamblea general de la COEPES, que reúne a 50 instituciones de educación superior del estado, en las que nos llamó la atención porque “nos hace falta una solidaridad concreta y vívida de persona a persona y entre grupos y organismos, porque en todos nosotros hay un potencial solidario”.
Resulta notable que los llamados para “alzar la voz y hacer prevalecer la razón y el sentido de humanidad”, surjan de la propia UG. Porque, efectivamente, es momento de reflexionar y de que desde las instituciones educativas empiecen a abrirse paso las alternativas para superar la difícil situación por la que atraviesa el país. Sus voces son imprescindibles.
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