SOMOSMASS99
Alfonso Díaz Rey*
Viernes 28 de marzo de 2025
«El poder es la capacidad de controlar lo que sucede, pero el poder supremo es la capacidad de controlar lo que la gente piensa sobre lo que sucede».
– Caitlin Johnstone. Periodista australiana.
En el eslogan electorero de Trump, «Hacer grande a “América” otra vez» (MAGA, por sus siglas en inglés), se ocultan una serie de medidas y acciones que en el fondo son un intento para salir de la profunda crisis por la que pasa el sistema capitalista y recobrar la hegemonía de su país, que momentánea e ilusoriamente creyeron alcanzar ─y mantener por siempre─ con la desaparición de la Unión Soviética y el derrumbe del socialismo en el este de Europa.
Tal ilusión les duró poco, pues el «nuevo orden basado en reglas» ─impuesto por Estados Unidos─ no pudo sostenerse, ya que el impresionante crecimiento y desarrollo de China, la imposibilidad de someter a Rusia y apropiarse de sus riquezas y vastos territorios, el rechazo de muchos países a la subordinación al poder imperial, lo que aunado a la crisis sistémica y a la decadencia de la potencia hegemónica, contribuyeron al término del efímero sueño.
Esa «grandeza» que Trump y su camarilla quieren recuperar implica, necesariamente, volver a tiempos en los que con la explotación y despojo a los países subdesarrollados se financiaba la bonanza en que vivían unos cuantos países y las enormes ganancias que tal situación significaba para sus monopolios y sus oligarquías.
Volver a los tiempos que añora Trump para hacer realidad su MAGA, y que el gran capital regrese y se invierta para producir nuevamente en Estados Unidos, requiere someter por la fuerza a los pueblos del mundo ─incluido el estadounidense─ para de esa manera garantizarle al gran capital un nivel de ganancias que le permita, en principio, el retorno a ese país.
Aun cuando continúa la explotación y el despojo a otros pueblos, la concentración y centralización del capital monopolista ─financiero, sobre todo─ ha crecido tanto que funciona al margen de las regulaciones de los países donde tienen asiento, o alguna vez lo tuvieron, y se mueve y opera solamente en función de la ganancia que obtiene, en perjuicio de los pueblos de estos países.
Entre las medidas y acciones del actual gobierno estadounidense por recuperar la «grandeza» de su país, además de las que trata de imponer a todo el planeta, hay unas dirigidas contra su propio pueblo. Unas de esas medidas ─que se dan en el contexto de la guerra cultural y cognitiva que el imperialismo despliega desde hace tiempo─ son los decretos que pretenden desmantelar el sistema educativo y el retorno a un añorado pasado de conservadurismo y fundamentalismo religioso que sirva de sustento y legitimación al supremacismo racial «blanco» y a doctrinas como la Monroe y la del Destino Manifiesto, con la finalidad de lograr el control ideológico y político de una gran mayoría de su población y, al mismo tiempo, lograr un nivel de obediencia ─y miedo─ que permita construir un consenso que apoye acríticamente los delirios de grandeza y de dominio mundial de la oligarquía yanqui.
No obstante el poder que detentan, Trump y su camarilla no las tienen todas consigo.
Para empezar, la pérdida de hegemonía y la decadencia de Estados Unidos se deben no a que otros países se han aprovechado de ellos, sino a las contradicciones ─internas e internacionales─ propias del sistema capitalista y, como se apunta líneas arriba, a la oposición de los pueblos del mundo a la subordinación a un poder imperial.
Con la agravante que tanto las contradicciones internas ─agudizadas por los problemas que enfrenta la sociedad estadounidense─ como a nivel internacional, el sistema no solamente es incapaz de resolverlas, sino que las agudiza (prueba de ello es el estado de guerra casi permanente en que vive ese país desde antes de que se independizara de Inglaterra).
Otro obstáculo que enfrentan Trump y sus seguidores es el plazo de su mandato presidencial. En cuatro años le será imposible lograr el nivel requerido de control de su población que los apoye en su desquiciada aventura.
Quizá esto último represente uno de los mayores obstáculos ─y, a la vez, un serio peligro─, ya que para sortearlo y darle continuidad a su MAGA podrían recurrir a un fraude electoral, provocar una crisis constitucional o recurrir a un golpe de Estado que a la postre los llevaría a exacerbar las contradicciones con otras potencias económicas y militares, lo que pondría al mundo en gravísimos problemas.
Evitar que la obsesión por dominar el planeta conduzca a una situación extrema de peligro es tarea de todos los pueblos y de manera especial del estadounidense, ya que le corresponde en mayor medida encauzar a su país en un camino de paz y cooperación con los demás pueblos del mundo para que con ello, gradualmente, desaparezcan los peligros que amenazan a la humanidad.
* Miembro del Frente Regional Ciudadano en Defensa de la Soberanía, en Salamanca, Guanajuato.
Imagen de portada: Donald Trump en tiempos de campaña electoral. | Foto: Gage Skidmore / Wikimedia Commons.
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