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NO TODO ESTÁ PERDIDO
Agustín Galo Samario
Todo mundo lo sabe, o una buena parte, que desde hace mucho los partidos no representan los intereses de los ciudadanos. Representan los propios y los de sus integrantes. En el tamaño de esas rentabilidades, que son muchas y enormes, acordes con la dimensión de los presupuestos públicos y de lo que se puede hacer desde un cargo de elección popular, es decir, desde el poder político, está la medida en que se libran las batallas electorales.
Partidos grandes y pequeños, y sus representantes, cuando no hay elecciones sostienen generalmente disputas sobre una ley u otra, respecto del destino o forma de ejercer los dineros de las arcas estatales, y otras cuestiones similares. No obstante, casi siempre llegan a acuerdos que revelan su coincidencia básica de mantener las cosas como están, en un juego interminable en el que unos a veces ganan mucho y otras menos, donde los perdedores a veces son descalificados pero que a la vez se reconocen en el dicho de que las derrotas y las victorias nunca son para siempre.
De todo ello depende la intensidad de las batallas que se libran en cada elección. La denuncia pública que presentó este lunes la regidora leonesa y candidata a diputada local, Beatriz Manrique Guevara, puede interpretarse como parte de ese contexto. Pero llama más la atención por tratarse de una alta dirigente del partido político que desde hace mucho no mantiene buenas relaciones con el PAN, ni en época de comicios ni en cualquier otra.
Es cierto, también, que no es la primera vez que líderes de partidos o candidatos denuncian agresiones o amenazas, o que incluso se han visto involucrados en peleas a puño limpio. Pero ahora el fragor de la contienda ha escalado un peldaño más. Manrique Guevara ha aportado fotografías y un testimonio que si bien señala hacia el PAN, también apunta directamente a la Procuraduría General de Justicia del Estado y al gobernador Miguel Márquez. No es cualquier cosa, sobre todo si se tiene en cuenta que la líder del PVEM no es conocida, ni como persona ni como política, por cometer excesos o irresponsabilidades, mucho menos de actuar a la ligera. Hay muchas cosas en las que se puede estar en desacuerdo con ella, pero lo denunciado ya representa otra cosa.
Lo que se evidencia es que en Guanajuato, como en el resto del país, la política cada vez se degrada más y la lucha por el poder se ha convertido poco a poco en una guerra descarnada. Los intereses son muchos y se desbordan ante la mirada de reprobación de los ciudadanos. Una descomposición proporcional al tamaño de la crisis del sistema de partidos vigente.
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