SOMOSMASS99
©Gaudencio Rodríguez Juárez
Psicoterapeuta
La creencia de que los hijos (la palabra también se refiere a las hijas) deben amor, sumisión y gratitud a sus padres por el solo hecho de haberlos traído al mundo o haberlos adoptado, es una de las principales herramienta para el chantaje emocional, el cual tiene como finalidad obtener beneficios sin necesidad de pedirlos sino recurriendo al control y sometimiento mediante el uso de la fuerza psicológica, la fuerza de las palabras y de las actitudes paternas o maternas.
Hablan los padres: “Mientras vivas bajo este techo me tendrás que obedecer solo porque soy tu padre”, “Tanto que me esfuerzo y sufro por ti…”, “¿No te importa mi dolor?”, “Si te vas de casa moriré”, “Yo que te adopté con tanto amor y así me pagas”…
Las anteriores posturas son desafortunada para los hijos porque ponen sobre sus hombros responsabilidades que no les corresponden o que no les benefician o que son insustanciales, por ejemplo, sacar excelentes calificaciones sacrificando el placer del aprendizaje, ser un niño prodigio o “bien portado” para estatus de los padres, darle a estos compañía durante toda la vida, rescatar un matrimonio que se está derrumbando —para lo cual deben renunciar a su voluntad, a sus sueños y deseos, así como a su creatividad e iniciativa—, obedecer incondicionalmente a sus padres, no cuestionar sus métodos de educación y disciplina, —perdonarlos como mandato— a pesar de que les destrocen la vida, vivir bajo su sombra por siempre, etcétera.
También existen formas de chantaje más sutil, casi imperceptible para la conciencia del hijo y que traen como consecuencia confusión, ansiedad, ambigüedad, malestar, pudiendo dejar como efecto desde una simple disonancia cognitiva hasta el embotamiento —dependiendo de la cronicidad del chantaje y del temperamento del niño—.
Cuando los padres no reflexionan por qué y para qué quieren tener hijos/as, terminan actuando como autómatas de la reproducción, respondiendo simplemente, y muchas veces de manera inconsciente, a preceptos del tipo: “crecer y multiplicarse”.
Este tipo de padres piensan que le hacen un favor al niño al traerlo al mundo, por lo tanto, el niño les debe agradecimiento eterno. La verdad es que el niño/a nace porque los padres lo necesitamos o deseamos; la decisión de transmitir la vida es de nosotros, por lo tanto, la responsabilidad de formarlo, cuidarlo, protegerlo, amarlo y honrarlo, también.
Cuando los padres reclaman con enojo: “¡Yo te di la vida y así me pagas!”, provocan que el hijo se sienta violentado, porque para él significa que si los padres dieron la vida, también pueden quitarla. Lo que el hijo no alcanza a detectar —no en ese momento—, es que los padres están mintiendo. Mienten porque la vida solamente la da Dios, el Creador, la Naturaleza. “La vida ya existe, los progenitores solo la perpetúan”, dice el psiquiatra Deimos Aguilar, o, parafraseando a Gibran Khalil Gibran: los hijos no son de los padres, son hijos de las ansias que siente la vida por sí misma, llegan a través de los padres pero no son de ellos, no les pertenecen.
Los hijos no les deben a sus padres, fueron estos los que decidieron llevar a cabo la empresa de la paternidad/maternidad, una empresa sin fines de lucro emocional y material, una labor que no implica un pagaré.
Todo esto hay que decírselo a los niños para vacunarlos contra el chantaje emocional para que no queden atrapados en argumentos adultistas que siembran culpa, inseguridad, dependencia, baja autoestima, miedo, imposibilidad de asumir retos… y con el paso del tiempo, rencor, odio, tristeza, confusión… y en consecuencia, imposibilidad de crecer y madurar.
Sería bueno no perder de vista que la función parental consiste en proporcionarles las herramientas y recursos que les permitan salir del nido.
La meta de la educación es que los hijos nos dejen por otras personas, por otros proyectos constructivos y amorosos, elegidos por sí mismos. Se trata de prepararlos para que se vayan de nuestra casa, pero que se vayan contentos, esperanzados. Después de todo, cuando los padres los chantajean pretendiendo retenerlos, finalmente se van, pero se van muy enojados, o se quedan, pero muy resentidos, ausentes, aislados, deprimidos, drogados, alienados (que es otra manera de irse).
Educar significa dar alas a los hijos para que puedan ir por el mundo amando y trabajando (sinónimo de servicio al prójimo), construyendo relaciones y proyectos humanos, ¿no crees?
Comparte en Facebook
Twittéalo








