SOMOSMASS99
Profesor Antonio Sántiz* / Colectivo 43 x 43**
Chiapas / Jueves 17 de septiembre de 2015
El rostro es palabra que inaugura toda relación.
Lévinas
10: 45 am. El viejo Antonio
Permanecí largas horas sentado junto a la ventana, me gustaba escuchar el lamento de la lluvia anunciando su caída sobre el tejado. Pensé entonces: “El agua cae llorando su despedida, lágrimas brotan del cielo proclamando el fin de algo, pero en un ligero tiempo retorna, sube nuevamente, aunque esta vez no son lágrimas sino vapor, aliento de vida”. Todos estos eventos circunstanciales los pensaba, cuando intempestivamente me interrumpió el asiduo mesero del lugar, estaba yo en un café repleto de gente parloteando efusivamente sobre los desdenes de la vida itinerante que les acontecía. –¿Desea ordenar algo?, preguntó. El mundo que comenzaba a entretejer resultaba tan apetitoso, que lo miré con ganas infames de decirle: –¡Déjeme en paz! No sé qué ocurrió después, tal vez aquel joven pudo entender que se entretejía un verdadero momento de energía vital. Seguí pensando sobre los ciclos de la vida, que una circunstancia lleva a la otra, y que no terminamos de saber cuándo se transforma la dificultad en oportunidad. La abrumadora lluvia en un ligero vapor, al instante, como burbuja, detonó un pensamiento, apareció la voz del viejo Antonio, mi abuelo. Recordé, cual destello de luz, esas pláticas alrededor del fogón. El viejo Antonio siempre se me presenta en la memoria con la cara iluminada, ojos pálidos por las cataratas y el humo de leña de toda una vida. Siempre regresaba y nos contaba las dificultades que había tenido durante el día, sobre su deseo de querer hacer trámites para optar a un puesto como docente. Siempre, siempre, al llegar después de la larga espera haciendo trámites, reafirmaba el acompañamiento de una mala suerte, pero también, a proporción, hacía hincapié en la posibilidad de que ganara, es decir que por cada fracaso, las posibilidades se duplicaban. Las condiciones no le favorecieron y se fue mi viejo Antonio sin que se enterara, por lo menos por mi viva voz, de que decidí ser lo que él quería ser. Decidí que las pláticas que tenía con él alimentarían mi historia y hasta que cierre mis ojos por última vez, haré lo que hace la lluvia si no como gotas de lluvia, entonces como vapor.

- Cuando mis papás y mi abuelo regresaban de trabajar traían pegado a sus cuerpos el olor de los granos de café.
1:30 pm. El café
Observé el rostro de decepción y notable desazón del mesero, mientras se acercaba paulatinamente y volvía a preguntar: –¿Desea ordenar algo? –Sí, le contesté. Tráigame por favor un café expreso. Me volví a acomodar en la maltrecha silla, vi entre las sombras del vitral que la lluvia no prometía terminar. En cambio, dentro del lugar se produjo una sintonía sensacional, me fue envolviendo un amasijo de recuerdos, imágenes y olores. Por un lado, el olor a café recién tostado colisionaba con las esquinas y corredores del lugar. Por el otro, al ver en el trasfondo de uno de los corredores, una planta de café, inmediatamente recordé mis días de infancia. Soñé despierto queriendo sentir lo que veía desde niño en mi pueblo cuando miraba cómo mis papás y mi abuelo iban a trabajar en los cafetales familiares. La jornada completa era acompañada por la luz del día, se empezaba desde que salía el Sol y terminaba cuando se ocultaba. Aunque no me dejaban acompañar aquella sagrada actividad, ellos siempre traían noticias de la cotidianidad de la vida campesina, del trabajo. Traían pegado a sus cuerpos el olor penetrante de los granos, las hojas, las plantas de café, un aroma, una textura, un carácter que definía a término la identidad versátil de aquellos jornaleros y la mía ahora. Así que pensé: “Bien que valió la pena ser campesino, cafetalero a lo lejos”.
Mientras tomaba a sorbos el café, también recordé que apenas crecí fui rápidamente caficultor. Dibujé en mi mente el momento de la cortada de la cereza del café, o juta, y recordé que ese momento no me gustaba, me aburría. En cambio disfrutaba despulpar, lavar, secar y vender el café. Y también dibujé el aliento de las palabras de mi abuela, bien que decía: “No importa la semilla donde caiga, importa más su lugar de origen, donde esté la planta de la cual se desprendió la semilla”. Así que al terminar el café, concluí que, sí, mis papás son campesinos indígenas originarios del municipio tzeltal llamado San Juan Cancuc, y yo, a pesar de que nací en San Cristóbal de las Casas y de que eché raíz en esta ciudad, afirmo, que mi condición de existencia es la de un campesino e indígena, como lo son ellos. En mi pueblito está, pues, mi plantita de café, la que me ratifica, la que determinó nuestras presencias, las de mis viejos, la de mi abuelo, la mía.

- En los cafetales la jornada inicia cuando despunta el sol y termina cuando se oculta.
3:01 pm a la salida, la educación…
Había pagado la cuenta del café, pero no podía salir del encantamiento memorístico que me preñó ese día. El lugar estaba atiborrado, la gente había hecho filas por entre las mesas y sillas y los niños se colgaban entre las piernas de los incómodos asistentes. El joven mesero con notable desespero, se acercó y dijo: ¿Quiere usted pedir algo más? Yo pensé: “¡¿Y quién se ha creído este joven para querer sacarme de esta alucinación viviente?! ¡Qué falta de educación!…” Sin embargo, salí rápidamente y me incorporé al andador. Mientras caminaba rumbo a no sé dónde, me quedé pensando: “¿Qué pensará el joven mesero de mí? ¿Quién soy yo? ¿Y qué tiene que ver su educación, o bueno más bien la mía? Para todas esas preguntas, no tuve respuestas completas, sólo ahora, en este instante, me cruza por la cabeza, y me emociona saber, que mi nombre es el de Antonio, el de mi abuelo, que estoy hecho de las historias que él me contaba. Sobre todo decidí que con él como lluvia y yo como vapor, asumí las posibilidades que el viejo Antonio creaba para mí, mientras contaba las desganadas historias de fracaso al no poder optar a un cargo como docente. Me afirmo indígena y campesino, porque llevo en el cuerpo y en la sangre impregnado el ardor del trabajo de las largas jornadas de mis padres y abuelo en los cultivos de café. Eso tengo que decir, soy una plantita de café. Refunfuñé: –¡¿Claro, qué va a saber el joven mesero de lo que soy, de lo que estoy hecho?! Estas historias me atraviesan, las vivo con nostalgia y emoción, soy café, soy las manos cansadas de trabajo, soy el olor a las hojas del campo, soy campesino, soy indígena, soy las historias de fracasos y de posibilidades, soy docente. Ese joven mesero sólo sabe llevar una taza de café a la mesa; como sí se tratara de un intercambio meramente comercial, lo que nunca sabrá es, que por cada taza de café, hay miles de historias que contar, que cada taza de café sabe a vida y obra de miles de campesinos e indígenas, familia enteras que al igual que la mía, vivimos a tiempo y destiempo los ciclos de la vida, también las injusticias.

- Estoy hecho de las historias que me contaba mi abuelo. Soy docente, soy campesino.
* Narrativa Profesor Antonio Sántiz, indígena y campesino. Chiapas 2015. Coordinación Adan Morgan Colectivo 43 x 43. Serie 2. Los rostros de la experiencia docente.
** © El colectivo 43×43. Manifiesto Político Educativo Es un colectivo formado académicos que unen sus voces de forma voluntaria para denunciar las pésimas condiciones de la educación en Chiapas por medio de narrativas vivas y vividas por los propios profesores. Sirva nuestra palabra, nuestro coraje, para decirles a las autoridades que los profesores no somos responsables del fracaso de la educación. Las narrativas y fotografías aquí presentadas son inéditas.
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