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Alfonso Díaz Rey*

Viernes 10 de octubre de 2025

 

Igual que el personaje de Ian Fleming, el presidente de Estados Unidos tiene licencia para matar. No ha sido el único que ostenta ese permiso, pero sí el que más se jacta de tal atribución.

Donald Trump presume haber ordenado la destrucción de embarcaciones ─lanchas rápidas─ en aguas internacionales frente a las costas de Venezuela y con ello ocasionado la muerte de, al menos, 21 personas a quienes calificó ─sin prueba alguna─ de narcoterroristas que intentaban introducir droga en Estados Unidos.

El pasado 24 de septiembre, ante la Asamblea General de las Naciones Unidas, el presidente yanqui dijo que continuaría «borrándolos de la faz de la Tierra», en referencia a las acciones militares que llevan a cabo frente a la costa venezolana unidades navales y aéreas estadounidenses, aunque informes de organismos internacionales que monitorean el tráfico de drogas no involucran a Venezuela en temas de narcotráfico.

Durante las tres últimas décadas del pasado siglo, con gran injerencia de la CIA y la DEA ─incluso bajo su supervisión─, en Venezuela se producía y enviaba cocaína a Estados Unidos. Al triunfo de la Revolución Bolivariana (1999), con Hugo Chávez como presidente, se eliminó esa condición, lo que se ha mantenido con el actual presidente, Nicolás Maduro.

Se sabe que de la droga de origen sudamericano que tiene como destino Estados Unidos, el 87% sale, principalmente, por puertos ecuatorianos y se traslada por el Océano Pacífico; solamente el 5% lo hace por el Caribe. Ello deja al desnudo las verdaderas intenciones de Estados Unidos respecto de Venezuela.

Estados Unidos, país que al término de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) surgió como potencia hegemónica, entró a fines de la década de los sesenta del pasado siglo ─como el sistema capitalista en general─ en una crisis de la que no ha podido ni podrá salir y que marcó el inicio de su decadencia.

Aprovechó su poderío económico, militar y tecnológico para expandir su control sobre diferentes regiones del planeta mediante guerras, intervenciones militares, promoción de golpes de estado e injerencias de todo tipo. En el terreno militar, no obstante su enorme poder y enfrentar a países débiles en esos aspectos, no las llevó todas consigo; tuvo sonados fracasos ─algunos con final o retirada vergonzosa─ y en los conflictos que supuestamente «ganó», dejó sembrado en los pueblos agredidos un gran resentimiento hacia el país agresor.

Por ello, ante el proyecto trumpista de hacer grande a Estados Unidos nuevamente (MAGA, por sus siglas en inglés), ese país está urgido de obtener algún tipo de «victoria» ─sobre «enemigos» internos o externos─ que renueve la enfermiza creencia que prevalece en los segmentos más reaccionarios y

neofascistas de esa sociedad en el sentido de que son «superiores» y, además, señalados por la Providencia para dirigir y gobernar al mundo.

En ese contexto el imperialismo yanqui despliega una política que a nivel interno agrede y acosa a migrantes, adversarios políticos, minorías y, de modo general, a toda persona u organización que no se pliegue a los dictados del actual gobierno; a nivel internacional, impone a casi todos los países sanciones comerciales y amenaza y agrede a aquellos cuyos pueblos y gobiernos no se alinean a los dictados de Washington, con la finalidad de someter a la mayoría para despojarlos de recursos y de esa manera restaurar su «grandeza».

Tal delirio de superioridad, se traduce en la obsesión de vivir a costa de los demás y es lo que mantiene una peligrosa tensión internacional; la guerra en Europa; el genocidio de Israel contra los palestinos en Gaza; los conflictos en Medio Oriente; el sufrimiento de los pueblos de Irak, Afganistán, Libia y Siria, entre otros; así como la embestida arancelaria; la amenaza directa a los pueblos de Venezuela, Cuba y Nicaragua, además de una velada advertencia a Colombia y México.

En este escenario es preocupante la presencia militar yanqui en el Caribe frente a la costa de Venezuela, país asediado desde hace más de 25 años, cuando la Revolución Bolivariana recuperó para su pueblo recursos ─sobre todo, petroleros─ que estaban en manos de monopolios, principalmente de Estados Unidos.

Hoy es urgente, en primer lugar, detener el genocidio en Gaza y encontrar una solución perdurable y justa al conflicto Israel-Palestina; buscar una salida a la guerra en Europa, que garantice una paz duradera; así como a los conflictos en Medio Oriente en los que Estados Unidos e Israel se han involucrado para obtener el control de esa región rica en hidrocarburos; los conflictos en África central, derivados del colonialismo; y aquí, en Nuestra América, evitar la agresión a Venezuela, cuyo objetivo central es cambiar el régimen para imponer a uno obediente y dócil.

Por todo ello es importante estar pendientes del comportamiento de Trump. No tanto porque esté loco, pues bien sabe lo que quiere, sino porque es una persona muy ignorante y, además, es el comandante de la de la fuerza militar más letal de la historia, con el inmenso poder para producir una hecatombe mundial que asesinaría a miles de millones de seres humanos, amen de otros tipos de vida, y que a la postre terminaría con su licencia para matar.


* Miembro del Frente Regional Ciudadano en Defensa de la Soberanía, en Salamanca, Guanajuato.

Imagen de portada: Donald Trump. | Ilustración: Donkey Hotey.

 




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el 13/10/2025

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el 23/10/2025

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