SOMOSMASS99
José Antonio Bueno Saucillo*
Miércoles 13 de abril de 2022
«Rubia, con una cabellera rubia y sedosa atada sobre su faz simétrica,
esbelta y ondulante, con la estatura arbitraria pero armoniosa de la
Venus naciente de Botticelli. Los senos erectos bajo la blusa y los
hombros ebúrneos… pero sus ojos verdes me inflamaron y no pude
quitar los míos de su figura… radiaciones de inteligencia,
fulgores de otros mundos. ¡Pobre de mi!».
– De Atl, referente a Nahui [1]
«Para mí, para ti, ya no habrá ayer ni mañana, para nosotros dos sólo
hay un solo día, la eternidad del amor y un solo cambio: más amor,
amor que se transforme en más amor, donde no hay ayer ni mañana
sólo un espacio infinito, un día donde la noche no existirá sino para
amarnos, una noche que será más luminosa que el día mismo, cuando
nuestras carnes se junten, es nuestro destino».
De Nahui Olin para Atl [2]
Para mí, afortunado encuentro tardío, pero justo.
Como ha sucedido siempre, de opiniones escritas u orales, no siempre el total de los que se enteran coinciden con nosotros; para las circunstancias sociales actuales, es lo de menos.
Tengo la pretensión de expresar lo que me nace sobre Carmen Mondragón, Nahui Olin, sin esperar, por ningún motivo, coincidir con alguien, sin embargo si así es…
Después de la Revolución Mexicana, se conformó en nuestro país un núcleo cultural ya sin algunos tabúes que existían antes del proceso revolucionario, referido no solamente al movimiento armado; se operó un rompimiento de las relaciones sociales de la aristocracia ramplonamente afrancesada del porfiriato y la peonada casi esclava del campo mexicano, y una clase obrera que ya venía ganando terreno en torno al cambio de las ideas sobre la clase trabajadora en cuanto al anarquismo y socialismo (1917, Rusia); no abandonemos la cronología de 1910 a 1921. Mientras se operaba la lucha armada en México, sucedían cosas también muy interesantes en otras partes del mundo, un amplio núcleo de la intelectualidad mexicana se mantenía activa en París.
Vamos del 1920 al 1930, partamos pues aquí…
El llamado México post revolucionario.
Muchos latinoamericanos regresaron a sus respectivas Patrias con un concepto muy fortalecido del Latinoamericanismo ensamblado en Europa; no fueron pocos los que vivían allá, sumando millones, bien aprovecharon el tiempo para organizarse y fundar instancias de presencia latina, entre ellos muchos mexicanos, en la llamada «capital de Latinoamérica en Europa».
De esa camada, ya en México, formaba parte Carmen Mondragón Valseca, hija del general Manuel Mondragón, huertista instrumentador de «la decena trágica» (episodio miserable en el que fueron asesinados cobardemente el presidente Francisco I. Madero y el vicepresidente José María Pino Suárez); condición que estigmatizó a Carmen toda su vida.
Musa, intelectual, loca, ninfómana, visceral, ligera, revolucionaria, activista, feminista, inadaptada, escandalosa, inmoral, «emancipada», puta, casquivana, uf… Las lenguas procaces de ese tiempo pudoroso se dieron gusto poniendo etiquetas a la pintora, caricaturista, literata y activista social.
Lo que está en el registro social de México es que personajes especiales existieron en ese tiempo que marcaron sendas importantes; sus huellas están activas, la pintura de Diego y Frida por ejemplo… las maravillas de Tina Modotti, María Izquierdo, las letras de Octavio Paz, los muros maravillosamente innovadores del genial Siqueiros, y los potentes mensajes pictóricos de Orozco.
El entorno cultural de México en ese período da para mucho, personajes y obras cubrirían enormes galerías y bibliotecas si lo pretendiéramos… La época de José Vasconcelos, José Gorostiza, Salvador Novo, Gilberto Owen, Jaime Torres Bodet, Javier Villaurrutia, Jorge Cuesta… todos ellos llamados «los contemporáneos».
Carmen Mondragón tuvo una educación refinada, lejos de las balas mexicanas, interpuesto ex profeso el Océano Atlántico.
La familia Mondragón vivió primero en París y después se estableció en San Sebastián, España.
Cumplidos sus veinte años fue casada con el cadete Manuel Rodríguez Lozano, de inclinaciones homosexuales, a la postre notable pintor, al que abandonó después de diez años de relación tormentosa, cuando conoció al pintor Gerardo Murillo.
Abrevó de relaciones notables con luminarias del mundo artístico e intelectual de la época; desde luego que no podía dejar de ser alguien especial habiendo convivido con Picasso, Braque y Matisse, entre otros…
Siendo parte de una familia con ciertos poderes, se podría suponer que resultaría una mujer con cierta sumisión conservadora. Pero no, a la postre y para el registro histórico sería una de las estrellas encendidas que han cruzado el éter y se han quedado fijas en el memorial histórico mexicano.
Una de las pioneras del feminismo mexicano, al lado de Antonieta Rivas Mercado, Guadalupe Marín, Tina Modotti, Hermila Galindo, combatió por el derecho al voto femenino, la educación y el ejercicio pleno de la sexualidad.
Fue autora de los libros: Óptica cerebral, Poemas dinámicos, Energía cósmica, A’ dix sur mon pupitre; además muy buena caricaturista y pintora naíf prolífica.
Toda su obra rebosa de una energía deliciosa, torrencial, inercia imparable, incomprensible para la moral de ese tiempo, un espíritu libre ante todo, carne trémula que nunca se cubrió con estrategias convenientes ni ambientes de sigilo creado para parecer respetable, libertad íntima que traspuso siempre las conductas convenientemente decentes de su época.
Se enamoró con furia del gran pintor mexicano militar Gerardo Murillo, Dr. Atl, carrancista activo, otro espíritu errante, libre, multidisciplinario, idilio repleto de erotismo, arrebatos furiosos de celos, pero irrenunciable entrega.
Él fue quien le bautizó como Nahui Ollin, los cuatro movimientos del sol.
Nahui Ollin y Atl.
La mancuerna de la notoriedad sin amarras, para perderse con su pasión desbordada, violatoria de todo canon de su tiempo, de la «decencia y buenas costumbres», sólo el amor… eso indefinible pero potente, al grado de hacer dioses ciegos de pasión desbordada, furia que se derrama en el deleite… lo que mueve al hombre.
¿Qué hubiera sido si Freud mete su mente?
Definitivamente no importa cuándo murió, sino cómo vivió y lo que la hizo vivir.
Notas motivo:
Tocado por la imagen y el nombre Nahui Olin, durante algún tiempo guardé el gustoso impulso de saber de ella, ya que hasta ahora nos separan prácticamente cien años. Sin embargo, conocerla sigue siendo un imperativo ante la posibilidad de quedar pasmado agradablemente de su presencia y personalidad arrebatadoras.
Primer impacto, su imagen… el faro, sus ojos verdes… avasallante, su deseo salvaje siempre alerta, ebúrneo cuerpo con alma ígnea presta a estallar… mordida permanente de bulldog.
Cuerpo y mente con arrebatado placer.
Adriana Malvido, hombro a hombro y cerca de la mano de la bien hechura de Elena Poniatowska, cuando escribe La mujer sol, me abre la puerta de las letras hacia el deseo de saber de Carmen Mondragón Valseca, Nahui Olin, algo que colme la curiosidad lúbrica que me invadió cuando cayeron en mis manos las imágenes de algunas fotografías que ahora sé, fueron hechura de Eduard Weston y el hechizo de su nombre Nahui Olin, magia aportada por Gerardo Murillo, el Dr. Atl, el más atormentado de sus amantes.
Notas:
[1] Zurián, Tomás. (1992). Nahui Olin, Una mujer de los tiempos modernos. Museo Estudio Diego Rivera. p 68.
[2] Ibid, p 71.
* Esta es una colaboración del Colectivo Miguel Hidalgo de Celaya, Guanajuato, al que pertenece el autor.
Imagen de portada: Nahui Olin | Foto: Secretaría de Cultura.
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