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La fosa común de los sin nombre

Sociedad País / Top News / 21/09/2015

SOMOSMASS99

 

Luis Carlos Rodríguez González / The Exodo

México, D.F. / Domingo 20 de septiembre de 2015

 

Hace 30 años decenas de camiones de volteo los trajeron hasta aquí, envueltos en cascajo y tierra, con jirones de ropa, todos en calidad de desconocidos y fueron prácticamente arrojados sin ceremonia de por medio, flores u oraciones. El epicentro de la muerte los encontró lo mismo en la Colonia Roma, que en un hotel de calzada de Tlalpan, en un taller de costura de San Antonio Abad, en una escuela primaria de la avenida «Niños Héroes» o en un multifamiliar de Tlatelolco.

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De niños, niñas, mujeres, hombres, ancianas, las vidas que quedaron truncas aquella mañana del 19 de septiembre de 1985.

Desde entonces, cada 19 de septiembre algunos de  sus familiares acuden hasta aquí puntuales, con la esperanza de que en esta gran fosa hayan encontrado reposo quienes fallecieron víctimas del terremoto y de la negligencia y corrupción de las autoridades capitalinas.

Cerca de mil víctimas desconocidas  reposan en esta fosa que paradójicamente  mantiene viva los recuerdos, la esperanza, pero también la tragedia para cientos de familias.

“El aniquilamiento de ustedes es advertencia para nosotros. Murieron desconocidos pero Dios los identificó”, reza una vieja y fracturada lápida abandonada a unos metros del sitio que se encuentra remodelado.

Panteón Civil de San Lorenzo Tezonco, Iztapalapa. Lejos del epicentro mortal de aquella mañana fatídica en la capital del país, pero donde se albergan cientos de historias, esperanzas y recuerdos de familiares de las víctimas del terremoto.

30 años después el frío y la tristeza  inundan el lugar y uno de los testigos de aquellas labores de inhumación, Jesús Hernández, sepulturero, recuerda esos días y noches donde  en camiones de volteo y camionetas depositaron ahí, sin identificar, los cadáveres de hombres, mujeres y niños.

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A la pareja de policías veinteañeros le sorprendió la muerte en la víspera de su boda.

“Unos quemados, llenos de escombro, otros con cuerpos demolidos, ya casi sin forma humana. Casi todos con rostros de miedo y tristeza. Empezamos a recibir los cadáveres por el 21 de septiembre y 15 días después aún traían algunos”, relata frente a la fosa hoy convertida en jardín.

Pala en mano, con la mirada fija en lo que fue un hoyo de unos mil metros de diámetro, relata que sólo en algunos días de aquellas jornadas se tuvo la presencia de agentes del Ministerio Público y médicos forenses que tomaron algunas fotografías, antes de meter los cuerpos en bolsas de plástico negras.

A tres décadas de distancia, la fosa “de los muertitos del 19 de septiembre”, como la conocen los sepultureros, es un gran jardín con una nueva lápida que habla del anonimato de la última morada de quienes no sobrevivieron a aquel fenómeno:

“Ayer, hoy y siempre. Por los años que vivimos no olvido tu partida y aunque no te encontré, ni sé dónde buscarte, tú estas en mi corazón y siento consuelo porque tú descansas en el cielo cerca de Dios.”

Las historias, las anécdotas, los recuerdos, frescos aún, hablan de la herida que no se curó con la reconstrucción de la ciudad, ni con la demolición de edificios o la limpia de escombros.

Costureras, estudiantes, niños que iban a la escuela, bebés, ancianos, oficinistas, policías e incluso extranjeros a los cuales la vida se les truncó de tajo a las 7:19 horas de aquel 19 de Septiembre de 1985.

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A 30 años de distancia, aún hay personas que llegan a las fosas comunes con la necesidad de creer que ahí están sus familiares.

Humberto Sandoval y Florentina Quin estaban en la víspera de su boda. Se unirían en matrimonio el 19 de octubre de 1985. Ambos policías de la entonces Secretaría General de Protección y Vialidad (SGPyV) adscritos a Coyoacán. Ambos veinteañeros, fueron a bailar para festejar la cercanía de su enlace. En la madrugada del 19 de septiembre llegaron al hotel Finesterre, de calzada de Tlalpan y Taxqueña. Sin saberlo cumplieron su deseo de unirse para siempre cuando el edificio se derrumbo en aquel amanecer en la Ciudad de México. Ambos fueron sepultados en calidad de desconocidos en la fosa de San Lorenzo Tezonco.

Familiares de la pareja evocan el episodio  y aseguran que se encuentran en este lugar, porque entre las pertenencias que se rescataron de los cuerpos inhumados se encontraban las placas de policías de ambos.

Otras historias hablan de que la fosa tuvo que ser reabierta semanas después de cerrarla, ya que embajadas y gobiernos extranjeros demandaban localizar a sus conciudadanos y los cuales fueron localizados finalmente en este lugar.

Roberto García, uno de los pocos asiduos visitantes de la fosa, concurre todos los años, el 2 de Noviembre y el 19 de Septiembre, con la firme esperanza de que ahí se encuentran su esposa y su hijo quienes aquella mañana se dirigían a la Secundaria Numero 3, de Avenida Chapúltepec.

“Nadie nos asegura que están aquí, pero en algo tenemos que creer y en algún lugar tenemos que recordar a nuestros seres queridos”, comenta a 30 años de distancia.






Luis López




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