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©Gaudencio Rodríguez Juárez
Estoy en contra del castigo físico porque su práctica siembra un mensaje sumamente peligroso en los cuerpos y en las mentes infantiles que puede durar toda la vida: “cualquiera que tenga más poder que tú puede meterse con tu cuerpo”, pudiéndolo condenar a una vida de abuso (como víctima o victimario).
La semana pasada, Rosalía Cruz Sánchez, integrante de “Las Libres”, organización dedicada a la defensa de los derechos de las mujeres, fue atacada por una mujer que no conforme con agredir en un espacio público a su propia hija, también lo hizo con aquella.
Estoy en contra del castigo físico porque su práctica termina por naturalizar la violencia, desensibiliza a los miembros de la sociedad, incapacita para empatizar con quien la padece, impide comprometerse con la paz.
Mientras Rosalía esperaba un taxi escuchó los gritos de una niña que era golpeada con saña por su propia madre al interior de un plantel educativo sin que nadie del personal de dicha institución hiciera algo para impedirlo. Por eso intervino, para frenar el ataque. Pero ésta se abalanzó contra ella tirándola al piso y golpeándola hasta que se cansó para, acto seguido, retirarse caminando tranquilamente de la mano de su hija. Todo esto ante la mirada pasiva de las y los espectadores. Sólo al final algunas personas se le acercaron para proporcionarle un tímido y tardío auxilio.
Estoy en contra del castigo físico porque ya no estamos en la Edad Media, sino en el siglo 21 en el cual existen innumerables evidencias de las consecuencias negativas que trae a los cerebros de las niñas y niños —y de los adultos que lo padecieron—, y que se manifiestan en conductas, actitudes, psicopatología: sumisión, inhibición, inseguridad, culpa, minusvalía, baja autoestima y autoimagen negativa, fobias, paranoia, taras, resentimiento, odio, desconfianza hacia las personas, venganza, impulsividad, crueldad, normalización de la violencia…, así como para la sociedad en su conjunto.
Una mamá golpeando con rabia a su hija: cuánto odio, venganza y resentimiento histórico descargado en un cuerpo infantil, cuánta furia almacenada para no aceptar la intervención de Rosalía, cuánto daño en su cerebro incapacitado para funcionar de manera integrada, cuántas secuelas de lo vivido.
Estoy en contra del castigo corporal porque convierte a las personas en agentes temerosos, evasivos, indiferentes… irresponsables.
Una mamá golpeando a una niña ante la pasividad de las autoridades del centro educativo que tienen la responsabilidad no sólo moral sino también jurídica de evitar el maltrato hacia las niñas y niños en el ámbito escolar.
La policía, por su parte, acudió al llamado lo suficientemente tarde como para no detener a la agresora.
Estoy en contra del castigo corporal porque nos convierte en una sociedad que no toma en serio a la violencia y sus consecuencias a largo plazo: el pasado marzo, los diputados de la fracción del Partido Acción Nacional rechazaron la reforma a la Ley de Educación del Estado de Guanajuato referente a la prohibición del castigo corporal en el entorno escolar, señalando que de aprobar el dictamen se estaría sobreregulando en la materia, “pues en el actual artículo 14-1 que se pretendía reformar ya se contempla que los maestros deben velar por la integridad de los educandos”. ¿Cómo es posible que se tema caer en la sobreregulación en un entorno donde hierve la violencia precisamente gracias a la falta de mensajes de oposición total a prácticas de crianza y de relación interpersonal maltratantes?
Estoy en contra del castigo físico porque el que pega para enseñar sólo está enseñando a pegar.
Esta mamá pega a su hija porque seguramente en su momento alguien la enseñó, alguien le tatuó el aprendizaje en la piel y ahora no puede parar.
Estoy en contra del castigo corporal porque sus secuelas terminan por salpicarnos, también, a los pocos comprometidos con el respeto a los derechos de los humanos que nos rodean. Hoy le tocó a mi amiga Rosalía. Admiro tu arrojo, el cual le hizo saber a esta niña que ella vale la pena, que es importante para alguien, para ti. Y aunque su vida seguirá transcurriendo con esa mamá, en su corazón ya lleva la semilla de la resiliencia que aumentará la probabilidad de que el día de mañana opte por el buen trato con la siguiente generación.
Psicólogo / [email protected]
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