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18 de junio de 1888: memoria agradecida  

Diálogo Estado / Raúl Muñiz Torres / Top News / 17/06/2015

SOMOSMASS99 

 

 

PERSIGUIENDO SOMBRAS

Raúl Muñiz Torres

 

En memoria de mi tatarabuela Santos, que

quizá también, sufrió el embate de la inundación

 

Pocas veces, quizá nunca, nos preguntamos porque estamos aquí, en el lugar en el que nos tocó vivir. Pocas veces, quizá nunca, nos cuestionamos a quién le debemos lo que hoy podemos disfrutar: la casa, las calles, las colonias que habitamos; la gente, la familia, los amigos con los que todos los días compartimos.

Mañana 18 de junio, se cumplirán 127 años de una tragedia que hoy resulta esencial para preguntarnos, respondernos y agradecer a los verdaderos héroes de una ciudad caída en desgracia: la inundación de 1888. Un desastre natural que prácticamente destruyó León pero que gracias a la conciencia ciudadana de los leoneses de aquella época, nuestra tierra pudo volver a levantarse.

“León había perdido su sitio histórico: recuperarlo le costaría muchas décadas de esfuerzo, y hubo pérdidas del todo irreparables”, registra el historiador Mariano González Leal en su magnífica obra, “León: trayectoria y destino”, documento esencial para entender la historia e identidad leonesa.

Las crónicas de la época describían un infierno traducido en aguas enfurecidas, en una de ellas, Francisco de A. Llerena, no puede ser más gráfico:

“Imposible describir el pánico que dominaba a los habitantes en medio de tantos horrores, viéndose amenazados cruelmente por la muerte; sintiendo, palpando su debilidad ante tan imponente, ante tan espantosa vorágine de propiedades y vidas. Los truenos del cielo se mezclaban al estruendo que cada casa al derrumbarse producía, haciendo estremecer al organismo de terror”.

La destrucción fue casi total; los números, fríos y reveladores: “las aguas inundaron cerca de la mitad de la ciudad. Las casas destruidas ascendieron a más de dos mil, quedando algunas manzanas reducidas a un montón de escombros. Cadáveres encontrados, 242, además de 1, 400 personas desaparecidas. Fueron más de 5,000 las familias que quedaron en la miseria” (León: trayectoria y destino).

Pero como el ave Fénix, escribe González Leal, León se levantó de las cenizas: los obreros, albañiles, canteros, carpinteros, cerrajeros, pintores, decoradores, zapateros, reboceros y la población en general, se unieron en faenas de reconstrucción.

Hay fotografías conmovedoras de aquellas “Faenas” de trabajadores de 1888 que muestran a la entrada del Teatro Manuel Doblado, a niños, jóvenes y adultos, listos para ir a rescatar a la ciudad; igual por la calle Real de Guanajuato.

Memorables por las acciones desinteresadas en favor de las familias caídas en desgracia, merecen el jefe político de León en ese año, Carlos Basauri; el Presbítero, Pablo Anda; el Obispo Tomás Barón y Morales y el Presbítero, José María de Yermo y Parres; todos ellos a quienes las crónicas del siglo XIX, los describen como actores verdaderamente interesados por la caridad y el bienestar de los leoneses dañados por la inundación.

127 años después, no queda más que reconocer a aquellos leoneses de finales del siglo XIX porque gracias a ellos, en buena medida, León es hoy lo que es; porque gracias a ellos, muchos de los leoneses actuales tenemos lo que tenemos, somos lo que somos y la perspectiva de futuro se antoja esperanzadora gracias al León herido y sublimado de 1888.

Vaya entonces para todos ellos y ellas, una memoria y recuerdo agradecido por demostrar que una ciudad se levantará siempre de sus desgracias cuando asume que los grandes cambios y un mejor futuro provienen de una conciencia ciudadana que sabe cuándo, cómo y dónde actuar no sólo para una generación, sino para las generaciones venideras que un día sabrán también agradecer la entrega de una vida para que otras nazcan y se desarrollen en mejores condiciones.

 

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Luis López




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