©Gaudencio Rodríguez Juárez / Psicólogo
Miércoles 8 de julio de 2015
“¿Ustedes creen que se puede educar a los niños y niñas sin recurrir a los castigos de cualquier tipo y a los premios?”, le pregunté a un grupo de padres con hijos ya grandes. Hubo un silencio. “Seguramente sí. Pero si preguntas si nosotros pudimos, la respuesta es no”, fue la contestación honesta de uno de ellos.
A los padres/madres de hoy aún nos educaron con castigos. Crecimos y el goce del espíritu democrático y de los derechos humanos, al mismo tiempo que el avance en las ciencias humanas, tales como, medicina, pedagogía, neurociencia, psicología, psicoanálisis, nos trajo la noticia de lo indigno, inútil y perjudicial de los estilos de crianza autoritarios. ¿Qué nos quedó? Nada. Se rompió el molde de la crianza. Nos tocó construir los nuevos modelos.
En esa búsqueda algunos padres fueron prescindiendo del castigo e, influidos por modelos psicológicos conductistas, optaron por recurrir a los premios. El gran problema es que su uso se convierte en una dinámica desgastante, pesada y persecutoria, pues, como dice Jane Nelsen, coautora de la Disciplina Positiva, en este sistema, los adultos tienen que “atrapar” a los niños siendo “buenos” para poder darles premios y “atraparlos” siendo “malos” para castigarlos, y así los niños no aprenden a ser responsables de su propia conducta sino que la depositan en el adulto que ejerce el control de las situaciones y de sus conductas.
Para la práctica de la disciplina sin premios y castigos la redefinición de conceptos se torna urgente, pues en función de estos es que tomamos medidas, decisiones y acciones hacia las conductas de los niños y niñas.
Al preguntarle a papás y mamás con qué asocian la palabra disciplina, aparece el híbrido de significados: castigo, firmeza, rudeza, regaño, lo mismo que enseñanza, respeto, aprendizaje, orden…
Reflexionar sobre el significado de la disciplina, permite apropiarnos del sentido original de la palabra —del latín, “discere” que significa aprender—, y desde ahí conectar con nuestro rol de educadores que asumen que las conductas consideradas inadecuadas por nosotros los adultos no son sino conductas que exigen dominio o aprendizaje por parte del niño, el cual exige la adquisición de habilidades y conocimientos que el discípulo, el niño, ha de adquirir con el apoyo de su educador, es decir, sus padres/madres y maestros/maestras.
Es muy grato escuchar las conclusiones a las que llegan los papás y las mamás, producto de la reflexión en los talleres de parentalidad bientratante. Aquí algunos botones de muestra:
– La educación y la disciplina no debe recurrir a la violencia sino al respeto, tolerancia, comunicación, confianza y motivación.
– Debo aprender a comportarme para poder decirle a mi hijo cómo comportarse.
– Debemos ser firmes en las cosas que les pedimos a los hijos y cumplir lo que se les diga.
– Es de suma importancia el respeto a las reglas y la comunicación con los niños, así como la firmeza con las palabras y dar más amor.
– No es necesario gritar, mucho menos agredir; todo se puede hablando.
– La disciplina comienza por nosotros mismos, por respetar las reglas de casa.
– Es necesario hablar y actuar con firmeza y no premiar a los hijos por tareas o actividades de vida diaria. Con esto aprenderá muchas cosas en su crecimiento, por ejemplo, a disfrutar del resultado del propio esfuerzo.
– Los niños tienen la capacidad de entender; existen muchas maneras de educar que no sean premios o castigos, pues ni el dolor ni lo material son la solución, en cambio, el amor enseña mucho más.
– En lugar de maltratar a los hijos, debemos educarlos con amor y respeto, porque respeto genera respeto.
– La disciplina es mejor si pensamos antes de actuar por instinto o impulso.
Te invito al taller “Educando con buenos tratos” que impartiré en Guanajuato capital el próximo 18 de julio, donde podremos reflexionar y adquirir herramientas para acompañar a los hijos e hijas en su proceso de vida. Informes e inscripciones en: [email protected]. Te espero.
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