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NO TODO ESTÁ PERDIDO
Agustín Galo Samario
Hace tiempo ya, pero los dos últimos meses en Guanajuato han sido extremadamente violentos. Entre la quema de vehículos y comercios de los primeros días de mayo y los asesinatos a finales de junio del alcalde electo de Jerécuaro, Rogelio Sánchez Galán, y del periodista Gerardo Nieto Álvarez en Comonfort, han mediado protestas ciudadanas y decenas de muertos a manos de criminales en buena parte del territorio estatal.
El gobernador Miguel Márquez ha dicho que su gobierno ha sido muy cuidadoso con la seguridad, que estará muy atento para defender la tranquilidad y la paz de los ciudadanos. Y, sobre todo, no deja de reiterar el estribillo de hace sexenios: Guanajuato es un estado seguro.
De tener razón, no habría, como los hay, tantos desaparecidos, extorsionados, secuestrados, asesinados y personas asaltadas hasta en sus propias casas. De hecho, los guanajuatenses no tendrían que organizarse para protestar contra la inseguridad.
En el sexenio pasado la excusa recurrente para explicar el deficiente combate a la delincuencia era que no había coordinación entre el procurador general de Justicia del Estado, Carlos Zamarripa Aguirre, y el general Miguel Pizarro Arzate, secretario de Seguridad Pública. El pretexto se acabó en 2012, cuando Miguel Márquez ratificó a Zamarripa Aguirre y nombró a Alvar Cabeza de Vaca como titular de la SSP, prácticamente una concesión a las exigencias del primero.
La dupla mantiene hasta el día de hoy comunicación estrecha y constante para la aplicación de las políticas estatales en la materia. Tal es el acoplamiento entre ambos, que hasta los mensajes que uno publica para ensalzar sus éxitos en las redes sociales, los replica el otro.
Nada de eso ha sido suficiente para que en el Índice de Paz México 2015 se ubique a Guanajuato como uno de los cinco estados menos pacíficos del país y el segundo con más delitos violentos. En realidad se sigue negando lo evidente: la delincuencia opera en el territorio estatal como en cualquier otro, con la gravedad de que entre las víctimas ya se incluye a periodistas y políticos. Podría resultar hasta comprensible que cada vez que se hable del tema se presenten logros, supuestos o reales, pero lo que ya nadie cree es el discurso de que aquí se vive en paz y tranquilidad. Lo que sucede a diario en las calles es la muestra de que la delincuencia va ganándoles la partida a las autoridades estatales y no se aprecia por ningún lado que éstas puedan hacer algo.
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