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CHISPITAS DE LENGUAJE
Enrique R. Soriano Valencia
La palabra ‘calidad’ es una evolución del latín qualitas. El Diccionario de la Real Academia Española, DRAE, el oficial de nuestra lengua, la define como la propiedad o conjunto de propiedades inherentes a algo, que permiten juzgar su valor. ‘Inherente’, a su vez, explica la misma obra, es «que por su naturaleza está de tal manera unido a algo, que no se puede separar de ello».
Las campañas de todo proceso electoral tienen como propósito convencer al electorado de la calidad de los candidatos para favorecer a uno frente a sus oponentes. La presunción es llegar a ese juicio a través de lo que declaran y repiten (mensajes de radio y televisión).
En días anteriores interactué electrónicamente con algunos candidatos a diputados y los resultados no les favorecen. Por ejemplo, al menos dos de diferentes partidos políticos cometen faltas ortográficas y la estructuración de sus mensajes improvisados (habilidad de redacción, lo que se traduce en organización, jerarquización y exposición de ideas) es lamentable. Si han de legislar, su calidad ofrece dudas para los futuros resultados. Decía don Pablo González Casanova, quien fuera rector de la Universidad Nacional Autónoma de México: Que lo obtenido por el investigador, no lo destroce la secretaria. Desde luego su declaración estaba contextualizada por la ausencia de ordenadores electrónicos. Hoy día los legisladores usan esos aparatos. Por tanto, será difícil que ahora culpen a la secretaria (aunque no faltará quien se escude en sus asistentes). Podrán tener la mejor de las intenciones en sus propósitos legislativos, pero si son incapaces de organizar lógicamente esos fines, los resultados serán nulos.
A mi juicio, uno de los requisitos al interior de los partidos políticos debería ser que pasen exámenes no solo de cultura general, sino de habilidades en el uso eficiente del idioma. Ello pone de manifiesto que la carrera partidista está basada no en la calidad de su gente, sino en la habilidad de hacer favores.
Mi amigo Julio Édgar Méndez, escritor y poeta, ha hecho un análisis detallado de las propuestas en el área cultural de los candidatos a presidente municipal de Celaya y… francamente, ninguno alcanzó el mínimo aprobatorio. Uno de ellos, incluso, desconocía la existencia de la Casa de la Cultura del Municipio. Lo peor, según comentaristas de lo publicado por Julio Édgar, es que los candidatos de otros municipios no escapan de esa lamentable condición.
Entonces, ¿elegiremos calidad o lo menos malo? Quien paga tiene derecho a exigir calidad.
Los antiguos mexicanos desarrollaron un concepto único en el mundo. La cultura de la calidad los llevó en 200 años a pasar de la barbarie a la excelsitud. Todas las culturas requirieron cuando menos de diez siglos para desarrollarse (entre esas culturas están griegos y romanos). Pero los mexicanos gracias al concepto de la toltequidad lograron un desarrollo social sin precedente. Cada individuo buscaba afanosamente que los dioses habitaran en su corazón. De esta forma ‒según su concepto‒ los dioses se expresaban en cada individuo. Así, el conjunto social tenía una sola dirección y lograron niveles sin paralelo. Para muestras un botón: el acueducto de Chapultepec a México-Tenochtitlan fue construido con doble vía. Así, mientras uno se limpiaba, el otro estaba en funciones. Ese concepto de sanidad en los acueductos no se había concebido ni en Europa, con siglos ya de experiencia para llevar agua a diversos asentamientos. Tampoco ninguna otra cultura en América les heredó el concepto, ellos lo desarrollaron. Una vez recibida la herencia cultural de los toltecas la impulsaron a niveles inusitados.
Rescatar las enseñanzas históricas de nuestros antepasados le vendría bien a cada candidato. Entonces, sí elegiríamos calidad. Pero ya ve usted, amigo lector, algunos hasta desprecian escribir bien, la cultura y la historia.
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