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Alfonso Díaz Rey*
Viernes 31 de mayo de 2024
Quienes consideran la soberanía como un concepto obsoleto o anacrónico, o en el mejor de los casos como la observancia de ciertas normas en los terrenos diplomático y político, son proclives a la más alta traición y a entregar a su país y ponerlo al servicio de poderosos intereses particulares, incluso extranjeros
Son ordinariamente individuos o grupos de espíritu colonizado y con escasa o nula memoria histórica, que generalmente desprecian al pueblo y para quienes sus intereses particulares o los de sus amos tienen más valor que los nacionales. Ideológica y políticamente han sido cooptados por la clase dominante, la que mantiene estrechos lazos económicos con el capital monopolista transnacional e incluso algunos de sus miembros tienen participación en ese capital.
Y es que la soberanía no es un concepto. Tampoco es una concesión. Es una categoría histórica construida y desarrollada por los pueblos en su constante lucha por la libertad y la justicia, lucha en la que han adquirido la facultad de conducirse por sí mismos.
En nuestra Constitución esa facultad se establece en el artículo 39; sin embargo, no basta con que un precepto legal garantice su ejercicio, es el pueblo, quien con su acción y participación cotidiana, en todos los ámbitos de su vida, el que le da sustento y la hace valer. Es precisamente esa característica de la soberanía, la popular, la que soporta y da verdadera fuerza a su sentido más amplio, la soberanía nacional.
Al respecto, cabe recordar que los logros que han significado avances para nuestro país y el pueblo han sido, todos, producto de las luchas que en distintas épocas ha desplegado el pueblo mismo en ejercicio de su soberanía. Los retrocesos, que también lo ha habido, ocurrieron cuando esa soberanía fue usurpada o vulnerada seriamente por quienes, en su momento, se decantaron por sus intereses particulares o la subordinación a intereses extranjeros, o ambas situaciones.
En situación de subordinación o dependencia los países ─y los pueblos─ pierden o ven seriamente vulnerada su soberanía. Este tipo de situaciones las propicia el orden económico internacional imperante, basado en la explotación de los pueblos y la naturaleza, en el que dominan los monopolios y el capital financiero y son afectados los pueblos, incluso los de los países de donde proceden esos poderosos grupos, dado que las decisiones que se toman son siempre en función de los intereses del capital.
El orden económico internacional imperante es el causante de los grandes problemas que aquejan al mundo y es un serio peligro para la humanidad y, de manera general, para la mayor parte de las formas de vida en el planeta que habitamos.
Por ello, con independencia de las luchas y esfuerzos que cada pueblo realice por preservar su soberanía e independencia, es de suma importancia el aporte que haga para construir un nuevo orden económico internacional, uno sustentado en la cooperación, la equidad, la solidaridad interna e internacional y en el mayor respeto a la vida y la naturaleza. Un orden de este tipo, dado que buscaría un mejor mundo para toda la humanidad, incluso reforzaría la soberanía de los pueblos y países.
Ese nuevo orden no solamente es posible sino necesario.
* Miembro del Frente Regional Ciudadano en Defensa de la Soberanía, en Salamanca, Guanajuato.
Imagen de portada (ilustrativa): Partido del Trabajo.
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