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Texto colectivo*
Jueves 11 de julio de 2024
Durante la campaña presidencial las fuerzas conservadoras desplegaron grandes recursos para evitar su derrota. Desde años antes, a pesar de intensas campañas mediáticas en contra de la 4T, no lograron mermar, sino por el contrario, se acrecienta ante sus ojos el gran apoyo por parte de la mayoría de la población hacia el gobierno del presidente López Obrador por los evidentes éxitos de la nueva estrategia de desarrollo. Y su alarma crece más aún por la incuestionable elección de Claudia Sheinbaum Pardo como candidata de la izquierda que logra rápidamente una gran aceptación entre el pueblo.
La propaganda de la derecha durante todo el sexenio se destacó por ocultarle a la población los avances sociales, económicos y culturales impulsados por este gobierno y más bien intensificaron una guerra sucia, llena de calumnias insultantes hacia el Presidente, sus colaboradores y hasta su familia, lo que hicieron extensivo ya en el proceso electoral hacia la candidata a la presidencia.
Sin embargo, un eje ideológico principal de dicha campaña propagandística ha consistido en calificar al gobierno como dictatorial, mientras ellos dicen representar la democracia. ¿De cuándo acá la derecha puede ostentarse democrática, cuando lo que la caracteriza es el autoritarismo, el golpismo, la defensa de los privilegios de las minorías, la represión a las demandas y luchas del pueblo y la persecución, encarcelamiento y asesinato a los miembros de las fuerzas de izquierda y en general progresistas? Si se duda de ello bastaría repasar someramente la historia de México.
Lo electoral también cuenta para la democracia
Los procesos electorales, cuando son libres, representan un método para llegar a acuerdos de quiénes deben asumir las responsabilidades en los gobiernos, pero en sí mismos no resuelven los problemas. En México han cobrado importancia ante una historia de siglos llena de carencias en la vida democrática. Desde 1988 el pueblo ha decidido participar más activa y conscientemente. De entonces para acá, las elecciones han crecido en importancia y los procesos electorales interesan ahora también al grueso de la ciudadanía y no sólo a quienes ejercieron en otras épocas el poder y utilizaron las elecciones para tratar de legitimarse.
Las elecciones de 2024, con las imperfecciones que se quieran, han sido una muestra del verdadero “sufragio efectivo” que enriquece la vida democrática al triunfar incuestionablemente las fuerzas democráticas y no las antidemocráticas.
El triunfo electoral de la mayoría del pueblo a favor de la 4a transformación ha sido contundente. Votaron por Claudia Sheinbaum 35.9 millones de ciudadanos que representan, según el Programa de Resultados Electorales Preliminares (PREP), el 59.4%; más del doble de 16.4 millones de votos obtenidos por la candidata la derecha Berta Xóchitl Gálvez, 27.9%. O sea, sin considerar el lejano 10.4% de lo obtenido por el candidato Jorge Álvarez Máynes, la diferencia entre Sheinbaum y Gálvez resultó de más de 19 millones, 32% por arriba la candidata de la 4T respecto a la de las fuerzas conservadoras.
Sin embargo, el triunfo de la izquierda no sólo se dio en la elección presidencial, sino también triunfa ampliamente nada menos que en la principal entidad del país por su importancia económica, política y por su composición demográfica: la Ciudad de México. También refrenda la victoria en otras entidades como Veracruz y Puebla, además, en Chiapas, Morelos, y Tabasco. Asimismo, le arrebata Yucatán al PAN. Con estos triunfos Morena gobernará ahora 26 de las 32 entidades de la República.
La derecha sabía que «a pesar de contar a su favor con el grueso de los poderosos medios de información; con el Poder Judicial de su lado; con la jerarquía eclesiástica de la iglesia católica y otras iglesias (con algunas excepciones) y su conservadurismo y, desde luego, con el grueso de la alta burguesía y de la oligarquía monopolista; además de gran parte de los altos directivos empresariales nacionales y extranjeros y segmentos radicales de derecha de las capas medias y la pequeña burguesía, así como del apoyo de organismos y fuerzas de derecha internacionales» podría perder la elección presidencial por el alto aprecio que la población tiene hacia el gobierno de Andrés Manuel López Obrador (AMLO) por su cercanía del pueblo, sus políticas sociales, su defensa de la soberanía, sus resultados económicos y el gran impulso al desarrollo en este sexenio; pero también porque cada vez más se hizo evidente el ascendente prestigio y la aceptación popular de la candidata Claudia Sheinbaum. Desde los inicios de 2024 las fuerzas conservadoras intentaron desesperadamente modificar su desfavorable situación y, como nunca se atrevieron a presentar como su programa esencial las concepciones neoliberales que el pueblo había ya rechazado en las elecciones de 2018, hicieron un gran despliegue de recursos para desatar una campaña sucia en México, en EUA y en Europa contra el Presidente y la candidata progresista, con la esperanza de revertir las preferencias que evidentemente no les favorecían. Y, a pesar de ello, el resultado no sólo les fue adverso, sino aplastante. La gente repudió la guerra sucia y apoyó de manera impresionante las candidaturas, aunque no estuviera totalmente de acuerdo con algunas postulaciones y respaldó decididamente la política de transformación en marcha y el programa de lucha de la 4T para esta nueva etapa.
“La dictadura de la mayoría”
La guerra sucia no funcionó. El pueblo ha decidido darle al proceso de transformación la mayoría calificada en el Congreso de la Unión (cámaras de senadores y diputados) lo que le parece a la derecha inadmisible porque el proceso de transformación puede enraizar y consolidar el nuevo régimen popular que tanto les asusta.
Los partidos del PRI y el PAN gobernaron en contubernio y con mayorías absolutas, verdaderamente aplastantes durante décadas, a las que en otro momento para protegerse del crecimiento de la oposición les dieron el rango de “calificadas”. Hoy, sin embargo, que el pueblo libremente le da a la izquierda la capacidad de gobernar sin los grandes obstáculos que enfrentó López Obrador en la segunda mitad de su mandato, no están de acuerdo. Las reglas las impuso el mismo “prian” muchos años antes de que llegara este gobierno; dichas reglas les permitieron por décadas hacer lo que querían con la Constitución Política, con el presupuesto, e inclusive imponer las reformas antipopulares, antidemocráticas y antinacionales que se les dio la gana; ahora, dichas reglas electorales les parecen terriblemente antidemocráticas.
Sin embargo, recuérdese que el presidente López Obrador quiso cambiar estas reglas y propuso, ya en su mandato, una reforma electoral en la que se reducía grandemente el gasto en los comicios y los enormes recursos para mantener a los partidos, a la vez que se eliminaban los legisladores plurinominales. La derecha se opuso con todos los medios a su alcance y boicoteó cualquier cambio de las reglas vigentes, esperanzados en que sólo ellos, con ayuda de las fuerzas de derecha de dentro y fuera del país, podrían regresar a las prácticas del “carro competo” para cambiar la Constitución, siempre con más del 70% de los legisladores a su favor −dinero de por medio−, las salinistas “concertacesiones”, la alternancia bipartidista PRI-PAN y los “pactos por México”, todo ello siempre en perjuicio del pueblo y la nación.
El pueblo acogió el llamado “Plan C” propuesto por el presidente López Obrador y decidió otorgarle a la izquierda la mayoría calificada, lo que le permitirá al nuevo gobierno hacer las modificaciones a la Constitución para profundizar la transformación en marcha.
Ello ha desatado otra campaña de la derecha por todos los medios a su alcance, nacionales e internacionales, para evitar la pendiente calificación del Tribunal Electoral que debe por derecho confirmar la mayoría calificada en la cámara de diputados y la aproximación a dicha mayoría en la de senadores.
Ahora reviven la antidemocrática desquiciada formulación de que si la mayoría del pueblo decide el curso de la nación estamos ante una “dictadura” y, por lo tanto, rechazan el principio de que el gobierno es “el gobierno del pueblo, para el pueblo y por el pueblo”, si se acepta la definición de Abraham Lincoln, o más concretamente, diríamos nosotros, la democracia es esencialmente que el pueblo no sólo participe, sino que decida. En vez de una genuina democracia proponen en esencia una negociación entre las cúpulas gubernamentales, partidarias, y empresariales para negar, por lo tanto, la voluntad ciudadana y regresar a las “concertacesiones” prianistas que terminaron por hacer del gobierno, partidos y oligarquía monopolista un comité de mafiosos que se sintieron por décadas los dueños del país, se apropiaron de los recursos de la nación y se dedicaron a enriquecerse a costa del erario, a explotar, oprimir y reprimir al pueblo.
La antidemocracia, ideología clásica de la derecha
Ahora sucede que, según la derecha, cuando se logra la mayoría absoluta en los comicios por decisión libre del pueblo, dicha mayoría debe establecer negociaciones para incorporar en la primera línea los intereses de esa minoría. Eso no solamente nunca lo hicieron los gobiernos del PRI y del PAN, sino por el contrario normalmente procedían de manera autoritaria y profundamente despreciativa de los intereses del pueblo, atropellándolo e imponiendo en todos los terrenos los intereses de la “minoría”.
A diferencia de los gobiernos postcardenistas y sobre todo de los neoliberales de las últimas décadas, el gobierno de AMLO ha respetado las formas institucionales y ha dado cabida a sus preocupaciones sin imponer nada, pudiéndolo hacer sin cortapisas, y, por el contrario, ha tomado la vía del convencimiento tratando siempre de llevar las cosas por la vía de la razón y la justicia. Cuando esto ya no funcionó y los intereses privados se resistieron por encima de los del pueblo y la nación, promulgó decretos, muchos de los cuales el poder judicial bloqueó y declaró anticonstitucionales para defender los intereses de esas minorías. Sin embargo, y a pesar de ello, cuando estos decretos lograron sortear la resistencia conservadora en el poder judicial, su aplicación nunca violentó los derechos de nadie.
Entonces, ¿de qué dictadura habla la derecha? Evidentemente se refiere a una política clara, abierta, sin acuerdos y concesiones secretas entre el poder económico y el gobierno en la que no les permite seguir robando al pueblo y a la nación.
Así, últimamente la derecha lanza una campaña en contra de la decisión del pueblo de darle a la transformación la mayoría calificada, se vale de una falacia y el contrasentido de una supuesta genuina democracia con base en lo que llaman “contrapesos”. La triquiñuela pretende evitar que este gobierno, con clara orientación popular, pueda ejercer el mandato del pueblo en las urnas y lleve adelante todo aquello por lo que la gente votó que incluye, entre otras cosas, la reforma de fondo al poder judicial. Dice la derecha que el nuevo gobierno no debe ejercer la mayoría calificada porque se violarían los derechos de las minorías ya que éstas no cuentan con contrapesos. A ver: la derecha en México carece de sustento popular, pero ostenta un enorme poder al ser cientos de familias propietarias de lo fundamental de la riqueza nacional a través de más de un millar de grandes consorcios monopolistas a lo que habría que sumar miles de grandes empresas; a pesar de los programas sociales y del aumento de los salarios, ellos son todavía los principales beneficiarios del ingreso y de la propiedad; tienen a su favor y suelen ser dueños o accionistas principales del grueso de los medios comerciales de información, ya sea radio, televisión o prensa escrita, en donde actúan en contra de la transformación en marcha; forman parte de las fuerzas que ejercen el poder económico las jerarquías eclesiásticas, empezando por la católica; cuentan con ejércitos de una beligerante derecha entre el empresariado, en las capas medias y en la pequeña burguesía; y, no sólo dependen, como burguesía dominante-dominada, del apoyo del capital monopolista y de las fuerzas conservadoras que ejercen el poder en Estados Unidos de América y en Europa, sino que dichas corrientes conservadoras en el mundo actúan a su favor a través del financiamiento de organizaciones injerencistas como la DEA, la CIA y otras de la llamada “sociedad civil”, así también con campañas de desprestigio del gobierno y del movimiento de la transformación en los medios y en la prensa a nivel mundial.
A lo anterior habría que añadir que el conservadurismo tiene tomado el poder judicial y ejerce una gran influencia en los órganos electorales y aún dentro de la burocracia existen fuerzas que se resisten y a veces boicotean la transformación, sobre todo en ciertas secretarías de Estado. ¿Y aún así, como si estuvieran desamparadas, las fuerzas conservadoras claman ahora por contrapesos?
Democracia y transformación
La democracia no es un hecho estático inamovible que se instaure para siempre a partir de ciertas reglas desubicadas históricamente. La democracia para los pueblos es un proceso que implica una lucha constante por alcanzar una sociedad más libre, con soberanía nacional y popular y en donde la justicia social prevalezca sobre el interés privado. Por el contrario, la dictadura, que es patrimonio de las fuerzas conservadoras a través de la historia, es el dominio de una minoría que impone por la fuerza sus intereses sobre la mayoría. En la historia de México, como en Nuestra América, nuestros pueblos han vivido la mayor parte del tiempo bajo regímenes antidemocráticos y muchas veces también dictatoriales. Por ello, lo esencial de nuestras luchas históricas tiene como uno de los ejes principales la lucha por la democracia.
Como hoy pasa en México, en la medida en que la vida democrática se enriquece, se debilita el régimen social que genera la desigualdad, la explotación, la corrupción, la represión y la dependencia estructural hacia las grandes potencias.
La democracia expresa la existencia de una sociedad de clases. En particular, en el capitalismo se volvió una condición esencial para la vida y desarrollo de ese sistema social. Sin embargo, históricamente, cuando los pueblos deciden luchar por la democracia, esa lucha en el ápice termina por enfrentar al régimen social causante de la desigualdad y la explotación.
En la medida que el pueblo se sienta protagonista y que cada vez más aspire a tomar en sus manos el rumbo de la nación a través de una democracia participativa, ello permitirá que la gente no sólo participe, sino que a la postre quiera decidir sobre los asuntos principales que le afectan y le interesan; en esa medida y a través de una lucha compleja tenderán a desaparecer las diversas versiones del régimen social existente, empezando por el capitalismo absoluto que implica el neoliberalismo. Es muy probable que eso pueda estar ya pasando en cierto sentido y de manera todavía inicial en nuestro país, todo dependerá de los niveles de organización y conciencia del movimiento popular.
Por ello, la lucha por la democracia y en contra de cualquier forma de dictadura es defender los intereses de la gente. La dictadura y el remedo de democracia han sido las dos maneras de enfrentar la lucha social y de clases por quienes han ejercido por siglos el poder. La lucha por la democracia implica necesariamente la lucha por cambios, por reformas; educa y organiza al pueblo. Sin embargo, en el proceso de la lucha por la transformación social, cuando se alcanzan dichas reformas pronto se vuelven insuficientes y hay que seguir avanzando. Tal es la dialéctica de una lucha por la democracia en la que debemos estar empeñados si aspiramos a un México con Justicia, Libre y Soberano.
* Este Texto colectivo fue escrito por Gastón Martínez Rivera, Agustín Ramírez Agundis, Cecilia Madero Muñoz, Magdalena Galindo, Carmen Galindo, Alfonso Díaz Rey, Ignacio López Amezcua, Eduardo Ocampo E., Rosa Escalera, Miguel Ocampo, Manuel De la Torre, Fernando Ruiz Noriega, Ana Francisca Palomera, Jorge Carrera Robles, Moisés García, Miguel Breceda, Edmer Satín, Rolando González Arias, Sandra Céspedes Cruz, Leopoldo Ruiz, Juana Martínez, Emma Lorena Cifuentes Ocegueda, Leticia Martínez, Marcia Gutiérrez, María de la Luz Aguilar Terrés, Enrique Lepe García, Martha Leonor Ramírez Solorio, Enrique Condez Lara, Mario Aguiñaga Ortuño, María Elena Velazco C., María Luisa Sánchez, Patricia Niño Andrade, Artemio Ríos, Alejandro Díaz Rey.
Imagen de portada: Claudia Sheinbaum en campaña en Guadalajara, Jalisco. | Foto: Wikimedia Commons.
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