SOMOSMASS99
PERSIGUIENDO SOMBRAS
Raúl Muñiz Torres
Entre el año 2010 y este 2015, murieron dos hombres de lúcidas mentes y de una trascendencia intelectual innegable, Tony Judt y Oliver Sacks. Los une, además de su larga brillantez en sus respectivas disciplinas, la rara manía del destino de lanzar “coincidencias” notables en sus orígenes y en su final: ambos británicos, ambos londinenses, ambos dijeron adiós en Nueva York, ambos lo hicieron en agosto, el primero en 2010; el segundo, apenas el pasado domingo.
Judt tenía esclerosis lateral amiotrófica y Sacks, cáncer con metástasis múltiples en el hígado. Los dos escribieron sobre su enfermedad y dejaron constancia de lo que para ellos representaba morir, decir adiós al mundo y a sus propias capacidades físicas, narrar su propia dignidad ante el fin de sus días.
Tony Judt fue uno de los historiadores e intelectuales que mejor retrataron al viejo continente, no sin razón, su obra, “Postguerra: una historia de Europa desde 1945”, es un monumental registro de casi mil 200 páginas en donde discurre de manera soberbia el ir y venir europeo desde el final de la Segunda Guerra Mundial hasta nuestros días.
A Judt le diagnosticaron ELA en el 2008 y el 17 de enero de 2010, el periódico español El País, publicó un texto devastador y profundamente conmovedor del intelectual inglés en donde narraba la inmovilidad corporal casi total a la que lo había reducido la enfermedad y cómo tenía que depender ya de terceros para conservar de alguna manera su lucidez mental.
Sin embargo, Judt aún pensaba en las ventajas que la terrible parálisis le podía dar:
“Mi solución ha sido repasar mi vida, mis ideas, mis fantasías, mis recuerdos, mis recuerdos equivocados y otras cosas semejantes hasta dar con hechos, personas o historias que puedo utilizar para distraer mi mente del cuerpo en el que está encerrada. Estos ejercicios mentales tienen que ser suficientemente interesantes para retener mi atención y ayudarme a superar un picor insufrible en el oído o en los riñones; pero también tienen que ser suficientemente aburridos para servir de preludio y ayuda al sueño”.
El intelectual británico murió a los 62 años, el 6 de agosto de 2010, pero meses antes de su partida, tuvo fuerzas para dictar una especie de testamento personal e intelectual traducido en un libro que tituló, “El refugio de la memoria”.
No tengo idea y mucho menos imagino el sufrimiento físico de Tony Judt, pero quiero pensar que a pesar de la humillante sensación de dependencia que padecía, su dolor quizá se amortiguaba en la posibilidad de repasar su existencia y dejarla plasmada en letras, esa poderosa alma y arma con la que visualizó el ser y estar europeo y mundial a través de la historia. Tony Judt, dignidad ante la muerte.
Oliver Sacks, por su parte, fue un reconocido neurólogo y a través de su disciplina científica, se convirtió también en escritor, un hombre de letras que a través de sus libros retrató la complejidad de la mente humana. Una de sus obras más reconocidas es “El hombre que confundió a su mujer con un sombrero”, obra en la que relata veinte historiales médicos de pacientes con enfermedades neurológicas diversas.
En febrero de este 2015, Oliver Sacks escribió en The New York Times, una carta de despedida. Recién se había enterado del cáncer que lo aquejaba a sus entonces 81 años. A diferencia de Judt, Sacks escribía esa carta de una manera más llena de vitalidad porque, supongo, no perdió movilidad en su cuerpo, no al menos en los meses previos a su muerte. Escribía el neurólogo:
“En los últimos días he podido ver mi vida igual que si la observara desde una gran altura, como una especie de paisaje, y con una percepción cada vez más profunda de la relación entre todas sus partes. Ahora bien, ello no significa que la dé por terminada.
“Por el contrario, me siento increíblemente vivo, y deseo y espero, en el tiempo que me queda, estrechar mis amistades, despedirme de las personas a las que quiero, escribir más, viajar si tengo fuerza suficiente, adquirir nuevos niveles de comprensión y conocimiento. Eso quiere decir que tendré que ser audaz, claro y directo, y tratar de arreglar mis cuentas con el mundo. Pero también dispondré de tiempo para divertirme (e incluso para hacer el tonto)”.
Los últimos meses del escritor y hombre de ciencia, debieron ser así como los planeó. Murió el pasado domingo 30 de agosto a los 82 años. Oliver Sacks, dignidad ante la muerte.
Alguna vez leí que la madurez, la verdadera madurez del ser humano, llega cuando un día obtenemos la innegable certeza de nuestra muerte, de nuestra finitud. Debe ser una certeza extraña, oscura, pero real.
Sin embargo, la espiral descendente que el cuerpo humano experimenta vía la enfermedad, puede provocar un estado de conciencia tal del fin de alguien, que al ser humano no le queda más que vislumbrar su adiós de dos maneras: enfrentar con dignidad la muerte o sufrir lo indecible deseando o no su llegada.
Creo que tanto Judt como Sacks, vivieron una vida a plenitud y conservaron esa plenitud ante el umbral de la muerte. Celebremos sus letras, su honestidad intelectual, su mente, ese tipo de mentes tan necesarias al mundo.
El fin les llegó quizá no de la manera más suave, pero respetó en ellos la lucidez necesaria para decirle al mundo que se puede dialogar con la muerte, tomar su mano y decir adiós sin ninguna deuda moral en el ser.
Gracias a Tony y Oliver por haber existido. Fue, es y será un placer seguir leyéndolos.
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