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La devastación de Bosawas

Sociedad Global / Top News / 21/10/2015

SOMOSMASS99

 

Carlos Salinas / Confidencial*

(2 de 4 partes)

Nicaragua / Octubre de 2015

 

Las huellas del «carrileo» en la zona de Betlehen y el inmenso bosque derribado. Detrás de la invasión se ocultan poderosos intereses económicos y políticos, y solo hay seis guardabosques del Marena para vigilar una extensión de tierra de 1,668 kilómetros cuadrados

La panga avanza lentamente sobre las aguas chocolate del río Pis Pis, una de las vías fluviales que une a varias comunidades indígenas de la reserva de Bosawas. A ambos lados de la orilla brota, hirsuta, la vegetación: árboles de gran altura que parecen rascar el cielo, helechos enormes de un verde intenso y bambú. Alguna tortuga tímida se asoma a la orilla, mientras las serpientes amenazan con sus colores chillantes. Este es nuestro territorio, parecen decir, aléjense. Una advertencia a la que no hacen caso los invasores de la reserva, porque en la comunidad de Betlehen, a orillas del Pis Pis, los indígenas mayangnas lloran ante una nueva devastación: varias manzanas de bosques fueron recientemente arrasadas.

 

 

Un grupo de indígenas mayangnas nos acompaña hasta la zona del bosque que ha sido destruida. Dos de los indígenas van armados con flechas fabricadas por ellos mismos (las armas ancestrales que han usado para cazar en estos bosques) y una escopeta. Dicen que los invasores están armados y son violentos. Nos adentramos por el espesor del bosque caminando durante más de una hora, hundiéndonos en el fango, a través de riachuelos de aguas cristalinas, luchando con la intensa humedad de la selva tropical y contra los mosquitos y otros insectos que hacen un banquete al picar sin delicadezas la piel.

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Una niña mayangna almacena agua potable en un abastecedor público para llevar a su casa.

A mitad del camino Lusbin Taylor, un joven indígena de Musawas que nos sirve de guía, se detiene ante lo que los mayangnas llaman el ‘carrileo’: caminos improvisados hechos por los invasores, a través de los que avanzan cortando árboles y vegetación hasta dar con una sección del bosque que les llama la atención. Seguimos la huella que parecía recientemente hecha y unos minutos más tarde damos con un claro en que el sol alumbra con furia: una imagen desalentadora de árboles arrasados se abre ante nosotros.

Los indígenas se detienen para valorar el daño causado en el bosque. Hasta ellos se acerca Mateo Taylor, habitante de esta zona. El hombre, vestido con una camisa verde oscuro y desabotonada a la altura del pecho, explica, en mayangna, que desde hace un año comenzaron las invasiones en esta zona de la reserva, pero que desde el pasado mes de octubre han visto con mayor intensidad la devastación. “Derriban las diferentes especies de árboles, acaban con la vida del bosque”, dice, según la traducción hecha por nuestro guía. “Nuestra costumbre no es derribar los árboles, solo chapeamos para nuestro consumo. Me siento muy triste, nos duele ver esto, porque este bosque nos lo han heredado nuestros ancestros”, se lamenta Taylor. A su lado, Molins Awawack, guardabosques del Marena en Betlehen, asienta en silencio. Awawack se queja de que no tienen recursos suficientes para parar la invasión. Él es uno de los seis guardabosques nombrados por Marena para vigilar una extensión de tierra de 1,668 kilómetros cuadrados. “Somos pocos, necesitamos más gente”, se lamenta.

“Esta parte del bosque fue derribada hace cinco días”, explica en español, mientras señala la destrucción a su alrededor. “Esto significa que están comenzando a hacer la socola (rozar el bosque). Seguramente ellos (invasores) tienen intención de quedarse a vivir aquí”, agrega. “Es muy preocupante, porque miro demasiado daño. Sólo el gobierno puede parar esto, no hay otro que lo haga; debe desalojar a los colonos. Los comunitarios están muy preocupados”, dice. El hombre asegura que los invasores justifican la destrucción afirmando que son “enviados por el Gobierno, por autoridades municipales” que les prometen títulos de propiedad de las tierras que invaden.

La destrucción de sectores del bosque como el de Betlehen es apenas una muestra de la devastación que afecta a Bosawas. Un informe publicado en agosto de 2012 y preparado por la Agencia Alemana para el Desarrollo Sostenible (GIZ) y por la Unión Nacional de Agricultores y Ganaderos (UNAG) muestra que la reserva languidece a un ritmo de 42 mil hectáreas de bosque arrasadas al año, y que desde 1987 hasta 2010, Bosawas ha perdido más de 564 mil hectáreas (unos 5,640 kilómetros cuadrados, aproximadamente). El estudio, coordinado por el investigador Marcial López, demuestra exhaustivamente cómo el bosque ha perdido terreno en Bosawas, pasando de más de un millón 604 mil hectáreas en 1987 a un millón 039 mil en 2010. En cuanto al bosque virgen de la reserva, éste pasó de un millón 170 mil hectáreas en 1987, a 832,237 en 2010. Es decir que hasta esa fecha se había perdido un total de 3,379 kilómetros cuadrados de bosque virgen, más de tres veces el tamaño del Lago de Managua.

El estudio revela que las principales causas de la pérdida de bosque en Bosawas son el avance de la frontera agrícola, el aumento de la actividad ganadera, la especulación con el uso de las tierras en la zona, la tala y el comercio ilegal de madera, pero también las concesiones legales que se entregan bajo oscuros acuerdos.

Técnicos de organizaciones internacionales que durante años han trabajado en la reserva – y que han sido silenciados por el Gobierno por denunciar la devastación– sostienen que a partir de 2005 las invasiones comenzaron a afectar el núcleo de Bosawas, en un avance depredador de cuya culpa no están exentas las organizaciones políticas. “El ingreso de colonos (invasores) en territorios indígenas se acelera en tiempos de elecciones. Un gran factor de la destrucción de Bosawas es el elemento político: todos los partidos prometen tierras. Estas tierras son muy apreciadas”, dice una fuente que ha trabajado por años el tema de la destrucción de la reserva. “Existe un nivel de corrupción espantoso y el Estado no tiene ninguna posibilidad de controlar el despale de Bosawas”, agrega.

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Un indígena mayangna durante el recorrido realizado en la comunidad de Bethlehen para presenciar zonas despaladas por colonos invasores.

“Hay grupos bien organizados y traficantes de tierras”, explica un técnico que durante años ha desarrollado proyectos de desarrollo con los indígenas de Bosawas. “Estas personas entran a la reserva, agarran mil manzanas de tierra y la lotifican para luego venderla. Emplean hasta sesenta personas para eliminar el bosque y lotificar la tierra”, agrega. “Hay una relación directa entre el capital de riesgo y la inexistencia del Estado, con espantosos niveles de corrupción, favores políticos por los votos en tiempo de elecciones y la complicidad de los políticos con los invasores”, asegura. Esta fuente, consultada en Managua, explica que en Bosawas se está cumpliendo el “mismo patrón de conquista y destrucción de Chontales”, en referencia a una de las principales regiones ganaderas del país, ahora convertida prácticamente en extensos pastizales. De hecho, ricos ganaderos chontaleños envían hasta Bosawas a sus jornaleros, quienes entran al bosque, talan una extensión determinada y se asientan en ella, para luego, durante las épocas más secas del año, trasladar al ganado hasta una zona todavía con suficiente humedad para garantizar pasto verde que engorde el hato.

En una investigación publicada en julio de 2010 bajo el título Los factores y actores alrededor de Bosawas, el ingeniero Nolan Hopmann explica la forma de pensar tan arraigada entre los ganaderos del centro del país, reacios a desarrollar una actividad sostenible, que apuestan a la invasión de nuevas tierras para mantener sus ingresos.

“Los ganaderos no ven nada malo en invertir lo menos posible y obtener las máximas ganancias que la actividad puede dar, por lo tanto no se preocupan por mejorar la eficiencia de sus sistemas de producción. La idea es que si una finca no es rentable porque ya no hay las mismas precipitaciones que hacían posible que el pasto rebrotara en un período máximo de 45 días (tiempo de recuperación de muchos pastos naturales), “pues no hay que afligirse, hay que tener preparada la otra finca para mover al ganado cuando haga falta”. Entonces lo mejor es buscar nuevos lugares donde el costo de la tierra sea el más barato, que tenga madera “para que la finca se pague sola” (se explota el recurso forestal que la nueva finca tenga para refinanciarse y se establece el vínculo con los traficantes de madera), para tener postes y cercar la propiedad, y los árboles que no den madera para vender o para postes de cercas, mejor se queman, porque así es más rápido cubrir grandes extensiones para convertirlas en potreros”, explica Hopmann.

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Csmino a la escuela.

Según este investigador, el sistema financiero del país contribuye, de forma indirecta, a la ampliación de la frontera agrícola y ganadera en la región de Bosawas. “En los departamentos de Boaco, Chontales, Jinotega, Matagalpa y Managua, algunos ganaderos y comerciantes solicitan créditos para compra de ganado, mejoras en las fincas o ampliación de negocio, y entre sus garantías hipotecarias ponen las fincas o propiedades que tienen legalizadas a su favor en esos departamentos. Sin embargo, parcialmente desvían esos fondos y los destinan para financiar el establecimiento de las nuevas fincas montaña adentro, es decir, en municipios como San José de Bocay, Siuna y Bonanza, entre otros”, que están cerca de la reserva de Bosawas.

Es en ese momento, explica el investigador, cuando entran en juego otros actores que amenazan la reserva: los traficantes de tierra que mueven a gente hasta nuevas zonas del bosque, “con la promesa que una vez que las vendan podrán tener su ganancia”, y los políticos de los principales partidos del país –principalmente el FSLN o el PLC– que “ofrecen las tierras como parte de la retribución que recibirán las personas que presten servicios a los intereses del partido, se les promete títulos de esas tierras a su favor y la opción de que una vez que se legalicen, los mismos políticos o personas afines les compren las tierras”.

“La primera tarea asignada a los invasores puede ser realizar la limpieza de los carriles perimetrales de la nueva propiedad (como sucede en Betlehen), posteriormente ubicar la localización de los recursos maderables que se pueden vender (el negocio se realiza con traficantes de madera o por cuenta propia en sociedad con otra persona en un negocio establecido, como maderería o ferretería, aunque lo mejor es para venderlo a los exportadores), otra tarea es limpiar (quemar) las áreas para establecer cultivos con la finalidad que las labores de cultivo ayuden a disminuir las malezas y posteriormente establecer los nuevos potreros”, explica Hopmann.

“Uno de los mitos que hay sobre la reserva es que los invasores son pobres y llegan hasta el bosque porque tratan de sobrevivir”, dice un investigador consultado en Managua, que pidió no mencionar su nombre. “En realidad son los mozos los que llegan hasta el bosque y deforestan por orden de los ricos”, explica. “El Gobierno tiene un compromiso con las comunidades indígenas”, agrega, “pero no ha querido ‘apretar’ la cosa (invasión).Y hay partidos políticos como el Frente Sandinista y Yatama que tienen fuertes compromisos con su gente, con los colonos, porque quieren arrasar en las elecciones regionales”, asegura la fuente, con relación a los comicios que se celebraron en marzo y de los que resultó triunfante, según el conteo del Consejo Supremo Electoral (CSE), el Frente Sandinista.

Durante la realización de su estudio, Hopmann encontró que en la región indígena conocida como mayangna Sauni Bas, se habían asentado 314 familias, para un aproximado de 1800 invasores. De ellos, el 53% eran hombres y 47% mujeres, que ocupaban el 50% de esa región indígena, es decir, 21.607 hectáreas. “Los invasores, además de la agricultura, poseen más de 2.550 bovinos, unos 600 equinos, más de 1.200 porcinos y alrededor de 4.700 aves (entre gallinas, pollos y gallos)”, escribe el investigador, quien afirma que según los invasores, “muchos de estos animales son parte del Programa Hambre Cero que impulsa el Gobierno del Presidente Daniel Ortega Saavedra”.

“La mayoría de las personas que han invadido y dañado Bosawas han emigrado en los últimos 9 a 4 años y generalmente son manipulados por personas de poder político y económico, pero hay quienes actúan por cuenta propia y entre las razones por las que supuestamente están allí está el cumplimiento de promesas de campaña tanto del PLC como del FSLN; el supuesto desconocimiento de que esas tierras ya tenían dueños y que no le pertenecen al Estado de Nicaragua para que se las asigne a ellos; pero también hay quienes trabajan para ganaderos de otras zonas del país y simplemente están como trabajadores cuidando lo que es de quien los contrató; otros han visto la oportunidad de ganar dinero adueñándose de extensiones de terreno para posteriormente extraer madera y vender la tierra arrasada”, explica Hopmann.

Los indígenas de Betlehen temen que las nuevas invasiones queden impunes y su región corra la misma triste suerte que grandes extensiones de Bosawas. “Siento como que parte de mí y parte de mi pueblo está desapareciendo”, dice Lusbin Taylor, nuestro guía, mientras descansa en el claro abierto por los invasores en Betlehen, su mirada hundida en la tierra llena de ramas secas. “Para nosotros estos bosques son parte integral de nuestra existencia: sin ellos, simplemente no podemos vivir”, se lamenta el joven mayangna.

 

Colaborador: Octavio Enríquez
Fotografía y videos: Carlos Herrera
Edición de videos: Xavier Mántica
Periodismo de datos: Camilo de Castro
Asesoría: Gustavo Faleiros

 

*Este reportaje fue realizado en el marco de la Iniciativa para el Periodismo de Investigación en las Américas, del International Center for Journalists (ICFJ), en alianza con CONNECTAS.

 






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