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Del murciégalo y el crocodilo

Diálogo Estado / Enrique Soriano Valencia / Top News / 05/11/2015

SOMOSMASS99

 

CHISPITAS DE LENGUAJE

Enrique Soriano Valencia

 

A muchos sorprenderá el encabezado y considerarán que son palabras inadecuadamente enunciadas. Para sorpresa, no solo están admitidas; sino que son las originales. Eso se puede comprobar al consultar el Diccionario de la lengua española (DLE, el lexicón oficial de nuestra lengua y que viene a sustituir al DRAE). La primera palabra viene del latín: mus, muris, ‘ratón’; y caecŭlus, diminutivo de caecus, ‘ciego’; esto es, ‘ratón cieguito’. La segunda viene del griego –retomado del vocablo africano original–, que se trastocó a ‘cocodrilo’; por eso en inglés es crocodile.

Hace unos días me invitaron a charlar con muchachos de preparatoria y universidad. La pregunta obligada, como en otros muchos lugares donde me invitan, fue (no textual) «Por qué incorporan nuevas palabras al Diccionario los académicos, esas que los muchachos usan. ¿No estarán deteriorando el idioma con eso?», (la he formulado con intervenciones similares y con el mismo sentido de otros foros).

Los idiomas evolucionan irremediablemente, a pesar de académicos, escritores, padres de familia o profesores. Nuestra generación –y las anteriores, por supuesto– dejaron su huella con modificaciones, nuevos vocablos o con trastocar los usuales. A nosotros no nos lo parecían porque estuvimos acostumbrados a ellas. El día a día no permite identificarlo fácilmente, pero al paso del tiempo, se nota. En el Universo nada es inmutable. El idioma no podría ser la excepción. Los vocablos que encabezan esta colaboración dan cuenta de ello. Del latín heredamos la palabra ‘murciégalo’, pero el uso cotidiano la modificó a ‘murciélago’; lo mismo sucedió con ‘crocodīlus’, que el latín lo recibió del griego. Debo suponer que cuando empezó a transformarse, los adultos de aquella época habrán corregido más de una vez a quien las pronunciaban mal para ese momento (murciélago y cocodrilo).

La modificación empieza imperceptible; y si se generaliza, termina por arraigar. De esa forma, la palabra correcta u original, llega a parecernos extraña. Un buen amigo (Joel Muñoz) me reporta que un medicamento llamado actualmente ‘metoclopramida’, la mayoría de personal de enfermería lo pronuncia ‘metocopramida’.

El libro Apendix Probi es una muestra más que evidente (escrita entre los siglos iii y iv d.C.). Su contenido es un enorme listado de «No se dice así, debe ser así». Pero, no obstante la orientación y la insistencia de las anteriores generaciones, terminaron por imponerse los vocablos trastocados que ahora nos son familiares. En el caso de ‘murciélago’, desde el siglo xv ya aparece con la grafía actual, aunque la c todavía se enunciaba con cedilla, y dos siglos antes se le conocía como ‘murciego’.

Entonces, querámoslo o no, el idioma irá adoptando nuevas modalidades, a pesar de las generaciones anteriores. El devenir es imparable.

Yo crecí escuchando en la casa familiar las palabras ‘mallugar’ y ‘despostillado’. En la universidad me enteré que estaban consideradas mal dichas porque el Diccionario las describía como ‘magullar’ y ‘desportillado’. Actualmente, las cuatro están admitidas; se siguen recomendando las últimas, pero cuando se olviden, pasarán a ser las preferentes, como ‘murciélago’ y ‘cocodrilo’.

El vocabulario de los hablantes se desenvuelve cotidianamente entre lo moderno y lo viejo. Una muestra es el verbo ‘jalar’, muy común entre los mexicanos. Cada vez que llegamos a un comercio, vemos un rótulo en la puerta que instruye: ‘jale’. En la práctica, es un vocablo antiguo. Originalmente se escribía con h, porque antes esa consonante tenía sonido. De ahí que oigamos en ranchos pronunciar *jallar, cuando en el Diccionario encontramos ese vocablo como ‘hallar’. Para muestras, muchas puertas en comercios en España se lee el rótulo: ‘hale’. Quizá, incluso, en un futuro muy lejano, empiece a diferenciarse tanto el español, que termine por parecerse al latín, como idioma origen de otros tantos.

El concepto, entonces, ante las incorporaciones al Diccionario (como las palabras ‘güey’, ‘abusado’, ‘mallugar’ de aportación mexicana) no es deterioro del idioma, esa voz tiene una connotación negativa. Es su evolución natural. Los que amamos el idioma, debemos también respetarlo y admitir su transformación a nuestro pesar. Algunos, incluso, trabajamos mucho por anclarlo, como son las recomendaciones de esta columna y otros muchos sitios en Internet muy prestigiados (como Fundéu). Pero su constante modificación es algo imparable, como la evolución misma del ser humano. No sabemos hacia dónde se dirigirá nuestra habla, en qué acabará, pero desde luego, tomará el camino que los propios hablantes decidamos con nuestros uso y modificaciones.

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Luis López




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