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PERSIGUIENDO SOMBRAS
Raúl Muñiz Torres
Una de mis más queridas amigas vive desde hace 14 años en París, está casada con un estupendo muchacho francés y tienen una hija a la que han enseñado a querer a Francia y a México de la misma forma y además, le han enseñado a comunicarse en el idioma de ambos países.
Mi amiga está de visita y el lunes pasado me decía que extraña México, que cada vez que visita el país, no duda en llevarse alimentos que son difíciles de conseguir en Francia porque, por ejemplo, dice que un kilo de tortillas allá, puede llegar a costarle 10 euros, algo así como 175 pesos mexicanos.
No escatima en la expresión de sus sentimientos y confiesa que cada vez que escucha el himno nacional mexicano, las lágrimas le brotan de orgullo y piensa en su tierra con satisfacción.
Ella también hace una analogía interesante de cómo, en la lejanía, puede imaginar a México de la misma manera en que Emilio “El Indio” Fernández, retrataba al país en sus películas: ese México idílico del indigenismo, un paraíso de naturaleza y paisajes celestiales que la magia del fotógrafo Gabriel Figueroa lograba captar para la obra del “Indio”.
Pero la añoranza no le nubla la realidad de un país que dejó hace muchos años y sabe que la querencia recorre la historia nacional en horas muy bajas y también muy podridas. No duda mi buena amiga en confesar el sentimiento de paranoia que la envuelve al recorrer las calles de la Ciudad de México (no hablemos si visitara el norte del país).
Comenta cómo al recorrer el Distrito Federal junto con su esposo, no le suelta la mano ni un momento a su hija, ve quizá peligro en todos lados y no es para menos, la capital de su sufrido país no puede quitarse el estigma para el visitante, de urbe insegura.
Hablamos entonces también de la inseguridad, de la fuga de “el chapo”, de las condiciones poco favorables para tener una vida digna en este país y es entonces que también comparte su ser y estar en la lejana Francia:
Cuando dice que no le suelta la mano a su hija en la Ciudad de México, habla también de cómo en París puede hacerlo y dejar que avance delante de ellos sin mayor preocupación. Habla con serenidad y paz de la cotidianidad de sus días en la escuela de su hija, de su comunidad parisina, de su participación ciudadana y partidista de corte izquierdista y socialista entre sus vecinos.
Habla de la posibilidad de viajar a los países vecinos de Europa con total calma, habla sin decirlo directamente, de los privilegios de los que goza ahora como ciudadana francesa y que muy a pesar de todo, México no podría ofrecerle como no se los puede ofrecer a miles y miles de connacionales.
En fin, ella habla desde la serenidad que le da el haberse habituado a un estilo de vida que todo ser humano debiera poder alcanzar en su existencia.
Supongo que París no es tampoco el paraíso terrenal porque como toda urbe mundial, tiene sus propios demonios para exorcizar, pero esa es la gran tragedia mexicana, saber que aún dentro de los oscuros de otros países en el mundo, nuestras sombras son demasiado perversas; que cuando parece que hay una luz al final de túnel, nos damos cuenta que sólo era un espejismo; que cuando parece que retomamos el rumbo, el abismo se pone delante de nosotros; que cuando parece que hemos capoteado el mal tiempo, al final de cuentas era sólo la calma que antecede a una nueva tormenta.
Mi amiga y su familia volverán a Francia y seguro extrañará otra vez México. Lo bueno es que ella prefiera recordarlo con la belleza con que Emilio Fernández lo imaginaba, así querrá entonces que su hija lo piense y lo sueñe cuando crezca: un país del cual pueda sentirse orgullosa y no uno que tiene muchas aristas para avergonzarse de él.
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