Juan Manuel Villalobos
Lo triste de este artículo, que no vio la luz cuando debió verla –lo rechazó el diario El Universal porque era una visión “muy personal”, como si los artículos de opinión no fueran eso–, es que fue escrito hace poco más de seis años, en agosto de 2008, el tiempo que dura un sexenio. Lo triste, lo lamentable, es que no pueda siquiera, seis años después, cambiarle una sola coma en el México de 2014, más que añadir “Iguala” al cementerio:
“Viví fuera de México más de diez años. Han ocurrido desde entonces innumerables acontecimientos, dentro y fuera del país, que servirían para enriquecer la conciencia de cualquier ciudadano medio, sobre el mundo y su entorno. Volví a lo que muchos llaman cursimente ‘Tu México’ o ‘Nuestro México’, como si quisieran con esas palabras hacernos partícipes de algo que nos parece o nos ha parecido ajeno a quienes hemos estado ausentes.
Volví, y ahora todos con los que entablo conversación me preguntan: ‘¿por qué volviste?’, con la misma cara de reprobación que pusieron cuando me fui, como si en efecto, este lugar ya no tuviera remedio, y todo mundo quisiera huir mientras yo regreso. Como si, en efecto, la descomposición social de este país regado de muertos, hubiese ya extendido el rojo de nuestra bandera a muchos de los rincones que ni siquiera conocemos de ‘Nuestro México’.
Volví, y las notas que leo sobre los muertos, sobre los asesinatos, las decapitaciones, los secuestros, sugieren más que regresé a Irak que a un país de cuyas playas todos presumen. Volví, y la pregunta que ahora me hago es cómo la barbarie, el hartazgo –de esos mismos que me preguntan por qué regresé–, la violencia a la vuelta de la esquina, la supuesta sensibilidad frente a la tragedia ajena, el dolor lacerante de quien ha sido violada, la ocupación del país por el narco, la impunidad, la policía enemiga, digo, cómo todo este caudal de humillación, no ha encendido apenas la mecha del reclamo social que haga despertar a este país de una vez por todas, aunque se diga indignado, conmovido por una muerte más, que se procesa en las mentes como si fuera extrañamente una muerte menos. Qué más da.
Cuando hace unos días escuché las palabras de Alejandro Martí, el padre del niño asesinado por la policía de ‘Nuestro México’ –al menos por su corrupción y negligencia–, que afirmaba en una estación de radio su intención de quedarse a vivir en esta ciudad, en este país, para demostrarle a los cobardes que sus métodos no son suficientes para hacernos presas del miedo, me hizo pensar que una semilla se estaba sembrando: la de alguien a quien, luchando contra su propia tragedia, le impulsa el deseo de aglutinar una fuerza ciudadana que comienza a despertar para gritar a quien quiera –o no– escuchar la palabra Basta, palabra que los peores regímenes, aquellos en los que matar es un deporte nacional, han tenido que escuchar en algún momento de su existencia: las dictaduras. Palabra que, en cualquier democracia, debe alzarse para recordarles a quienes hemos elegido con nuestro voto porqué están allí, para qué, porqué juran: ‘Y si no cumplo, que la Nación me lo demande’. Pues demandémoslo.
¿Por qué México se ha tardado tanto en aprender vocabulario? ¿Por qué no despierta de su letargo sempiterno? Antes que mamá, a los niños de este país se les debería enseñar a decir Basta. Pero por una vez, los medios de comunicación se muestran realmente indignados. Sacan desplegados, páginas en blanco: hacen su tarea; colectivos ciudadanos promueven spots de radio en reclamo contra las pasivas autoridades, contra los políticos de chile, dulce y de manteca inmersos en sus banales diferencias, en sus enconos absurdos, en su mundo de ficción y de tretas.
Si hay alguna lección qué aprender de cualquier democracia es que la calle es de la gente, y que sale a ella cuando hay necesidad de salir, cuando las circunstancias obligan a dejar de lado diferencias, luchas estériles, para denunciar, con la cara descubierta, a los cobardes que esconden su rostro detrás de sus asesinatos, de sus violaciones, de sus crímenes; para denunciar a sus cómplices, a las autoridades que los protegen. Quienes se quedan en sus guaridas, cobijados por sus atrocidades, con las manos manchadas de sangre –o permitiendo que corra más sangre–, jamás podrán experimentar la fuerza, el valor, la unión de un grupo que con sus pasos hace temblar a quienes sólo saben utilizar las pistolas. Quedarnos callados es resignarnos a la barbarie de unos cuantos malnacidos.
Por eso, me parece fundamental que expresemos nuestro repudio sobre los hechos que laceran a México para no avergonzarnos de este país, ni de nosotros, sino de ellos. Para no avergonzarnos de habernos ido, o habernos quedado, o haber regresado. Por el contrario, para enorgullecernos de hacerles saber a nuestros hijos que hay quienes matan y quienes no. Y que esa sutil diferencia, hace que los primeros no puedan dar la cara. No es la única, pero es la mejor manera de demostrar quiénes somos; cuántos somos; qué nos diferencia.”
Lamentablemente, esos “hechos que laceran a México”, han cavado una fosa común, llena de muertos; pero, también, llena de vivos incapaces ya de sentir nada por sus muertos. Vergüenza debería de darnos a todos, los mexicanos, decir que sí, que somos de este país, “Nuestro México”, cuna de bárbaros, donde ya no se mata, se desolla, porque, en tanto mexicanos, lo hemos permitido.
Comparte en Facebook
Twittéalo








