Visita al Centro de Readaptación Social de Acámbaro (Segunda parte)
Emma Aguado / SomosMass99
Domingo 10 de mayo de 2015
El ambiente era tan agradable que hasta el guardia de seguridad se puso a repartir globos a los niños para celebrar el 30 de abril. El lugar olía a pollo asado con arroz, a frijoles caseros, a mole, a chicharrón con chile; parecía una fiesta infantil con familias repartiendo tacos sobre platos de plástico, gelatinas de colores y vasos con refresco. La gente reía, contaba chistes o anécdotas, parecían estar contentos, tanto que no les importaba participar en aburridas rifas con sopa de letras. Hacía calor, la trabajadora social organizaba los juegos mientras las gotas de sudor asomaban por las mejillas de los concursantes; niños cuyas caras parecían jitomates a punto de reventar tomaban las manos de sus padres como si jamás hubiera pasado nada, como si no hubiera ninguna tragedia separando sus vidas: se colocaban sacos en las piernas y buscaban llegar a la meta jadeantes, felices, deseando quizá que al término de esa tarde todos regresaran juntos a la misma casa. Era uno de esos días casi perfectos, incluso los presos parecían ser otras personas.
Carlos Alberto, acusado de homicidio, comía con su madre mientras llenaba de besos a Susana, “nos casamos en diciembre del 2013 aquí en el Cereso, allá arriba donde se ven esas ventanas” señalando hacia uno de los edificios al interior de aquel contrastante lugar. Se conocieron como muchos en ese lugar, cuando ella acompañaba a su hermana a visitar a su esposo quien también está preso, y de tanto verse se enamoraron. Carlos Alberto no tiene mucho que se hizo sus tatuajes en brazos y piernas, empezó a “rayarse” desde que lo encerraron usando máquinas que él mismo fabrica, uniendo piezas de aparatos inservibles, lapiceros, radios antiguos y agujas con vaselina quemada. En su piel está escrito el nombre de su madre, el de su esposa, por eso se alza el pantalón para enseñarme sus tatuajes y ante mi sorpresa dice, “aquí hay maña para todo”. Viste ropa de un café claro reglamentario con camisa amplia abotonada sólo en la parte superior, pantalón arremangado y tenis blancos de marca Nike; rapado, de apenas 24 años dice que le ha tomado gusto al teatro y a los libros de suspenso, pero su mirada se desvía cuando le pregunto por los años que le faltan por purgar, “como 20 años, apenas llevo 6”.
“¡Jefecita!” exclama un joven moreno que se acerca a la mesa dirigiéndose a la madre de Carlos Alberto, ¿otra vez por aquí Negro? le contesta la mujer que ha adoptado a varios reos sin familia y vende sus manualidades para ayudarles “aunque sea con poquito”. Él la abraza por la espalda despreocupado, “si, es la segunda vez que caigo aquí jefecita, usted se acuerda, ya estuve en Valle de Santiago también, pero allá está pior que aquí”. El Negro como le dicen, está preso acusado de robo, es hábil y tiene mucha energía, con 29 años cuenta que le quedan pocos días para salir, “cuando sea libre me voy a Estados Unidos, ya arreglé todo, aquí nadie me quiere dar trabajo, por eso se me hace fácil agarrar las cosas, mejor me voy”. No sabe leer ni escribir y recuerda que desde niño anduvo en la calle con amigos más grandes que él, “mi familia nunca me apoyó, siempre fui el más chiquillo de la banda, por eso ahora que casi tengo treinta me siento viejo”. Nos cuenta historias de cuando era pequeño y visitaba los burdeles desconcertado. Después se va corriendo por su despensa que ese día por pura suerte se ganó en el concurso de sacos, pero antes de irse me regala un anillo que él mismo hizo con piezas de vidrio y resorte.
“Cómpreme un boleto para la rifa de este espejo madrecita”, suplica un joven de cabello tieso, peinado a la punk con mucho gel, ojos rojos, tez blanca, voz ronca, “¡pero ésto no tiene espejo, nomás es el puro marco!” le dicen las señoras divertidas, y se ríe, “pss, es para no ver la realidad madrecita, ándele cómpreme un boleto, a cinco varos”. Neto trabaja la madera, hace barquitos, cuadros, marcos, me cuentan que casi no recibe visitas de su familia y a diferencia de la mayoría, no tiene esposa, pero los domingos siempre sale para tratar de vender algo entre la gente, me regala una cartera hecha con residuos de cajetilla de cigarros Delicados. Al preguntarle si los tratan bien en aquel lugar sólo atina a responder, “pss, si hay algunos pasados de lanza madrecita”, y continúa su vendimia. Al escucharlo Carlos Alberto se animó a decir que a pesar de que reciben visitas constantes de la Procuraduría de Derechos Humanos, “sólo nos dan un cuestionario que no sirve de nada, no nos preguntan cómo nos tratan los custodios, nomás si tenemos lo necesario, por eso escribo todo lo que pasa al reverso de la hoja, hasta pongo mi nombre y todo porque no tengo miedo, pero no hacen nada”.
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- La vida al interior es complicada; cada domingo familias y reos conviven como si al final no fueran a separarse.
Después de comer, caminamos un poco por el lugar y hacia el fondo vemos a un hombre muy anciano sentado en unas escaleras empinadas que lo llevan a su dormitorio, apenas voltea a mirarnos, un enrejado enorme nos separa, no podemos acercarnos demasiado: es el área de celdas. “Este es el preso más viejito”, me dice el Negro, “ha de tener como ochenta, ya casi no sale de aquí porque se hace en los pantalones”. El anciano expuesto al pleno rayo del sol, apenas tapado con una toalla proporcionada por un preso más joven, esperaba según decían a una sobrina que algunas veces lo visita, “nomás que es muy canijo el condenado”, comenta el Negro, mientras lo vemos de lejos aceptar un cigarro y fumar con lentitud. Luego de un rato, otro hombre de avanzada edad sale en busca de su plato de alimentos, lleva un bastón, “ese es otro de los más viejitos” dice el Negro mientras le chifla divertido, “pero casi no oye de un lado”. En los últimos días han muerto dos según cuentan los presos más jóvenes, “estaban muy enfermos, tenían que hacerles la diálisis y aquí no hay para atenderlos, a duras penas nos dan pastillas para dolores de estómago y gripas, a los demás los tienen que llevar al hospital”. Por eso en reciente conversación con el subprocurador de derechos humanos de la zona E, Pablo César Velasco Campos, hablamos de la situación de estos ancianos, él comentó que es obligación del centro de readaptación social solicitar apoyo de otras instituciones cuando al interior no pueden solventar algunas necesidades como la atención a los ancianos y la salud, de no hacerlo estarían incurriendo en irregularidades. Recientemente SomosMass99 informó de la solicitud que hizo el Cereso de Acámbaro al Asilo de Ancianos para recibir a dos adultos mayores (de un total de once según datos proporcionados por la propia Procuraduría de Derechos Humanos de Guanajuato), solicitud que fue negada por parte del asilo argumentando no contar con lo necesario para atenderlos debido a que operan con los recursos mínimos para garantizar vida digna a sus ancianos.
La visita terminó a las cuatro de la tarde, los presos empezaron a regresar a sus celdas mientras dos se quedan a limpiar el lugar que ha quedado invadido de basura, los custodios llaman a los familiares por número de registro y salen abrazando sus premios de las rifas, reportándolos ante los guardias. A la salida, la llamada aduana ya no es tan estricta, no hay necesidad de desvestirse y hacer registrar los alimentos con minucia, basta con hacer pasar la mano izquierda por una caja que detecta un sello especial colocado antes de ingresar y estirar un poco las manos para recibir los documentos dejados en prenda al entrar. Ya nos vamos, pero pienso al verlas que algunas de aquellas madres y esposas regresan a su casa con algo más que tuppers vacíos en bolsas de mandado porque hay otros vacíos que no se alcanzan a mirar.

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