SOMOSMASS99
Alfonso Díaz Rey*
Viernes 14 de febrero de 2025
«Los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen a su libre arbitrio, bajo circunstancias elegidas por ellos mismos, sino bajo aquellas circunstancias con que se encuentran directamente, que existen y les han sido legadas por el pasado».
– Carlos Marx. El dieciocho brumario de Luis Bonaparte.
A raíz de su triunfo electoral, se vierten sobre Donald Trump una cantidad enorme de análisis y opiniones de diverso tipo, no solamente por ser el primer delincuente convicto que asume la presidencia en Estados Unidos, sino por sus amenazas ─previas y posteriores a su triunfo─ y acciones desde el primer día de su administración.
Al interior de su país es admirado por seguidores con marcadas posiciones neofascistas. En el exterior, grupos y partidos políticos de derecha y ultraderecha, también fascistas, lo consideran un héroe y ejemplo a seguir, mientras que otros, la inmensa mayoría, le adjudican, entre otros, calificativos de loco, ignorante, delincuente, exhibicionista, racista, fascista, xenófobo, payaso…, que de alguna manera describen algunos rasgos y actitudes de esta persona.
Sin embargo, para entenderlo y caracterizarlo con mayor precisión convendría conocer y entender el contexto en que vive y se desenvuelve.
Trump es miembro relevante de la oligarquía estadounidense, la que como grupo hegemónico ejerce el poder y el control en esa sociedad. Su entorno económico, político y social es el capitalismo en su fase imperialista. Su país es una potencia económica, militar, tecnológica e industrial; además, como país imperialista Estados Unidos, mediante relaciones desiguales de intercambio ─y la imposición de su moneda como medio de cambio internacional─ explota y se apropia de riquezas naturales y fuerza de trabajo en otros países, lo que en alguna medida se refleja en los niveles de vida y desarrollo en esa potencia.
También habría que considerar la larga crisis que vive el capitalismo, sus características actuales y los intentos infructuosos con que el sistema ha tratado de sortearlas ─en los que las guerras tienen un papel fundamental─, los que además de no solucionar la crisis han significado un enorme costo para la humanidad.
Otro aspecto a ponderar es la etapa de decadencia del sistema, de manera general, y de Estados Unidos, en particular: en la economía, se reduce cada vez más su participación en el ámbito mundial; en el aspecto militar ya no es potencia única, dominante e incuestionable; en tecnología tiene serios competidores y su industria en buena parte se volvió inoperante.
En ese entorno, además de otras consideraciones, surge el anaranjado personaje que quiere «hacer grande otra vez a Estados Unidos» y regresar a tiempos de la hegemonía indisputable, épocas en las que creyeron se les cumplía el sueño del Destino Manifiesto.
Quizá por lo anterior en un reciente artículo el catedrático norteamericano Henry A. Giroux, escribió: «La reelección de Donald Trump no solo marca un punto de inflexión político, sino el ascenso de un orden cadavérico, una nación que se endurece bajo el peso de su propia decadencia. Su segunda venida es menos una victoria que una marcha fúnebre, una procesión espectral de hombres huecos […]» (https://www.sinpermiso.info/textos/el-teatro-de-la-crueldad-de-trump).
A esas circunstancias responden tanto el surgimiento de personajes al estilo de Trump, como la actitud que asumen; en su caso personal, la obsesión de buscar por diferentes vías ─y recurriendo continuamente a la mentira, como es costumbre y manera de operar del imperio─ recuperar la «grandeza» de su país.
Sin embargo, su ignorancia e ideología le impiden conocer y entender las leyes que rigen al sistema en el que vive e intenta perpetuar, condición que lo vuelve más peligroso porque puede emprender acciones que atenten contra la paz y el futuro de buena parte de la humanidad.
* Miembro del Frente Regional Ciudadano en Defensa de la Soberanía, en Salamanca, Guanajuato.
Foto de portada: Wikimedia Commons.
Comparte en Facebook
Twittéalo








