SOMOSMASS99
PERSIGUIENDO SOMBRAS
Raúl Muñiz Torres
El “juego” era así: en Chihuahua, dos chicas de 13 años, dos chicos de 15 y uno más de 11; invitan a un niño de 6 años y de nombre Christopher para que juegue con ellos a simular un secuestro. Llevan al infante a juntar leña en la ladera de un arroyo.
Relata el portal Sin Embargo que, “acto seguido, ataron a Christopher de pies y manos, comenzaron a golpearle con un palo espinoso y lanzarle piedras en el rostro. Después, colocándole un palo en el cuello, lo sofocarían.
“Una vez que los adolescentes creyeron muerto al pequeño, cavaron un hoyo para enterrarlo boca abajo y posteriormente, una de las jóvenes le apuñaló por la espalda. Para ocultarlo, sepultaron completamente el cuerpo, taparon el lugar con maleza y colocaron un animal muerto sobre la superficie para no llamar la atención”.
Bajo ese juego macabro, la Red por los Derechos de la Infancia en México (Redim) ha definido el asesinato de Christopher con una expresión aterradora: “normalización de la violencia” y remarca la ausencia en México de una “cultura de la paz y su promoción”.
Por su parte y no sin razón, los familiares de Christopher, sumidos en un profundo dolor y rabia señalan que tal acción no fue ningún juego y aseguran que lo ocurrido al niño es un crimen que debe ser castigado con todo el peso de la ley.
Aquí es donde la moral, la ética y la justicia se atoran porque como sociedad nos cuestionamos hasta dónde un ser humano es consciente de sus actos y hasta dónde realmente la conciencia se le nubla a un menor de edad para cometer un acto de barbarie que en el imaginario social, sólo le podemos achacar a la parte oscura de la personalidad de un adulto.
¿Cuál debe ser el castigo para un menor de edad que no puede ser recluido en un centro penitenciario pero que fue capaz de golpear, asesinar y enterrar a otro menor? En este país en donde la cultura de la paz no es parte de las prioridades de ningún gobierno, no castigar ejemplarmente a los menores le tendrá que pasar una cara factura al porvenir de esos chicos y al de la sociedad que los alberga.
Pero también, pensar en castigar con severidad total a jóvenes entre los once y 15 años de edad, pareciera también un acto de incomprensión para la historia personal de cada uno de ellos y sus propias familias.
Severo dilema moral tiene en sus manos la justicia, la sociedad en su conjunto, el gobierno en toda su dimensión ética y jurídica. La normalización de la violencia y el reinado del crimen organizado en diversas zonas del país, han cobrado ya en este acto de sangre, una factura que es un llamamiento a reforzar nuestra calidad educativa, social y económica.
Y también, educativa y culturalmente, tenemos que preguntarnos dónde se encuentra el límite que divide al adulto del adolescente, del niño; dónde se encuentra esa delgada línea que define una acción brutal llena de sangre para considerarla consciente y dónde está esa parte que convierte a un adolescente casi niño en un monstruo que sin la atención debida, terminará en un futuro muy cercano, destrozándose a sí mismo y destrozando a su entorno porque en su niñez, no tuvimos los recursos para recomponerlo, encauzarlo, convertirlo en un ser humano pacífico. Qué historia…
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