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©Gaudencio Rodríguez Juárez
Psicoterapeuta
No es lo mismo ser progenitor que ser padre. Lo primero es un acto biológico que en muchos casos puede ser un accidente, una circunstancia, una casualidad, una necesidad. Lo segundo es un proceso, una elección, una decisión, un deseo. Lo primero tiene mérito restringido. Lo segundo valor total.
Michael Levine advierte que tener hijos no lo convierte a uno en padre, del mismo modo en que tener un piano no lo vuelve pianista. Es decir, no es la fecundación lo que nos da el título de papá, sino la voluntad y la disposición para serlo. Algunos hombres empezaron hasta que en el hijo o en la hija aparecieron problemas de conducta y alguien les hizo entender que mucho tenía que ver con la ausencia, carencia o abandono paterno.
Otros comenzaron después, al darse cuenta que eran unos desconocidos para sus hijos adolescentes, debido a la ausencia en la que cayeron al empeñarse en trabajar intensamente con tal de hacerse de un patrimonio para que “nada les faltara”.
Unos más quisieron empezar en el ocaso de su vida, al percatarse que su tiempo y dedicación había estado en otra parte, no con los hijos.
Otros nunca empezaron, nunca lo fueron.
El hombre que decide iniciar su rol de padre de manera temprana, mediante su presencia, constancia, disposición, disponibilidad y expresividad, se convierte en modelo, facilitando el proceso de identidad a los hijos y transmitiéndole el mensaje de lo que significa ser hombre a las hijas. Entonces los primeros, en su adultez, aspiran a ser como él y las segundas desean uno como él para convivir, para divertirse, para trabajar, para amar, etcétera.
La función paterna es propia de los hombres. Lo cual no implica que los que no cuentan con uno —por la razón que sea— queden limitados de los beneficios que aporta. Al ser la paternidad una función, esta puede ser desempeñada por un hombre, o mejor aún, por unos hombres confiables y cercanos: tíos, abuelos, amigos de la(s) mamá(s), profesores, vecinos, alguien que ofrezca su energía masculina.
Lo anterior me permite decir que para la conformación de la personalidad de los niños y niñas, no es suficiente un sólo padre (tampoco una sola madre) sino la participación de múltiples adultos que acompañen el proceso de crecimiento. Porque “para criar a un ser humano hace falta toda una tribu”, rezan los africanos.
- Merced me dio la vida, la guía y la motivación para vivirla con sencillez, responsabilidad y respeto; de mis profesores de primaria y secundaria Joel, Víctor y Alfonso (q.e.p.d.) aprendí la firmeza de carácter, la flexibilidad y el desparpajo, y la formalidad y disciplina en el aprendizaje, respectivamente; Rubén me mostró la puerta hacia la espiritualidad, Salvador me facilitó la entrada a la adultez, Eduardo a la masculinidad consciente; y con Sergio entendí que ser padre es cosa de hombres. Donde estén, gracias por haberla hecho de papás conmigo.
Ante el hambre de padre que impera en nuestro país, los hombres todos, podemos ser alimento de vida para los niños y las niñas que no lo tienen.
Podemos hacerla de papá unos minutos, unos meses, unos años, no importa el lapso de tiempo si alrededor de los niños y niñas existen suficientes varones, importa la disposición y la transmisión de nuestros atributos en clave de hombre: guía, modelo, motivación, audacia, iniciativa, erotismo, espíritu científico e investigador, solidaridad, creatividad, sentido del humor, ternura, nutrición, espiritualidad…
Te invito a empezar, porque más vale temprano que tarde, y más vale tarde que nunca.
Hacen falta papás, muchos papás. Excélsior publica que 53% de mexicanos siente que creció con un padre ausente.
El Día del Padre, una ocasión para recordar la importancia de este rol, asumirlo y beneficiarnos, todos y todas, con su práctica activa y responsable. Enhorabuena por quienes crecen día a día criando, cuidando, educando, facilitando el desarrollo de las nuevas generaciones.
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