SOMOSMASS99
Profesor Adan Morgan* / Colectivo 43 x 43**
Chiapas / Domingo 4 de octubre de 2015
Mi historia es particular, crecí en un pueblo a orillas del Mar Muerto, en una comunidad como de unas cien familias, un pueblo por lo general dedicado a la pesca. La mayoría de las personas adultas y jóvenes nunca fueron a la escuela, mi generación fue la primera que estrenó una escuela en el pueblo, así que fuimos los primeros letrados como decía mi primo Heriberto.

Para nosotros la escuela fue siempre un espacio de diversión por los distintos juegos que se desarrollaban, pero también un lugar en donde aprender era profundamente doloroso. Casi siempre pronosticábamos entre los compañeros el número de reglazos que recibiríamos con los profes, o quién terminaría con las orejas de burro que la maestra Julita había hecho con tanta dedicación para los más “atrasados”.
Nuestro aprendizaje, al que se le puede llamar significativo, se desarrollaba en otro espacio, por lo general en los lugares comunes, con los otros, entre amigos, en lugares donde se conjugaban amistad, deseo y creatividad. Por ejemplo a orillas de la salina, una laguna que estaba justo en frente del pueblo, y en especial frente a mi casa, ese espacio, dependiendo del tiempo, nos regalaba todas las condiciones para aprender. Estar mucho tiempo en la playa, revolcarnos, jugar con el lodo, bañarnos en esa agua tan salada tenía sus implicaciones, no sólo nos teñía el cabello de amarillo, sino que también nuestra piel parecía estar siempre cubierta con una capa blanca, por eso los profes nos decían los niños de sal. Fue ahí, en ese lugar, donde se escribió nuestra historia, la historia de nuestro hermano Vicente…

Bajé la cubeta de maíz con esfuerzo, mi madre la dejaba justo en una mesita maltrecha que se tambaleaba como si fuera a desplomarse cada vez que alguien la movía, y que ella misma había construido. Recuerdo bien ese día, el sudor le escurría por la frente después de dar de comer a los puercos, regresó con una olla media llena que contenía aguamasa que preparaba con el suero de la leche con la que hacía sus quesos y masa papayaste que molía en su propio viejo molino.
–“Esto los alimenta bien”, me decía. Paró el recipiente justo al lado de su horno. Mientras acomodaba la leña para hacer fuego, al no medir la distancia el pedazo de madera pegó justo en el recipiente y se derramó el contenido. De inmediato maldijo, su rostro se incendió, como si la sangre del cuerpo se le subiera por completo a la cara, bajó la vaina de cuero que colgaba en uno de los horcones del rancho y sacó el machete, tomó la tabla tirada en el suelo, la partió de un solo tajo, sacó unos clavos corroídos que estaban clavados en la pared, los enderezó en un pequeño trozo y los clavó con fuerza.

Yo la observaba con asombro, no la había visto nunca hacer eso, por lo general era un trabajo de mi padre. Al terminar se sacudió las manos.
– “Listo”, dijo en voz baja. Como si hablara para sí misma, como si en ese momento yo no existiera. Al voltear se dio cuenta que yo seguía parado ahí con un puñado de maíz en la boca. Me sonrió…
– Apúrate hijo. No te va dar tiempo, tienes que regresar a tus clases.
Tomé la cubeta y salí corriendo. El molino de Don Damián me quedaba a cinco minutos de la casa, cada vez que sonaba la campana para el recreo tenía que ir por el maíz para llevarlo a moler. Salía como bala, porque cada minuto de retraso era un minuto perdido para poder jugar. Así que llegaba, tomaba la cubeta de la mesita “borracha” como yo solía decirle a aquel retazo de tabla clavado en el horcón de cachimbo, atravesaba el patio de la tía Elsa, pasaba por la escuela, cruzaba justo en medio de la cancha, así que no faltaban las burlas de mis compañeros, pero no hacía caso, un minuto de recreo valía más que cualquier pelea.
Don Damián me sonreía, era el único niño entre tantas mujeres, así que hacía una seña para que me acercara a él y mientras las señoras gritonas se carcajeaban y platicaban entre ellas, él me daba ese pase inmediato que siempre agradecí. Subía mi cubeta y vaciaba el maíz.
–“Una mano santa”, decía, para solicitar que alguien me ayudara a recoger la masa mientras se molía. Nunca hizo falta esa mano santa, la tía Elena o la tía María siempre coincidían conmigo, así que sus manos terminaban marcadas sobre mi masa.
En cuanto regresaba del molino dejaba la cubeta sobre la mesita. Mi madre sonreía mientras extendía su mano para darme un bolis, era un premio bien ganado, mientras regresaba a todo tropel a la escuela. Había días que lograba que me incluyeran a los juegos, otros días sólo observaba a los jugadores. Para muchos de ellos era tedioso y pérdida de tiempo volver a repartir e iniciar de nuevo los juegos.
La campanada de la salida me sacaba siempre del éxtasis, del sueño, tantas veces imaginando cuántas palomas, cuántas iguanas cazaríamos ese día, una o dos bastarían para que mi abuela preparara un banquete acompañado de su tradicional y espumoso champurrado.
Creo que por ser un soñador, nunca atendía mis clases, por eso no fui “buen” alumno, siempre fui de esos que pasaban con 6 o 7 de calificación, los de a panzazo, como decían los profes. Era difícil atender esas cosas de adultos, los profes querían que aprendiéramos, recuerdo las palabras: “Servirá para la vida”…
Yo no hacía mucho caso. ¿Cómo nos serviría estar repitiendo sumas o restas en el pizarrón, o memorizando las tablas, o recibiendo reglazos por cada equivocación?
Yo creo que sabía contar, dividir y multiplicar, nunca nos equivocábamos con Ángel, Vicente y Cristóbal cuando estábamos en la orilla de la salina recogiendo nuestras vitolas1, esas bolitas de lodo que hacíamos con tanta dedicación, para después utilizarlas en nuestros tiradores como proyectiles. Las cuentas nos salían muy bien, creo que ahí, en ese momento no sentíamos miedo, ni nervios, ahí en nuestro espacio común, con nuestras propias decisiones y sobre todo, con juegos. Las cuentas siempre nos salían a la hora de repartir.
Ahí se cuidada la proporción, la cantidad, la temperatura, la textura del lodo, todo eso con la intención de lograr resistencia, tamaño y sobre todo precisión. Una vitola deforme, muy pesada o que se desmoronara significaba perder una presa, así que el cuidado y la responsabilidad nos permitían autonomía y capacidad de decisión.
Fue precisamente uno de esos días, mientras repartíamos nuestro botín cuando Vicente con su cara triste, casi como queriendo llorar, nos extendió su bolso de piedras y vitolas, mientras nos decía: “¡Repartan, se las regalo!” Todos guardamos silencio, estábamos sorprendidos. Cristóbal lo agarro del hombro mientras le decía:
–No llores bi’che’ huíini2.
Ángel y yo estábamos desconcertados.
–Ya no va a ir a la Escuela, se va con su papa a pescar. Pues su papá dice que no va a servir para la escuela, además dice que para qué va a servir la escuela si al final va a terminar en el mar, dijo Cristóbal.
El cielo que hasta ese momento nos pintaba de ámbar el rostro mientras sonreíamos, en un segundo se tornó gris, parecía como si también quisiera llorar con nosotros, nos abrazamos en silencio, era como si nos hubieran arrancado el alma. Vicente era nuestro líder, era nuestro equilibrio, teníamos temperamentos distintos que sólo él con su chispa y con una sonrisa lograba hacer coincidir.
Además Vicente conocía de geografía, con él era imposible perderse por muy lejos que nos internáramos en el bosque, conocía perfectamente el estado del tiempo, miraba al cielo y nos indicaba buscar refugio si alguna tormenta amenazaba, era experto en rastros de iguanas y armadillos. Con él aprendimos que no en cualquier temporada se puede cazar, que se tenían que respetar los tiempos de reproducción y que había reglas entre los compas.
Ese día su papá había recibido su boleta, la maestra Julita muy enojada casi le gritó a su papá, le dijo que su hijo no serviría para la escuela, que era mejor que lo sacara, que era el niño más grande, que no pasaría de quinto año, que sólo se atrasaba al querer atenderlo, que ya éramos demasiados como para estar atendiendo de forma personalizada.
Era cierto, pues Vicente había repetido dos años consecutivos, era el niño más grande, pero también era el más noble, era el cuidador, de ahí su apodo. Lo que la maestra no comprendía era que Vicente no era un problema, sino que todo a su alrededor lo era, había perdido a su mamá recién nacido, su padre era alcohólico, de los cinco días de escuela asistía a tres, porque los otros dos los dedicaba a cuidar y dar agua a los becerros del tío Juan, de esa forma podía conseguir comida. Fue el tío Juan quien le enseñó a cazar para que siempre llevara comida a la casa y tuviera un bocado.
Lo que no sabía la maestra Julita es que ella estaba ciega, se ensañaba con nosotros a querer meternos la letra sin importarle nuestras vidas. Recuerdo muy bien que a ella le importaba cumplir con sus horas, 10 minutos antes de la campanada de la salida parecía que algo afligía, llenaba el pizarrón de letras y números y salía corriendo mientras nosotros seguíamos copiando.
Vicente no sólo se fue de la escuela, también se fue del pueblo, su padre traía la espinita de irse para el otro lado, a los Estados Unidos, siempre que traía unos tragos encima y caminaba tambaleándose por la calle gritaba que regresaría con muchos dólares, que ya nadie lo podría humillar por ser pobre. Vicente hacía como que no escuchaba mientras jugábamos en la calle, limpiaba el suelo con sus manos, acomodaba su canica, hacía su tiro y decía:
–¡Lo dice porque está borracho!
Pero lo que Vicente no sabía era que su tía Manuela ya había hecho trato con los coyotes para que los dos se fueran para el otro lado. Así que una tarde después de salir de clases, decidimos ir a visitar a Vicente a su casa. Cristóbal casi tiró la puerta, un silencio inundaba el lugar y nosotros teníamos un nudo en la garganta, algo nos decía que nuestro bi’che’3 se había ido.
Era noviembre, en esas fechas un aire frío corre muy fuerte en el pueblo, levanta polvareda y embarra las casas, como si estuvieran empanizadas. Ese día sentimos frío, la ausencia se nos colaba por las venas, el viento parecía reírse a carcajadas mientras azotaba las cosas en el suelo. Ese día nos arrancaron el alma, ese día sin permiso nos arrebataron la sonrisa, habíamos perdido a nuestro hermano.
Cada uno tomó caminos distintos, Cristóbal y Ángel son abogados, yo estudié pedagogía, pero parece que el destino quisiera que fuéramos profesores, porque los tres ejercemos la docencia en distintos niveles, ellos dos en el medio superior, yo en la escuela primaria. De Vicente no supimos nada, era como si la tierra se lo hubiera tragado, nunca regresó al pueblo. Hace uno días el organizador del facebook me sugirió amigos, entre ellos encontré un rostro particular, de inmediato me dispuse a rastrear ese nombre mientras mi corazón se agolpaba en el pecho, era Vicente, mi bi’che’, mi hermano.
Algo encontraron en ese niño las escuelas extranjeras porque Vicente, nuestro hermano, nuestro líder es un importante y reconocido cardiólogo en Estados Unidos. Qué equivocada estaba nuestra maestra Julita con sus predicciones: “¡De vagos van a terminar!, ¿Qué gran licenciado van a ser estos?, ¡En el mar van a terminar si son mareños!”
Era cierto: ¿Qué posibilidades teníamos? Los niños de sal no teníamos más esperanzas que la de terminar como pescadores, pero algo pasó con esa generación de los años 70s, traíamos el deseo de salir del pueblo a como diera lugar, así que con o sin posibilidades de estudio muchos nos aventuramos a la conquista de nuestros sueños.
Algunos logramos estudiar, otros más se quedaron trabajando en la parte norte del país, en lugares como Tijuana, Agua Prieta, Sonora, o Estados Unidos.
Aún recuerdo las palabras de mi maestra y cada vez que estoy frente a mis niños un pasado me atraviesa el cuerpo y me da escalofrío, entonces, sólo entonces, me doy cuenta de que no me equivoqué de camino, que muchos niños de los pueblos, de las comunidades, de las pesquerías, de las regiones más aledañas necesitan de profesores que siembren, no sólo conocimientos, sino también esperanzas con ellos.
1Vitola es un modismo para nombrar a las bolitas de lodo que hacíamos a la orilla de la salina.
2 Palabra que en zapoteco significa mi hermanito o mi hermano menor.
3 Palabra en zapoteco que significa: Hermano, amigo, compañero.
* Colectivo 43 x 43. Serie 2. Los rostros de la experiencia docente.
** © El colectivo 43×43. Manifiesto Político Educativo Es un colectivo formado académicos que unen sus voces de forma voluntaria para denunciar las pésimas condiciones de la educación en Chiapas por medio de narrativas vivas y vividas por los propios profesores. Sirva nuestra palabra, nuestro coraje, para decirles a las autoridades que los profesores no somos responsables del fracaso de la educación. Las narrativas y fotografías aquí presentadas son inéditas.
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