SOMOSMASS99
PERSIGUIENDO SOMBRAS
Raúl Muñiz Torres
“Come. Tenemos que comer”.
(Una escena de la película de Béla Tarr)
La película del director húngaro, Béla Tarr, “El caballo de Turín”, inicia con una voz en off que narra cómo el 3 de enero de 1889, el filósofo Friedrich Nietzsche durante su estancia en Turín, cierto día ve la forma en que un hombre castiga a latigazos a su caballo en la Plaza Carlo Alberto.
La escena pincha la angustia del filósofo y éste se abalanza sobre la carreta del hombre para detener la tortura al que el equino es sometido. Cuenta la historia que Nietzsche abrazó al caballo y llorando le pidió perdón en nombre de la humanidad.
Las crónicas de ciertos autores señalan también que Nietzsche le susurró algunas palabras al caballo, palabras que sólo el animal pudo haber escuchado pero se coincide en que fue un hecho que marcó el inicio de la locura del pensador alemán.
La cinta de Béla Tarr se expande luego a narrar lo que pudo haber sido de la vida del dueño del caballo, su hija y el propio animal. Enfocada la cámara de Tarr en únicamente 30 tomas, en blanco y negro y con apenas unos cuantos diálogos, la película de dos horas y media de duración, es también un relato del pensamiento de Nietzsche y la aterradora posibilidad de un eterno retorno: ese volver a vivir una y otra vez la misma vida hasta el más ínfimo detalle, sin variación alguna, una y otra vez.
Focalizado el escenario de la historia en la mísera casa del hombre y su hija, ambos personajes y el caballo viven una existencia monótona, silenciosa, devastadoramente aterradora en la repetición de sus días que transcurren en varios momentos simbólicos: la hija que cambia de ropa a su padre, los dos tragos matutinos de cognac del padre, el rito de una frugal comida cotidiana que consiste en una papa cocida, la recolección del agua por parte de la hija en el pozo cercano a la casa y el cuidado del caballo.
Para los ojos de espectadores poco acostumbrados a la parsimonia de cierta cinematografía como la de Béla Tarr, observar cómo varias escenas se pueden repetir una y otra vez durante casi 150 minutos, puede resultar cansino y desesperante, pero esa es la magia de “El caballo de Turín”, representar cuán monótona puede ser la vida del ser humano en contraposición a la aparente vertiginosa vida, por ejemplo, de los tiempos actuales.
La existencia del hombre, su hija y el caballo, apenas se ve alterada por la llegada de algunos personajes y hechos que no hacen sino magnificar la soledad y la miseria de la humanidad que no se da cuenta de la forma en que destruye el mundo de los otros y el propio.
Dividida la historia en seis días que representan la destrucción del mundo y el hombre, en contrapropuesta a la creación del Universo por parte de Dios en siete días, “El caballo de Turín” clama también por la muerte del ser supremo. No hay Dios, ha muerto y una permanente tormenta de viento incesante cruza la vida del viejo, su hija y el caballo que luego de la escena con Nietzsche, ha dejado de comer.
He visto la película el pasado domingo en la mañana, y no puedo separar la obra de Tarr de su concepción artística y la inquietante realidad de nuestro mundo. Ha llegado diciembre y al volver la vista atrás, todo lo que ha pasado da la impresión de que ya lo hemos vivido, que a partir del uno de enero del próximo, ya muy próximo año, repetiremos otra vez las mismas escenas, los mismos discursos existenciales, la misma miseria cotidiana.
Quienes creen en Dios, asumirán que creó el mundo en siete días, pero la ominosa conciencia de nuestro ser y la época que nos recorre y nos narra, nos debe hacer pensar que liquidamos de a poco el mundo, en donde vivir se convierte en un acto de autómatas irrefrenable, en donde comer apenas si tiene sentido.
“Come. Tenemos que comer”.
EL caballo de Turín
Director: Béla Tarr
2011
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