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Deportados: una historia interminable

Crónicas / Sociedad Global / Top News / 25/01/2016

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Rubén Figueroa* / Movimiento Migrante Mesoamericano

San Pedro Sula, Hond. / Domingo 24 de enero de 2016

 

“Sus lagrimas son gruesas, ruedan por sus mejillas, mientras con su mano seca uno de sus ojos, el otro sigue destilando el dolor que se hace liquido”. Estefany es la primera de las 127 personas migrantes deportadas el día de hoy a Honduras de un total de 920 en lo que va del año.

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Sus pertenencias llegan en un costal.

Confundida miraba para todos lados, fuertemente encogió sus brazos mostrando miedo, mientras se sentaba tímidamente; parecía hablar sola. Definitivamente no quería volver a su patria.

Luego de dos años de vivir en Georgia, Estados Unidos, Estefany fue detenida por el temido ICE (Servicio de Inmigración y Control de Aduanas, por sus siglas en inglés) a mediados de diciembre por lo que su última navidad la pasó en un centro de detención de la unión americana.

Sus pocas pertenencias, al igual que las del resto de los migrantes, venían en un costal anaranjado. Minutos antes un grupo de voluntarios del Centro de Atención al Migrante Retornado (CARM) las bajaron para luego entregárselas conforme los iban llamando por sus nombres.

Mientras desempacan sus cosas, los llaman uno por uno para entregarles sus cedulas de identidad o en su caso sus partidas de nacimiento que previamente fueron tramitadas por los encargados del CAMR. Además de ofrecerles un café, les dan algo de dinero para comprar un boleto de autobús y así poder regresar a sus casas. Muchos deciden darse la vuelta y regresar al camino al no poder volver a sus barrios o colonias porque sería morir en el intento.

Afuera del centro algunas familias esperan ansiosamente ver salir por la puerta a su hijo o hija, esposo, hermanos o padres; lloran, se abrazan, se besan, pero a la mayoría nadie los espera.

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A la mayoría nadie los espera.

A algunos de los deportados los agarraron en su intento por cruzar la frontera de los Estados Unidos. No avanzaron para acariciar el tan anhelado sueño americano. No fue el caso de Allan Rosales: él también fue deportado el día de hoy. Acudió a reportarse a las oficinas del ICE en Atlanta y ahí mismo fue detenido, a mediados del 2014 y con tan solo 16 años de edad. Se entregó en el puente internacional de Reynosa, Tamaulipas. Un coyote lo llevó desde La Ceiba, Honduras, hasta la frontera con los Estados Unidos por 7 mil dólares. Estando allí, le dijo que caminara por el puente y se entregara a migración, su vida corría peligro en su país y su familia no quería que lo mataran, por lo que solicitó refugio.

En octubre de 2015, cuando se presentó a migración, no sabia que ya tenia una orden de deportación por lo que los agentes lo detuvieron ahí mismo. A las 14:00 horas, el avión donde Allan fue deportado, aterrizo en San Pedro Sula, catalogada como la ciudad mas violenta del mundo aunque el gobierno de Honduras dice lo contrario. Allan ya tiene 18 años cumplidos, extraña a sus compañeros de la Berkmar High School, donde estudiaba. Al salir logró prestar un celular y a través de WhatsApp pudo hablar con su tía para que avisara a su madre que ya había llegado a Honduras. Cuelga, seca sus lagrimas y exclama: “Tengo que regresar porque allá estaba estudiando y no quiero perder el año”.

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Tienen entre 18 y 28 años. Son jóvenes que huyen de la violencia.

“Bienvenido Tulito nos alegra tu llegada”, se lee en un cartel. Doña Rosario y su esposo habían ido a recibir a su sobrino que hacia 20 años vivía del otro lado. «Hace tiempo que no lo vemos, sólo por fotos», dicen a la salida del CAMR. Tulito fue reconocido y abrazado por sus tíos que emocionados enseñaron el cartel de bienvenida, mientras taxistas rodeaban a otros migrantes para ofrecerles viajes a sus colonias o la central de autobuses.

Las edades de los deportados son en su mayoría entre los 18 y 28 años. Son jóvenes que huyen de la violencia y que buscan un mejor futuro emigrando al norte. «Este año esperamos que incrementen las deportaciones», nos dice Geraldine Garay, una de las coordinadoras del Centro de Atención al Migrante Retornado. Son las 5 de la tarde de un día nublado en San Pedro Sula. El CAMR termino sus actividades por hoy, dentro sólo quedan las sillas vacías que mañana serán ocupadas por otros deportados. Una historia interminable.

* Rubén Figueroa es activista y defensor de derechos humanos, coordinador sur–sureste del Movimiento Migrante Mesoamericano






Luis López




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